Esto es para contarte
que este invierno está trayendo, entre otras cosas, vendavales. Que andábamos
el otro día –era tarde- por la calle y las manos nos cambiaban de color, como
si agarráramos con los dedos arco iris. Que hubo un poquito de todo e incluso
un poquito de más. Un garito en Mieres que mereció las doscientas curvas del
camino, especialmente las de vuelta. Un arsenal de ratafía que pudo ganar
guerras mundiales por sí solo. El sábado aquél en que la imperturbabilidad
tornó esquizofrenia. Y bueno, todo lo que vino después del garito, el arsenal y
la esquizofrenia.
Esto es para contarte
que más que un invierno es un altercado.
Que las batallas viven
adentro y que son tremendas. Que al terminar el cansancio es atroz. Que las
horas de sueño perdidas no las recuperaremos nunca, ni con un millón de dólares
por rescate. Que los titulares se han medido por decenas y las cervezas –los
whiskazos- por millares.
Esto es para contarte
que ha sido grande.
Que hubo resacas y hubo
partidos y hubo sesiones y hubo sesiones
y hubo conciertos. Que una noche a las cuatro de la mañana el ataque de risa fue
legendario. Que el empujón maldito no habrá quien lo borre de esta retina. Que
a ratos, cuando llovía, te eché de menos y que en las ventanas algo rugía.
Esto es para contarte
que escribe Leila, que canta J, que a veces un email te coloca al borde del
colapso. Que hubo miradas y un par de calcetines y manos que apartan el pelo e historias
de almohadas y bichos en celo. Que a todo esto está anocheciendo y que afuera
hace frío. Que el efecto sorpresa es de locos y el guion lo de menos. Que no me
atrevo a imaginar qué clase de primavera le puede seguir a este invierno.
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