lunes, 13 de enero de 2014

Ruleta rusa.

Tanto tiempo sin una épica escenita era, cuanto menos, sospechoso. Así que podía suceder en cualquier lugar, en cualquier momento. La vida en nivel ruleta rusa. Con dos cojones. Jugando al límite (¿es que hay otra manera?), porque la compostura y la seguridad siempre fueron patrimonio de cobardes.

Un domingo, pues, era tan buen día como cualquiera. O tan malo. Y la función se llevó a cabo en la maldita calle, a eso de la 1 de la mañana, después de un mes de estupor, descontrol y temblores. La cerveza y el combo orujo-patxarán como invitados especiales. Un frío del recontracarajo. El respetable desencajado, muerto del susto. Y en fin, cómo van a caber tantos besos en un puto blog y qué tremendos –por enésima vez- los taxis en modo ambulancia.

Lo cual es mucho pero no es todo.

Porque por si faltaban ingredientes en la movida, el día anterior había estado jugando con fuego. Quemarse rules, pensaba la bestiajita desbocada que llevo dentro. Una bestiajita que pagará las consecuencias, porque esta resaca, esta culpabilidad tan puta y este dolor de todo van a durar hasta 2027 -década arriba, década abajo. Que ya estoy viendo a tres o cuatro futuros nietos flipando con el drama de bicha que aún seré. Y si no al tiempo.

Decía. Que las escenitas nunca vienen solas. Que las negociaciones han sido arduas. Que ya no tenemos edad para según qué deportes extremos. Que el mesecito ha sido curioso y el rival de la contienda peliagudo. Que hay un punto a medio camino entre la terquedad y la dulzura que debía ser conquistado. Que incluso las cartas más boca arriba esconden ases en la manga. Y que, menos mal (bendito sea), el ambicioso plan sigue en pie. Como debe de ser. 

Que sigue en pie más que nunca. 
Más que siempre todavía.


No hay comentarios.: