Se desata el huracán y
ahí estás tú, en mitad de la nada, sola, desvalida e impotente, a merced de los
putos elementos. Con las manos vacías y los bolsillos aún más vacíos y lo que
es peor: con el maldito corazón temblando del susto y a la intemperie.
Y te das cuenta de que
has hecho muchas, muchísimas cosas, en la vida, pero nada para merecer esto.
Que hiciste feliz a unas cuantas personas y daño a unas cuantas más, que
tomaste cientos de decisiones y que anduviste por muchos caminos renunciando a muchos
otros, pero que nunca –nunca- elegiste nada –nada- que ni remotamente pudiera llevarte
a desembocar en el centro exacto de esta brutal tormenta.
Te das cuenta por fin
–quizás lo vislumbraras antes, pero ahora simplemente lo ves, claro y
meridiano- de que hagas lo que hagas la vida, tu propia vida, estará fuera de
tu alcance. Que en las cosas importantes raramente tu voluntad, más o menos
férrea o disciplinada, servirá para algo. Que, socorro auxilio, lo que eres
inconscientemente será siempre más fuerte que lo que puedas controlar sobre ti
misma. Y que –todavía más grave- lo que quieras inconscientemente será mucho,
muchísimo, más fuerte que lo que decidas amar a conciencia.
Vengo a decir. Que por
mucho que te esfuerces en matar algo, en esconder algo, en enterrarlo, en
evitarlo, aunque lo hagas con todo el empeño y con todas tus fuerzas, esto
volverá a ti –renacerá una y otra y otra y otra vez más- hasta explotarte en la
cara cuando menos te lo esperes.
Y ahí estarás tú, en
mitad de la nada, con tu jeto de perfecta gilipollas y con la psicorrigidez que
tanto te has currado hecha añicos, chillando en silencio un ‘qué he hecho yo
para merecer esto’ digno del mejor Almodóvar. Y verás que estás sola, a la
merced del viento y de la lluvia y de demás fenómenos infinitamente más grandes
que tú –tan diminuta- e infinitamente más incontrolables.
Y ahí estarás tú, en
mitad de la nada, calada hasta los huesos, descubriendo día a día, minuto a
minuto, que justo cuando creías que lo tenías todo bajo el más absoluto control,
justo entonces, el temporal te ha ganado por goleada.
Que la emoción te ha ganado
por goleada.
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