miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ejercicio I

24 años, 7 meses y 3 días desde que empezara.

Y desde aquel momento había fumado un cigarro justo después de levantarse, otro con el primer café, otro de camino al trabajo, cinco o seis a lo largo la mañana, durante su horario laboral, tres o cuatro más a la hora de comer, otros seis o siete por la tarde y lo que parecía una infinidad más por la noche, hasta que se acostaba, con el añadido de que a medida que se había hecho mayor, y más aún desde su dolorosa separación, le había ido resultando cada vez un poco más difícil dormir. Su vida estaba perfectamente estructurada alrededor de esta rutina, y la idea de dejarlo (al día siguiente ya, en unas pocas horas, sin más dilación ni retraso ni postergación posibles, inevitablemente) le horrorizaba. Era eso o perder el trabajo. Porque era en el trabajo donde sin duda prefería fumar, por encima de en cualquier otra circunstancia, ni siquiera después de las comidas. Es cierto que podía seguir fumando fuera de él, pero al fin y al cabo pasaba alrededor de diez horas ahí metido, que habrían sido inaguantables si no conseguía dejarlo del todo, de una vez por todas, olvidándose de fumar para siempre jamás.

Llevaba un par de meses sin pegar ojo, durmiendo lo justo para sobrevivir al día siguiente. El consumo de tabaco había aumentado hasta lo incontable, con la consiguiente repercusión en su cartera. Nunca le había importado que el tabaco fuera caro, pero esta vez los problemas le empezaban a asustar. El mes anterior se había quedado a cero a día 22, algo que no le pasaba prácticamente desde la adolescencia. No pudo pagar la factura de la luz a tiempo. Ni llevarle golosinas a sus sobrinos el domingo que los visitó. Cuando llegó el casero, el día 28, le tuvo que pedir una semana de margen. Sólo por esta vez.

Tenía que parar de fumar o le echarían de su casa de alquiler. Tenía que dejar de fumar o le echarían del trabajo y acto seguido, y además con muy poco tiempo de reacción, de su casa. Esta encrucijada no hacía, sin embargo, sino hacerle encender un pitillo tras otro, uno tras otro, reescribiendo una espiral que lo dejaba cada vez con menos dinero y con todavía menos fuerzas para enfrentarse al gran día. Primero había pensado en una reducción progresiva: a la segunda semana se dio cuenta que había conseguido reducir el consumo en dos cigarrillos; había hablado con su cuñada, psicóloga, que le recomendó unas pastillas que sólo lo hicieron vomitar. Hacía años que no hacía viajes largos para no pasar demasiado tiempo sin fumar, era de los que en el cine deseaban que se acabara la película para saborear el siguiente pitillo, conoció a la madre de su hija porque la invitó a tabaco un día que no tenía ni tampoco podía comprar, cuando eran tan jóvenes que ni se acordaba. Su vida era el tabaco. Su vida estaba tan ligada al tabaco que sin él no había vida.

Y ahora quedaban apenas horas. La decisión no sólo estaba tomada sino que era un hecho, y para él atentaba a su libertad individual y casi a su derecho a la vida. Aquella noche no pegó ojo. Salió de la cama temblando y no encendió su cigarrillo, se hizo un café y no fumó el segundo tampoco. De camino al trabajo se sintió vacío, no levantó la cabeza del suelo, contuvo las lágrimas como pudo. Pero perdió los nervios, y ahí sí se le escaparon, cuando metió la llave en la persiana para abrir el estanco donde llevaba 24 años, 7 meses y 4 días trabajando.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

dan ganas de fumarse un piti leyéndolo, tú no eras guionista de Smoke?
Un beso parco...

@pita_yang dijo...

pues hubiera sido un placer, casi mayor que el propio tabaco.

leyendo a boccanera me tienes, por aquello de no perdérmelo.

vente a barna pronto, anda, a un bar con de esos...