Así se quedarán de
grabadas en el corazón las dos o tres horas que pasamos juntos aquel día, con
sus cinco cañas en modo exprés y sus tropecientos –respectivos- disparates.
Así van a permanecer guardados
en la memoria el par de ojos que solo se atrevían a clavarse en los míos muy de
vez en cuando, y no me extraña, porque la bomba fue de carácter masivo,
expansivo, nuclear.
Así caía la luz sobre ti
mientras, poniéndole no dos, sino doscientos cojones, me contabas lo que te
estaba pasando desde hacía ya bastante tiempo. Y supongo que también sobre mí
mientras, abriendo mucho los ojos, intentaba procesarlo todo a la velocidad del
rayo, aunque por una vez –maldita sea- no lo consiguiera.
Así se van a quedar
impresas en estas retinas todas las cosas que te atreviste a decirme y que –y lo
escribo conteniendo el aliento- no sé si nunca me volverás a decir.
Así van a envejecer
el amor y la brutalidad y el asombro y lo extrañamente sencillo que fue hablar a
pesar del shock, y lo dulce, y lo valiente, y lo bonito, mientras algo dentro
de nosotros (o a saber, una mano inocente o un dios aburrido y perverso o
incluso el mismísimo tiempo) intenta decidir qué hay que hacer ahora con esto
que resulta que nos ocurre. O qué hay que no hacer, aunque sea un poquito más
duro y también un poquito más triste.
Así quedará el jueves
que nos dio por vivir –por querer, por querer confesar, por desahogarnos-
peligrosamente. Grabado. En algún lugar del corazón. O lo que es casi lo mismo:
puesto, al menos, por escrito.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario