Tanto tiempo sin una épica
escenita era, cuanto menos, sospechoso. Así que podía suceder en cualquier
lugar, en cualquier momento. La vida en nivel ruleta rusa. Con dos cojones. Jugando
al límite (¿es que hay otra manera?), porque la compostura y la seguridad
siempre fueron patrimonio de cobardes.
Un domingo, pues, era
tan buen día como cualquiera. O tan malo. Y la función se llevó a cabo en la
maldita calle, a eso de la 1 de la mañana, después de un mes de estupor,
descontrol y temblores. La cerveza y el combo orujo-patxarán como invitados especiales. Un
frío del recontracarajo. El respetable desencajado, muerto del susto. Y en fin, cómo van a
caber tantos besos en un puto blog y qué tremendos –por enésima vez- los taxis en
modo ambulancia.
Lo cual es mucho pero no
es todo.
Porque por si faltaban
ingredientes en la movida, el día anterior había estado jugando con fuego.
Quemarse rules, pensaba la bestiajita desbocada que llevo dentro. Una bestiajita
que pagará las consecuencias, porque esta resaca, esta culpabilidad tan puta y este dolor de todo van a
durar hasta 2027 -década arriba, década abajo. Que ya estoy viendo a tres o
cuatro futuros nietos flipando con el drama de bicha que aún seré. Y si no al tiempo.
Decía. Que las escenitas
nunca vienen solas. Que las negociaciones han sido arduas. Que ya no tenemos
edad para según qué deportes extremos. Que el mesecito ha sido curioso y el
rival de la contienda peliagudo. Que hay un punto a medio camino entre la
terquedad y la dulzura que debía ser conquistado. Que incluso las cartas más boca arriba esconden ases en la manga. Y que, menos mal (bendito sea), el
ambicioso plan sigue en pie. Como debe de ser.
Que sigue en pie más que nunca.
Más que siempre todavía.
Que sigue en pie más que nunca.
Más que siempre todavía.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario