miércoles, 16 de abril de 2014

Ayer te vi.

“Cuando yo era niña decía siempre sí. Sí al juego, al canto, a las exigencias familiares. Cuando tenía tres años era bellísima y sonreía. (…) Me ponían sobre una silla y me hacían cantar. Yo cantaba. Me ordenaban silencio. Me callaba. Me mandaban a un rincón con los juguetes rotos y polvorientos y allí me quedaba. Hoy pienso en esa niñita y me asombra comprobar cómo trabajaron para arruinarme. Labor perfecta. Quedó lo que tenía que quedar: un poco de ceniza.”
Alejandra Pizarnik.

Ayer te vi, y estabas igual.
Dos años mayor (no sé si eso implica dos años peor, aunque es probable), pero estabas prácticamente igual.
Quizás con algo ya de señorita en tu cara de niña.
Con los ojos igual de vivos, tratando de descubrirlo todo, de comprenderlo todo lo antes posible.

Como hacen, supongo, las niñas que prometen.

Ayer te vi y claro, me transporté a la Barceloneta, a aquel mediodía de julio que fue –él también lo sabe- más que increíble.

Hacía mucho calor y un par de semanas que no le veía. Hacía un calor atroz y algo dentro de los dos ya veía que aquello no podía ser. Y aún así volvió a ser mágico, una animalada tremenda como las que solo nos podían pasar a nosotros; como las que habíamos vivido desde el día uno allá en Granada.

Hicimos lo que teníamos que hacer: inmediatamente después de abrazarnos fuimos a buscar cerveza. Y en el patiecito del bar, a la segunda mediana, me dio sus regalos: la única petaca en el mundo que merece llamarse ‘pitaca’ y aquel carnet que aún sigo viendo todos los días y que quería que yo tuviese porque el muy molón salía especialmente guapo en la foto.

Tras otra caña más, decidimos que para sobrevivir habría que comer: qué cosas. Así que fuimos a hacer la mítica cola en Cal Maño, donde cayeron un par de quintos más. Me acuerdo de él contándome cómo había ido la semana de locos con su familia y también de que yo empezaba a tener tentaciones de cogerle la mano, sacarlo de la cola y correr a encerrarnos a casa.

Pero entramos. Y al vino lo acompañaron unas gambas y una ensalada y unos chipirones y no sé si unas sardinas. Poco a poco se nos fue olvidando que estábamos un poco tristes y que faltaba nada para mi cumpleaños, así que decidimos celebrarlo con un  par de carajillos. 

Y ahí es cuando me di cuenta de que tú nos mirabas con los ojos como platos.

Estabas con tu padre y un amigo, que intentaban entretenerte con cualquier cosa, pero a ti parecía llamarte más la atención lo que sucedía en la mesa de al lado. Nuestra mesa, en que relucían, malditas, las últimas cenizas de algo que por fuerza tenía que acabarse.

Así que empecé a hablar contigo y tu padre me lo agradeció enseguida. Se notaba que querías una tipa cerca. Y no sé cómo, terminaste sentada en mis rodillas con mi bolígrafo preferido dibujando en el mantel, toda contenta. 

Debíamos ser una linda estampa: yo toda borracha y tú toda contenta. 

Debíamos serlo, porque no sabes cómo me miraba él en aquel momento contigo encima: alguna vez también te mirarán así y sabrás qué se siente. Es algo que no puedo explicarte con palabras.

Estuvimos así un rato: tú dibujando, yo bebiendo un licor café que él había pedido para rematar la jugada. Luego te enseñé algunas letras, y hablamos algo más con tu padre y luego pedimos la cuenta. Fue bonito, porque hicimos un gran trato: yo te daba a ti mi boli y tú a mí el dibujo (que por cierto aún conservo). Y nos despedimos.

De ahí, estaba claro, nos fuimos a encerrar en casa en lo que fue una siesta inhumana que se prolongó un par de días.
De ahí, estaba claro, se nos fue la historia a la mierda.
Y de ahí cada uno a una ciudad, a una nueva trinchera.

Y poco a poco se fueron olvidando las cosas, y entre ellas, el sábado aquel en la Barceloneta.

Hasta ayer.

Porque te vi y al momento todo volvió. Y me pregunté si ya estarías aprendiendo a leer, si seguirías echando de menos a una chica cerca cuando te tocara pasar el fin de semana con tu padre y si te alegrarías tanto de encontrar a alguien con quien dibujar en algún garito. 

También me acordé de mi boli favorito, que no me costó nada regalarte.

Me miraste con esos ojos de chica lista, sin reconocerme.
Pero yo sí te reconocí a ti.
Y al sonreírte me di cuenta de que ya andaba cerca otro verano.

No hay comentarios.: