miércoles, 9 de abril de 2014

A fuego.

Así se quedarán de grabadas en el corazón las dos o tres horas que pasamos juntos aquel día, con sus cinco cañas en modo exprés y sus tropecientos –respectivos- disparates.

Así van a permanecer guardados en la memoria el par de ojos que solo se atrevían a clavarse en los míos muy de vez en cuando, y no me extraña, porque la bomba fue de carácter masivo, expansivo, nuclear.

Así caía la luz sobre ti mientras, poniéndole no dos, sino doscientos cojones, me contabas lo que te estaba pasando desde hacía ya bastante tiempo. Y supongo que también sobre mí mientras, abriendo mucho los ojos, intentaba procesarlo todo a la velocidad del rayo, aunque por una vez –maldita sea- no lo consiguiera.

Así se van a quedar impresas en estas retinas todas las cosas que te atreviste a decirme y que –y lo escribo conteniendo el aliento- no sé si nunca me volverás a decir.

Así van a envejecer el amor y la brutalidad y el asombro y lo extrañamente sencillo que fue hablar a pesar del shock, y lo dulce, y lo valiente, y lo bonito, mientras algo dentro de nosotros (o a saber, una mano inocente o un dios aburrido y perverso o incluso el mismísimo tiempo) intenta decidir qué hay que hacer ahora con esto que resulta que nos ocurre. O qué hay que no hacer, aunque sea un poquito más duro y también un poquito más triste.

Así quedará el jueves que nos dio por vivir –por querer, por querer confesar, por desahogarnos- peligrosamente. Grabado. En algún lugar del corazón. O lo que es casi lo mismo: puesto, al menos, por escrito.

No hay comentarios.: