viernes, 16 de mayo de 2014

Cinco. Cinco palabras, y en ellas todo.

Te levantas y algo que lees te hace recordar tu mantra, al que vuelves una y otra vez, porque lo llevas oyendo desde que tienes uso de razón y esas cinco palabras se han llegado a convertir ni más ni menos que en tus propios mandamientos. Solo cinco palabras, que son lo más importante –de lejos- que él te dio nunca y que probablemente nunca te dará. Lo que sabes que tienes que cumplir a rajatabla, pase lo que pase, por difícil que parezca. Y ya no ahora; sino mucho antes de saber qué significaban exactamente. Porque el sentido lo han ido adquiriendo a posteriori, a medida que la vida te ha ido enfrentando a ellas de una en una o en conjunto.

Así que vuelves a ellas otra vez –y ya van… - porque además de un mantra son tu refugio, la tabla de salvación en mitad del naufragio, un contrafuerte cuando tiemblan los cimientos, el hospital de campaña de los párpados hechos metralla, un código deontológico y una declaración de principios. El puto chaleco antibalas de tu vida. 

En cinco palabras.

Dulce, para que suavizando la voz y enchufando una dosis de cariño a cualquier cosa puedas hacer sentir mejor a cualquiera, e inmediatamente también a ti misma. Incluso cuando parece imposible. Dulce como las canciones medio susurradas, como las patas de gallo que tienen cuando te miran como te miran. Para que el mundo sea un poquito menos heavy metal, y para lidiar con los animales heridos que te vas encontrando en la calle. Con las criaturas salvajes de Capote. La dulzura como un querer por encima de tus posibilidades: una especie de locura de la que, sin embargo, no te arrepientes nunca.

Tierna, y eso raramente lo puedes controlar, pero te da la medida de las cosas cuando ni tú misma eres capaz de asimilarla. Porque cuando alguien despierta eso en ti –y es algo que no ocurre tantas veces- es que se ha ganado un lugar en algún punto ahí en mitad del esternón. Y porque aun cuando las cosas no salen bien, es un matiz capaz de cambiarlo todo. De sostenerlo todo. Porque es algo que el personal suele agradecer y todavía más: algo que suele recordar. Y porque la ternura –es que la propia palabra es bonita, la muy puta- está demasiado ligada a la empatía y a las mañanas después del desastre y a las catástrofes naturales. Como para dejarla de lado, me refiero.

Feliz, porque al final –y no es la primera vez que lo escribes- la mitad de las cosas es la actitud con que las enfrentas. Porque –ojo obviedad- para serlo hay que querer serlo, incluso atreverse a serlo. Y porque aunque parezca inalcanzable, eso que la gente llama felicidad podría esconderse en una canción, o en el cristal de algunos vasos o qué sé yo, en las estaciones de tren o entre las tapas de un libro que ruge. Porque a veces es una persona que una tarde cualquiera te dinamita los esquemas, por mucho que después todo se vaya al carajo. Porque casi siempre hay algo feliz a pesar de todo y tienes –recuerdas, te repites, insistes- que esforzarte en verlo.

Valiente, y aquí debe estar el quid de la cuestión, de muchas de las cuestiones. Porque sí, hay que arriesgar sin plantearse demasiado la magnitud del hostión, por no decir de la tragedia. Porque a ratos toca apretar los dientes y dar un paso al frente. Porque arrepentirse de no haberlo intentado nunca fue una opción. Para decir que sí a lo que quieres y no a lo que sabes que no quieres. Porque una cosa es perder y la otra no haber ni salido al campo. Y esto ni siquiera es planteable. Por aquello de que no hay nada más bonito que una maldita remontada.

Y velocista, claro. Y aquí es donde entran la explosión y la potencia y la intensidad y también la garra. Para estar atenta a la próxima zancada y a la vez no perder de vista la meta. Porque –también lo decía él- se juega como se entrena. Y porque la vida en tercera no merece la pena. Demasiados acantilados por ver, demasiados cristos que librar. Aquí es cuando tienes que sentir la sangre bullir y no olvidar que tienes hambre y que tienes sed y que hay gente que no merece las cosas a medias y que si hay que darse, que sea entera. Porque solo hay una -una- oportunidad y no serás tú quien la desperdicie.

Cinco.
Cinco palabras, y en ellas todo.

Así que hoy, que subirte a un maldito ascensor te ha costado dios y ayuda, tenías que recordarlas. Que recordártelas. Para coger aire. 
Para que sigan ahí tatuadas,
y que las balas solo pasen rozando, 
o desviadas.





martes, 29 de abril de 2014

Por goleada.

Se desata el huracán y ahí estás tú, en mitad de la nada, sola, desvalida e impotente, a merced de los putos elementos. Con las manos vacías y los bolsillos aún más vacíos y lo que es peor: con el maldito corazón temblando del susto y a la intemperie.

Y te das cuenta de que has hecho muchas, muchísimas cosas, en la vida, pero nada para merecer esto. Que hiciste feliz a unas cuantas personas y daño a unas cuantas más, que tomaste cientos de decisiones y que anduviste por muchos caminos renunciando a muchos otros, pero que nunca –nunca- elegiste nada –nada- que ni remotamente pudiera llevarte a desembocar en el centro exacto de esta brutal tormenta.

Te das cuenta por fin –quizás lo vislumbraras antes, pero ahora simplemente lo ves, claro y meridiano- de que hagas lo que hagas la vida, tu propia vida, estará fuera de tu alcance. Que en las cosas importantes raramente tu voluntad, más o menos férrea o disciplinada, servirá para algo. Que, socorro auxilio, lo que eres inconscientemente será siempre más fuerte que lo que puedas controlar sobre ti misma. Y que –todavía más grave- lo que quieras inconscientemente será mucho, muchísimo, más fuerte que lo que decidas amar a conciencia.

Vengo a decir. Que por mucho que te esfuerces en matar algo, en esconder algo, en enterrarlo, en evitarlo, aunque lo hagas con todo el empeño y con todas tus fuerzas, esto volverá a ti –renacerá una y otra y otra y otra vez más- hasta explotarte en la cara cuando menos te lo esperes.

Y ahí estarás tú, en mitad de la nada, con tu jeto de perfecta gilipollas y con la psicorrigidez que tanto te has currado hecha añicos, chillando en silencio un ‘qué he hecho yo para merecer esto’ digno del mejor Almodóvar. Y verás que estás sola, a la merced del viento y de la lluvia y de demás fenómenos infinitamente más grandes que tú –tan diminuta- e infinitamente más incontrolables.

Y ahí estarás tú, en mitad de la nada, calada hasta los huesos, descubriendo día a día, minuto a minuto, que justo cuando creías que lo tenías todo bajo el más absoluto control, justo entonces, el temporal te ha ganado por goleada.

Que la emoción te ha ganado por goleada.as﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽yo para merecer esto digno del mejor Almodar, en esconder algo, en evitarlo con todas tus fuerzas, esto vendr es más

miércoles, 16 de abril de 2014

Ayer te vi.

“Cuando yo era niña decía siempre sí. Sí al juego, al canto, a las exigencias familiares. Cuando tenía tres años era bellísima y sonreía. (…) Me ponían sobre una silla y me hacían cantar. Yo cantaba. Me ordenaban silencio. Me callaba. Me mandaban a un rincón con los juguetes rotos y polvorientos y allí me quedaba. Hoy pienso en esa niñita y me asombra comprobar cómo trabajaron para arruinarme. Labor perfecta. Quedó lo que tenía que quedar: un poco de ceniza.”
Alejandra Pizarnik.

Ayer te vi, y estabas igual.
Dos años mayor (no sé si eso implica dos años peor, aunque es probable), pero estabas prácticamente igual.
Quizás con algo ya de señorita en tu cara de niña.
Con los ojos igual de vivos, tratando de descubrirlo todo, de comprenderlo todo lo antes posible.

Como hacen, supongo, las niñas que prometen.

Ayer te vi y claro, me transporté a la Barceloneta, a aquel mediodía de julio que fue –él también lo sabe- más que increíble.

Hacía mucho calor y un par de semanas que no le veía. Hacía un calor atroz y algo dentro de los dos ya veía que aquello no podía ser. Y aún así volvió a ser mágico, una animalada tremenda como las que solo nos podían pasar a nosotros; como las que habíamos vivido desde el día uno allá en Granada.

Hicimos lo que teníamos que hacer: inmediatamente después de abrazarnos fuimos a buscar cerveza. Y en el patiecito del bar, a la segunda mediana, me dio sus regalos: la única petaca en el mundo que merece llamarse ‘pitaca’ y aquel carnet que aún sigo viendo todos los días y que quería que yo tuviese porque el muy molón salía especialmente guapo en la foto.

Tras otra caña más, decidimos que para sobrevivir habría que comer: qué cosas. Así que fuimos a hacer la mítica cola en Cal Maño, donde cayeron un par de quintos más. Me acuerdo de él contándome cómo había ido la semana de locos con su familia y también de que yo empezaba a tener tentaciones de cogerle la mano, sacarlo de la cola y correr a encerrarnos a casa.

Pero entramos. Y al vino lo acompañaron unas gambas y una ensalada y unos chipirones y no sé si unas sardinas. Poco a poco se nos fue olvidando que estábamos un poco tristes y que faltaba nada para mi cumpleaños, así que decidimos celebrarlo con un  par de carajillos. 

Y ahí es cuando me di cuenta de que tú nos mirabas con los ojos como platos.

Estabas con tu padre y un amigo, que intentaban entretenerte con cualquier cosa, pero a ti parecía llamarte más la atención lo que sucedía en la mesa de al lado. Nuestra mesa, en que relucían, malditas, las últimas cenizas de algo que por fuerza tenía que acabarse.

Así que empecé a hablar contigo y tu padre me lo agradeció enseguida. Se notaba que querías una tipa cerca. Y no sé cómo, terminaste sentada en mis rodillas con mi bolígrafo preferido dibujando en el mantel, toda contenta. 

Debíamos ser una linda estampa: yo toda borracha y tú toda contenta. 

Debíamos serlo, porque no sabes cómo me miraba él en aquel momento contigo encima: alguna vez también te mirarán así y sabrás qué se siente. Es algo que no puedo explicarte con palabras.

Estuvimos así un rato: tú dibujando, yo bebiendo un licor café que él había pedido para rematar la jugada. Luego te enseñé algunas letras, y hablamos algo más con tu padre y luego pedimos la cuenta. Fue bonito, porque hicimos un gran trato: yo te daba a ti mi boli y tú a mí el dibujo (que por cierto aún conservo). Y nos despedimos.

De ahí, estaba claro, nos fuimos a encerrar en casa en lo que fue una siesta inhumana que se prolongó un par de días.
De ahí, estaba claro, se nos fue la historia a la mierda.
Y de ahí cada uno a una ciudad, a una nueva trinchera.

Y poco a poco se fueron olvidando las cosas, y entre ellas, el sábado aquel en la Barceloneta.

Hasta ayer.

Porque te vi y al momento todo volvió. Y me pregunté si ya estarías aprendiendo a leer, si seguirías echando de menos a una chica cerca cuando te tocara pasar el fin de semana con tu padre y si te alegrarías tanto de encontrar a alguien con quien dibujar en algún garito. 

También me acordé de mi boli favorito, que no me costó nada regalarte.

Me miraste con esos ojos de chica lista, sin reconocerme.
Pero yo sí te reconocí a ti.
Y al sonreírte me di cuenta de que ya andaba cerca otro verano.

miércoles, 9 de abril de 2014

A fuego.

Así se quedarán de grabadas en el corazón las dos o tres horas que pasamos juntos aquel día, con sus cinco cañas en modo exprés y sus tropecientos –respectivos- disparates.

Así van a permanecer guardados en la memoria el par de ojos que solo se atrevían a clavarse en los míos muy de vez en cuando, y no me extraña, porque la bomba fue de carácter masivo, expansivo, nuclear.

Así caía la luz sobre ti mientras, poniéndole no dos, sino doscientos cojones, me contabas lo que te estaba pasando desde hacía ya bastante tiempo. Y supongo que también sobre mí mientras, abriendo mucho los ojos, intentaba procesarlo todo a la velocidad del rayo, aunque por una vez –maldita sea- no lo consiguiera.

Así se van a quedar impresas en estas retinas todas las cosas que te atreviste a decirme y que –y lo escribo conteniendo el aliento- no sé si nunca me volverás a decir.

Así van a envejecer el amor y la brutalidad y el asombro y lo extrañamente sencillo que fue hablar a pesar del shock, y lo dulce, y lo valiente, y lo bonito, mientras algo dentro de nosotros (o a saber, una mano inocente o un dios aburrido y perverso o incluso el mismísimo tiempo) intenta decidir qué hay que hacer ahora con esto que resulta que nos ocurre. O qué hay que no hacer, aunque sea un poquito más duro y también un poquito más triste.

Así quedará el jueves que nos dio por vivir –por querer, por querer confesar, por desahogarnos- peligrosamente. Grabado. En algún lugar del corazón. O lo que es casi lo mismo: puesto, al menos, por escrito.

lunes, 17 de marzo de 2014

Leila.

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Háganse un favor: lean a Leila Guerriero.

O no la lean.

Porque si lo hacen se les olvidará el mundo: que es lunes, que hace mal día, que se jodió la lavadora, que les abandonó la mujer o que tienen una resaca maquiavélica, infernal, infinita; y eso puede entrañar un peligro brutal. Si leen sus crónicas aprenderán cosas (más o menos útiles, eso qué importa), pero es que a la vez escucharán música, intuirán la poesía de quien habla claro pero también habla lírico, recordarán historias antiguas y puede que alguna vez se vean a sí mismos en un entorno como los que describe: hermosamente real o aterradoramente real; y es probable que todo eso junto les supere. Si la leen verán películas y descubrirán –y será una revelación- lo que es el ritmo y se emocionarán. Si leen lo que Leila escribe querrán casarse con ella y hacerle siete hijos y será una pena, porque ella no quiere lo mismo, pero eso solo lo sabrán cuando la conozcan. No la lean, porque si lo hacen casi todo lo demás les empezará a parecer vulgar, de repente anodino, quizás ilegible. O sucederá algo incluso peor: que se pregunten qué están haciendo con su vida, por qué tantos síes que deberían ser noes, que cuando todos preguntan ‘por qué’ hay quien se plantea ‘por qué no’, que las puertas que se cierran hay que abrirlas sobre todo a patadas, que el talento no depende de su cartera de contactos, que a veces hay alguien al otro lado que es capaz de detectarlo, etcétera. Si la leen prepárense, porque puede que ella les descubra a Pavese, o a Caparrós o a Kavafis y de repente en vez de un problema tendrán cinco o seis, porque se les habrán multiplicado, los muy malditos.

Lean a Leila Guerriero y pregúntense qué han estado haciendo hasta ahora. O todavía más grave: qué han estado leyendo. Luego prueben a escribir mejor, porque escribirán mejor.

O no la lean.

viernes, 7 de marzo de 2014

Instrucciones para coger un avión.

Si el día tal hay que coger un avión, yo la noche anterior llegaré a un bar, me sentaré y diré -lo diré convencida- que me tomo una y que tiro para casa a hacerme la maleta.

- Me tomo una y tiro para casa a hacerme la maleta.

Y lo más probable es que el personal haga como si oyera llover.

Y después de esta primera vendrán 4 o 5 más y después aparecerán unos 570 motivos por los que celebrar, brindar y cantar Asturias patria querida, así que tocará tomarse unas rondas de chupitos de, pongamos, licor café, que nos cuadra por aquello de estar también al norte. Luego, ya envalentonados, pediremos una copa, que se multiplicará a su vez como los panes y los peces. Y llegaremos a casa como por obra del espíritu santo, siempre tan piadoso.

Así que al cabo de unas horas (más bien pocas) yo abriré un ojo y tendré una resaca seria, cuantitativa pero también cualitativa, como de categoría especial. Ni rastro de maleta a la vista, claro, así que la haré con la agilidad que me dará el estupendo bombo que tendré por cabeza. Y me dejaré la mitad de cosas, o la haré de tamaño sobrehumano, y de cualquier modo me pasaré el día preguntándome si llevo el dni, ropa interior, el cargador... -este tipo de cosas- como en bucle infinito.

Y embarcaré queriendo meterme en la cama a hacer una siesta, y desembarcaré queriendo meterme (aún más) en la cama a hacer una siesta y no será hasta la tercera caña en destino que vuelva a creer -un poco, lo justo- en mí misma. Porque para que yo duerma en un avión se tienen que alinear diecisiete planetas.

Y esto siempre ha sido así, tal cual: es algo que se rige por una lógica perfecta, es brutal, es matemático.
¿En serio iba a cambiar hoy?
Gra-na-da.

domingo, 2 de marzo de 2014

2x2 para un 2 de marzo.

1.
Hay un par de escenas en 'El ladrón de orquídeas' que son mágicas.

La primera, cuando Charlie Kauffman (en el mejor papel de Nicholas Cage ever) pasea por la exposición de orquídeas, a la que, por cierto, ha invitado a un par de chicas a acompañarle recibiendo sendos -¿y merecidos?- rechazos. El tipo camina concentrado, fijándose en cada una de las flores, y trata de relacionarlas con la especie a la que cree que pertenecen. De ahí empieza a mirar a las chicas que le rodean tratando también de intuir de qué especie de mujeres se trata. La transición es inexistente, la idea sublime, el link brutal; la clase de momentos que por sí solos hacen que una peli merezca -y mucho- la pena.

La segunda es más obvia, pero no menos contundente. El hermano gemelo de Charlie, Donald -¿adivináis? el segundo mejor papel de Cage ever-, que durante todo el metraje te ha estado pareciendo un auténtico gilipollas, le da la revelación que lo cambia todo. Charlie le está recriminando a su hermano que nunca se entere de nada y le recuerda una tarde en el instituto en que le observó desde la ventana de la biblioteca. Aquel día Donald se acercó a hablar con la chica que le gustaba y al alejarse la tipa empezó a reírse de él. 'Y tú no te diste cuenta' -le dice Charlie. Y él le responde que sí, que claro que oyó como se mofaba, pero que eso no fue importante para él. Porque él la quería y ese amor era suyo, él era el dueño. O lo que es lo mismo: uno es lo que ama, no lo que le ama. Toma, toma y toma.


y 2.

Estamos que nos salimos. Porque también hay un par de canciones tremendas que han aparecido estos días como por arte de magia.

La primera es la increíble interpretación de María Rodés de 'Tres puñales', una copla clásica que debe tener, qué sé yo, 60 o 70 años. Es una canción desgarradora, como lo son todas las coplas del mundo. Habla de indiferencia, de sangre, de traición, de acero frío: joder, habla de muerte. Pues bien, la suavidad de esa voz hace que el tema se convierta en un susurro, una puñalada certera y dulce, y eso la convierte prácticamente en un milagro.

Y la otra. Ay la otra. 'Actores poco memorables', que por sí sola fue capaz de acabar con dos días seguidos de ansiedad, de estrés y de ese tipo de frío que se te cala hasta los huesos. Porque lo ha vuelto a hacer. Porque se ríe de todos nosotros -y sobre todo de sí mismo. Porque hace mucho que dejó la piedad por el mundo en la cuneta y la pobre ahí sigue. Porque hay que tenerlos muy bien puestos para exponerte con esa distancia y esa frialdad y esa crueldad para con tus propios dramas. Porque -de nuevo- le pone esa mezcla de cinismo y lírica que él maneja como nadie. Porque en fin (por fin), vuelve el hombre, y parece que vuelve con canciones de esas que harán que tiremos el Vandral por la puta ventana. Tan jodido y adorable: welcome back, bendito seas.



 

martes, 18 de febrero de 2014

Por cuánto tiempo.


Qué complicado es a veces.

Lo peor de los aludes de campañas es la forma en que te dejan exhausta, rendida, incapaz de poner una palabra más por escrito, por mucho que haya momentos que lo merezcan y que –eso no puedes negarlo- deberían pasar a la historia por la puerta más grande posible. Lo peor de llegar a casa tarde y hecha polvo es que a ratos se te olvida ponerte la enésima cerveza y escribirle que sí, que sigues en pie, que efectivamente te la estás tomando y que mientras haya fuerzas para eso nada ni nadie podrá hundirte. Ni siquiera el enésimo guion absurdo; otro despropósito repetido.

La sorpresa de la temporada otoño invierno casi primavera la dio un pueblito perdido y si me apuras hasta un poco feo, en un fin de semana de frío polar de cuyas noches no sé si quiero acordarme. Bueno, una de las sorpresas. La otra fue el penúltimo volantazo de la canción de las noches perdidas, que ya tiene mérito jugar tan a malabares con la imperturbabilidad y la coherencia, por no decir con fuego. Todo sin manos y casi casi ya sin dientes, que las ambulancias andan aparcadas debajo de casa por aquello de no ir haciendo viajes. Trataba de decir. Que en un punto indeterminado entre Albacete, Alicante y Murcia descubrimos que después de tanto –tantísimo- tiempo aún se nos da bien salir a jugar mano a mano, que hay ruedos que se nos siguen quedando pequeños y que –joder- todavía somos capaces de hacerlo y de hacerlo bonito.

Y ay, las despedidas. Qué animal que la vida sea una sucesión inevitable de. O de ganas de. Qué horrible que exista la posibilidad incluso de acostumbrarse a. Por lo demás, las cosas van más o menos bien, lo cual es bastante. Aunque el día de hoy sea especialmente desapacible. El alud parece que pasó pero no pondría la mano en el fuego por que no ande al acecho el siguiente. Los rincones, no obstante, aún pueden ser exquisitos y por ahora y de momento no me he cansado de soñar. Vuelve, y es un milagro, la bendita champions, y con ella los -benditos, benditísimos- chupitogoles. Y ese nombre en la pantalla todavía me hace sonreír, aunque a estas alturas de la movida ya no sepa por cuánto más tiempo. Es que ni siquiera soy capaz de dilucidar si me pone un poco triste o justamente lo contrario, por no hablar de la infinita escala de grises.

Socorro auxilio: qué complicado es a veces. 

jueves, 30 de enero de 2014

[correspondencias: 'yo también']

Yo también estuve en Vis un verano. Y en California. Con cinco amigos descerebrados. Mi documental favorito es Man on wire. De hecho, lo vi un domingo por la noche y después fui tan incapaz de dormir que pensé que lo iba a ser para siempre, y el susto fue legendario. Me sé de memoria todas (y cuando digo todas quiero decir todas) las letras de Nacho. Conocí a chavales y también a caballeros, y también a tipos sobre los que no me quiero pronunciar. Yo también fracaso siempre alzando la copa hacia el cielo. Y los días tontos muero por Quique -y por sus melenas. Yo también me pongo de los nervios con los Madrid – Barça, aunque me temo que desde el otro lado –larga vida a Xavi, Andrés y Messi. De tan hooligan, me emociona hasta el baloncesto (madre mía qué 33 puntos). Yo también he escrito posts que debían ser leídos con Un buen día de fondo. También me emborraché en Nueva York (de The Back Room al cielo), aunque no tanto como en Las Vegas o en Atenas. Yo también tuve resacas lapidarias. También viví una temporada en Madrid y también adoro Madrid, especialmente en primavera, especialmente por las noches de los lunes que se me fueron de las manos, especialmente por el Toni 2. Yo también vi sonrisas que partían el cristal de las copas. Para ser exactos, las del mismo tipo cuya peli favorita era (¿es que sois una raza?) El apartamento. Y sé lo que es buscar tartas de queso Bloody marys perfectos, con casi tanto empeño como palabras precisas. Y también me atrapé al Apalabrados, sobre todo por su momento cumbre que, como sabrás, siempre fue llegar a la penúltima letra empatados. Alguna vez, incluso, me dejé ganar. Yo también crecí con la poesía de Sabina (bendito Martínez) y aún ahora me sigue poniendo la piel del alma de gallina. Me enamoré de todo lo que lleva la firma de Wislawa Szymborska. Y también –cómo no- de míster Salinger. Yo también creo firmemente que habiendo champán para qué queremos copas. Y en lo sobrevaloradas que están las fotos, porque los recuerdos (como el equipaje) no deben ocupar más lugar que el estrictamente necesario. Yo también escribí bastantes batallitas a amigos por e-mail. También me quito el sombrero con san Enric González. Y también adoro desayunar en silencio leyendo el periódico Babelia, y no sabes qué bonito me llega a parecer ese silencio compartido.

Eh. Hablando de cosas bonitas. Tus textos, que animan a seguir escribiendo –siempre más, siempre mejor. A poder ser entre copas. Y eso, maldita sea, es algo que no puede agradecerse con palabras.  

martes, 21 de enero de 2014

Un altercado.

Esto es para contarte que este invierno está trayendo, entre otras cosas, vendavales. Que andábamos el otro día –era tarde- por la calle y las manos nos cambiaban de color, como si agarráramos con los dedos arco iris. Que hubo un poquito de todo e incluso un poquito de más. Un garito en Mieres que mereció las doscientas curvas del camino, especialmente las de vuelta. Un arsenal de ratafía que pudo ganar guerras mundiales por sí solo. El sábado aquél en que la imperturbabilidad tornó esquizofrenia. Y bueno, todo lo que vino después del garito, el arsenal y la esquizofrenia.

Esto es para contarte que más que un invierno es un altercado.

Que las batallas viven adentro y que son tremendas. Que al terminar el cansancio es atroz. Que las horas de sueño perdidas no las recuperaremos nunca, ni con un millón de dólares por rescate. Que los titulares se han medido por decenas y las cervezas –los whiskazos- por millares.

Esto es para contarte que ha sido grande.

Que hubo resacas y hubo partidos y hubo sesiones y hubo sesiones y hubo conciertos. Que una noche a las cuatro de la mañana el ataque de risa fue legendario. Que el empujón maldito no habrá quien lo borre de esta retina. Que a ratos, cuando llovía, te eché de menos y que en las ventanas algo rugía.

Esto es para contarte que escribe Leila, que canta J, que a veces un email te coloca al borde del colapso. Que hubo miradas y un par de calcetines y manos que apartan el pelo e historias de almohadas y bichos en celo. Que a todo esto está anocheciendo y que afuera hace frío. Que el efecto sorpresa es de locos y el guion lo de menos. Que no me atrevo a imaginar qué clase de primavera le puede seguir a este invierno.

lunes, 13 de enero de 2014

Ruleta rusa.

Tanto tiempo sin una épica escenita era, cuanto menos, sospechoso. Así que podía suceder en cualquier lugar, en cualquier momento. La vida en nivel ruleta rusa. Con dos cojones. Jugando al límite (¿es que hay otra manera?), porque la compostura y la seguridad siempre fueron patrimonio de cobardes.

Un domingo, pues, era tan buen día como cualquiera. O tan malo. Y la función se llevó a cabo en la maldita calle, a eso de la 1 de la mañana, después de un mes de estupor, descontrol y temblores. La cerveza y el combo orujo-patxarán como invitados especiales. Un frío del recontracarajo. El respetable desencajado, muerto del susto. Y en fin, cómo van a caber tantos besos en un puto blog y qué tremendos –por enésima vez- los taxis en modo ambulancia.

Lo cual es mucho pero no es todo.

Porque por si faltaban ingredientes en la movida, el día anterior había estado jugando con fuego. Quemarse rules, pensaba la bestiajita desbocada que llevo dentro. Una bestiajita que pagará las consecuencias, porque esta resaca, esta culpabilidad tan puta y este dolor de todo van a durar hasta 2027 -década arriba, década abajo. Que ya estoy viendo a tres o cuatro futuros nietos flipando con el drama de bicha que aún seré. Y si no al tiempo.

Decía. Que las escenitas nunca vienen solas. Que las negociaciones han sido arduas. Que ya no tenemos edad para según qué deportes extremos. Que el mesecito ha sido curioso y el rival de la contienda peliagudo. Que hay un punto a medio camino entre la terquedad y la dulzura que debía ser conquistado. Que incluso las cartas más boca arriba esconden ases en la manga. Y que, menos mal (bendito sea), el ambicioso plan sigue en pie. Como debe de ser. 

Que sigue en pie más que nunca. 
Más que siempre todavía.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cualquier cosa.


“Yo me apunto a cualquier cosa que te ayude pasar la noche, ya sea una oración, tranquilizantes o una botella de Jack Daniel’s.”


Lo dijo (quién lo iba a decir si no) míster Sinatra.

Pues hats off, Frank. Qué manera de clavarla. Porque de un tiempo a esta parte, cuando todo se descontrola, cuando los fines de semana zen se convierten en tours de force raveros, cuando a la última cerveza le siguen 6 millones, cuando los volantazos se suceden, el objetivo es básicamente ese, pasar la noche. Y en estos casos el atrezzo termina siendo lo de menos.

Las oraciones, una vez más, tienden a llevar banda sonora. Y cambiar de Lori Meyers a Extremoduro, con lo grave que viene siendo, resulta el menor de los desvíos. De repente, sin previo aviso, una noche a eso de las 10 de la mañana, aparece un texto que aniquila a los demás. Las tres temporadas del cuentito de la agente y el terrorista poco a poco se van esfumando. Y las luces en la calle ya están encendidas y en el mercado, al mediodía, aguantando una bendita barra de aluminio, descubrimos que falta gente.

Y de los tranquilizantes ya ni hablamos. 

Una vez, sin tener ni puta idea de lo que se avecinaba, dijimos que moriríamos en las trincheras. Qué queréis que os diga, estábamos inspirados. Y qué ilusos éramos, o lo que es lo mismo: cuánta razón teníamos. El título de la película, en fin, está servido, y ojalá estuviera el mismo Frank para protagonizarla. ¿Es que no lo oís? Suenan flashes y alguien, a lo lejos, tira ya una alfombra roja.

Una vez, jugando a decir animaladas, dijimos que íbamos a morir en las malditas trincheras. Y allí germinó el bestseller, para asombro de héroes y villanos. El título, iba diciendo, está servido.

‘Cuando fuimos visionarios.’

lunes, 18 de noviembre de 2013

Granada para Marc.

Ay.
Ay Granada.

La ciudad que más marimorenas ha visto armadas. Y no me refiero a la Historia con mayúsculas y a sus turbulencias (que también), sino al cóctel molotov que suele armarse entre dos animalicos después de millones de cañas, caña tapas, copazos y demás. O si no que le pregunten al Niño de la Almendra. O a alguno de los dos melenas molones que tuvieron la fortuna (¿el infortunio?) de vivirlas un día conmigo en modo partenaire. Y –cómo no- a miss Square.

Porque Granada resucita a los muertos, y eso es así. Y en ella se pueden agotar todas las vidas de los gatos e incluso alguna más. Como prueba, una breve ruta sujeta a lo que aún da de sí la memoria, aunque si lo recuerdas es que no estuviste, lo cual es una sentencia muy grande y muy adecuada para hablar del lugar más bonito del sur del mundo. 

Granada es infinita. Es el Darro y son los Tristes, es las berenjenas con miel –y esto es muy serio, porque son Dios- de Casa Julio (desde 1947), es el Mirador de San Nicolás, es el -benditas 2 cenas- Huerto de Juan Ranas (callejón de la Atarazana Vieja 6, y sí, tiene pérdida).

Granada es el  Candela, el rollito del chiringo en el Sacromonte y sus 200.000 quintos a la hora, el Peatón y la Percha y el Ruido Rosa y el Amador. Granada es –piel de gallina- Morente y también es J y es aquella maldita noche sabinera y son aquel par de idiotas. Granada es el Realejo y la Tana y la Pajuana y cada una de las tropecientas cuestas que suben al Albaicín, especialmente las que esconden patiecitos inhumanos.


Granada es coger un coche para subir a la Alpujarra. Es conducir cantando. Es los pollúos y es los líquenes. Es Semana Santa sobre todo pero también es invierno y es otoño. Es los cármenes, la calle Elvira, el pescado directo de Motril, los naranjos disfrazados de manzanos y el vino que nunca, pero nunca, vino solo.

Cómo no la vamos a adorar. Si es Granada son las seis de la mañana, y es seguimos para bingo, y es piononos, increíbles levantás y jugar con el destino.

Granada es la magia de la Alhambra y las Alhambras. Que se dice pronto.

Es el puto ‘no hay en la vida nada’. 
Y es probable que no, no haya en la vida nada.

Ay.
Ay Granada.

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Dónde iremos a parar?

Pocas veces un concierto fue tan moñas y tan cafre.
Pocas veces una noche fue tan dos por uno, special promotions s.a.
Pocas veces dieron tanto de sí un violinista, un chucho exquisito llamado Samuel, un par de entradas y otro par de invitaciones, una harmónica, un melenas, un final.
Pocas veces la cerveza cumplió tan bien su función, aunque fuera -a quién vamos a engañar a estas alturas- en cantidades animales y con la inestimable colaboración de unos tragos de Jack Daniels.
Pocas veces acordarse de Dylan fue más bonito, y hablar de kamikazes, partidos Dallas-Memphis y días libres más real.
Pocas veces las chicas fueron tan magníficas y el salitre nos puso la carne del alma tan –pero tan- de gallina.
Pocas veces hubo un backstage tan tremendo y tal cantidad de flashbacks de eso y también de todo lo demás.
Pocas veces mereció tanto la pena una afonía con resaca.
Y en fin. Muy poquitas veces una delantera fue tan borrachera y tan tan mítica. 
¿Nos lo perdonarán?

jueves, 24 de octubre de 2013

#rightnow