jueves, 2 de octubre de 2014

Las canciones.

Decía.

Que todo esto, este vivir al límite, este perder los papeles, este estar tan desbordado, este morirse de sueño, de escalofríos o de risa, es soportable gracias a las canciones. Si no de qué.

Decía.

Que ahí están, y además parece que no hay forma de largarlas.
Benditas sean.
..................................

Eh, fenómeno celeste, yo tuve la oportunidad.
Ya sabes: querer lo que te hace daño, tío.
Que a ratos me escapo de puntillas
Por más que camine en círculos.
Yo, que algún rato maté por volver a arder.
Porque al final
Maldita dulzura mediante. 

sábado, 27 de septiembre de 2014

Tenía que ser hoy.

Tenía que ser hoy.

Hoy, que me he levantado tocada, porque desde hace unos días ando pensando demasiado en lo frágil que puede llegar a ser todo. En lo jodida que es la culpa, por irracional, por despiadada. En lo complicado que es sostenerse en pie mientras alrededor la murallita china se va derrumbando como un castillo de cartas.

Tenía que ser hoy, y tú -precisamente tú- tenías que estar ahí. Fumando en esa esquina. En un gesto tan tuyo que me ha costado una milésima de segundo reconocerte, aunque estuvieras de espaldas y mi miopía siga siendo de traca.

Y se ha detenido el aire, y el tiempo, y la gente que cruzaba la calle, y he pensado que estás igual, y cuando me has sonreído he visto que de verdad te alegrabas de verme. Y han sido cinco minutos, pero has tenido suficiente para darte cuenta de que algo andaba regular y yo te he dicho que ya te contaría. Y llevaba un par de años sin verte pero aun así me ha dado un poco de pena decirte adiós, porque siempre me dio un poco de pena decirte adiós y es probable que ya no se me quite nunca.

Y ahora, aunque no sé si pasarán dos años más, o precisamente por si pasan, me pregunto qué te voy a contar cuando nos sentemos con una cerveza. Si te hablaré de una borrachera animal de una noche de diciembre (parece que fue hace mil años), o de una tarde de reyes extraña, o de un millón de noes que se convertían en síes como si yo fuera una maga, o quizá siéndolo un poquito. Si te hablaré de leones, de chinchillas o lobitos.

Te tendré que explicar que hubo un jueves en el que todavía no puedo pensar sin que se me ponga la piel de gallina. Que llovía, y yo no tenía un buen día, y llevaba unos pelos del infierno y que es verdad que supe, dos segundos antes de que empezara a hablar, lo que el muy animal iba a decirme. Te contaré que de las mil reacciones posibles yo no pude elegir la mía y que a partir de ahí algo cambió dentro. Y añadiré que si aquella noche conseguí dormir fue gracias a un bourbon infinito, y que cuando abrí los ojos a las cinco de la mañana ya no los pude cerrar más, de puro asombro.

También te hablaré de una llamada de domingo, justo después de un vermut que se alargó un par de siglos, y también de un email cargado de explosivos que me mató como solo me mataban los tuyos. Y de los tres o cuatro pitis que se me atragantaron con las respectivas noticias que se sucedían, haciendo del panorama un descalabro cada vez más grande. Y cuando me mires, con los ojos como platos, te diré que sí: estamos vivos de milagro.

Y aún no habrás oído nada, porque te tendré que contar que hubo un par de posts que me paralizaron entonces y lo siguen haciendo ahora, porque estaban escritos para nosotros, y que te podría dar un concierto infinito con las canciones que viven conmigo en todo este pollo. Sé, además, que entenderás perfectamente lo que hace la música en estos casos, cómo estremece y cómo ya nunca dejará de hacerlo.

Y contendré el aliento, porque llegará el momento de hablarte de una noche preciosa al llegar el verano y no tendré palabras para que entiendas lo especial que fue y lo asustada que yo llegaba a estar, como si fuera la primera vez y porque en parte es que lo era. También te diré que luego me marché unos días y que me encantaban los momentos cuando, por fin sola, antes de dormirme, me asaltaban flashes que me hacían temblar, y que temblaba.

Entonces pediremos la siguiente, porque me costará seguir hablando porque a ratos ni siquiera me lo creo, y para coger aire te diré que cumplir 30 fue de locos. Que un poquito más y muero de amor. Que además estaban todos a mi lado. Que no me pude sentir mejor.

Y puede que, si me preguntas por las vacaciones, te cuente que lo pasé bien, y que andaba sonriéndole al teléfono como una imbécil. Te diré, porque no voy a engañarte, que también sufrí lo mío. Pero que pese a todo cada vez que uno de los dos volvía el otro andaba esperándole y que eran bonitas las noches juntos entre escala y escala y maleta y maleta y playazo y playazo. Que le echaba de menos y para mí era raro el sentimiento. Que siempre lo acabábamos arreglando a besos.

Llegará un momento en que no sabré qué más explicarte. Y eso que no habré mencionado el aeropuerto, ni el domingo precioso en el parque sin hacer nada especial y teniendo más que suficiente, ni el beso aquél en el metro ni el par de días en la montaña, tan muertos de amor y tan rotos de pena. Tampoco tendré tiempo de hablarte de mi nueva pulserita prefe, ni de cómo alucino algunos días al despertar ni tampoco de la bronca épica por teléfono, ni de las anacondas y las preciosidades que se han ido colando en esta historia. No sabré explicarte cómo pasa el tiempo a veces ni cómo, a pesar de todo, siempre está al lado.

Es verdad: me dejaré un millón de cosas. Pero tú habrás entendido perfectamente lo que está pasando, y además te sonará mi cara, y la forma en que sonrío mientras voy hablando, o cómo me sonrojo si me paso un poco recordando. Sabrás una centésima parte del cristo bendito que vivo pero sabrás, y eso no tendré que contártelo, de qué te hablo. Te habrá quedado más que claro.

Y para entonces ya se habrá hecho tarde y habrá que ir para casa. Y me apuesto lo que quieras, porque mira que ha llovido pero te conozco, a que no me dejarás pagar mis cañas. Saldremos del bar y ya en la acera te diré adiós, como hace un rato. Y al alejarme andando por la calle, después de la media sonrisa que habré tenido que forzar y que me saldrá mal, sentiré esa punzada de pena. 

Como hace un rato.

Y sin embargo.

domingo, 7 de septiembre de 2014

siempre una más.

¿sabes cuál creo que es el problema? vale, no hay uno, hay mil quinientos. pero ¿sabes cuál creo que es uno de los fundamentales? ¿igual no muy evidente, pero sí crucial?

que no te habías ni atrevido a soñarlo.

que te pudiera pasar a ti, que te pudiera pasar así. que te pudiera pasar otra vez. o tal vez con más intensidad que ninguna de las anteriores. que pudiera pasarte a este nivel de revoluciones y a una edad -ahora- en que ya sabes -vaya si lo sabes- de qué va todo esto a lo que llamamos vida. 


ahora que tienes, aunque a ratos tú no lo veas, algo vital: además de corazón, criterio.

pero también tienes un problema. que pensabas que estas historias eran patrimonio de otros, o de los libros, o del cine o vete tú a saber de qué o de quién. lo que está claro que ni se te había pasado por la cabeza que te pudiera tocar a ti. y eso -no me dirás que no- es muy triste. rematadamente, infinitamente triste.

porque joder. no es que no entrara en tus planes: es que no entraba en tus sueños.

así que aquí estoy yo, que ya te habré dicho diez millones de cosas -trillón arriba, trillón abajo- diciéndote todavía una más -esto es así: siempre una más.

maldita sea.
maldito seas.
anda: sueña.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Al abordaje.


1. Las cosas se hacen a lo loco o no se hacen. ¿Que el vuelo sale a las 9 de la noche? Pues ya si eso quedamos para comer y nos pegamos una sobremesa digna de El Padrino, mixinos y toneladas de hierro a la venta mediante. Estooo… #graciasFeli.

2. Ya se sabe: volar con Ryanair es ver pasar a los tropecientos en un segundo, con toda la épica que eso conlleva. Y luego viajar a la velocidad de Hertz –vértigo es poco-, para acabar teletransportándote a la crepería con más estrellas Michelín del planeta. Y en fin, ¿que no quieres copa? Pues toma 2 tazas. A esas horas, la corona de Miss Simpatía estaba más que reñida y perdíamos efectivos por momentos, así que tomamos la única decisión posible: anda y tira pa’ casa.

3. Levantarse y llegar a Stintino fue facile e divertente. Y la Pelosa, cómo no, estaba vacía y era paradisiaca. Así que, para celebrarlo, hubo que cenar pizza y mejillones y acabar bailando la Macarena en la wifi-verbena más tremenda del pueblo. Que luego afloraran el cachondeo y la claustrofobia en casa del Nonno (y sus puritos) fue lo de menos.

4. Y amanece y ya es domingo y el desayuno ha sido un sueño. Más reales fueron las cuestas de Castelsardo y el intento de robo de cuchillo, pericolosas es poco. Una de frutti di mare y otra de saltar olas y parece que llegamos a Porto Cervo –eso sí, multa mediante. El concierto en el chiringo no tuvo precio y lo de buscar aparcamiento no tuvo nombre. De la cena... mejor ni hablamos, pero del modo ‘le odio: me lo tiro’ sí. ¿Qué, reina? ¿En tu yate o en el mío?

5. Maraia: easy, easy, no. Yo no lo pienso pagar. ¿Pero qué mierda de enchufes son estos? Grande la performance matutina, con el recepcionista en la lona por knock out y tirando millas marinas a coger nuestro barquito deluxe dirección a las islas. La densidad de slips chungos por metro cuadrado desbordaba cualquier expectativa y el agua era cristalina y los bañadores rojos inhumanos. Trae otra ronda de Ichnusa, corre. Qué bonita nuestra roca y qué tremendo ser las suecas del percal. Desde aquí un saludo a Manolo y otro a Tarzán de la selva. Con cabezadita, claro.

6. De la merienda exprés a Cala Gonone hubo que jugarse el tipo de nuevo. He visto carreras de Nascar más seguras que el aterrizaje forzoso en la gasolinera y curvas menos crazys que aquellas, y también noches menos cerradas. Pero llegamos y al asunto le ponemos dos de mejillones (dos), un vinito y limoncello: por todo lo alto, oye.

7. Abróchense los cinturones, porque empieza la Scary Movie. Hola, Roberto; adiós, mundo cruel. Y dale gaaaaas… hasta que topas con la boya (¿la cortamos, no?) y te dejas los nervios, la cordura y los pulmones. El rescate a cargo del carrito del helao fue legendario, por no hablar de bañadores rojo y verde en el único segundo del día en que parecimos dignas. Enorme el momento barco Playboy: #muybienniñas.

8. Ah, que subir a la puta barca es imposible… Cabrona, quita de mi vista el salvavidas! Joder, que me mareo viva… Coño, que hay medusas! Aaaay, que estoy fatal! Pues venga, comemos! Y si eso dejamos la cubierta en modo tomatina a ver si nos atacan un millón de abejas y acabamos saltando por la borda… o estampadas en la borda. O con chopped en la borda: yeah.

9. Pero ánimo valientes y nos sobreponemos y nos largamos, dando unos 200 voltios para recuperar el famoso bote de crema náufrago. Que volvemos a anclar de cojones y hasta nadamos. Y parece que lo lograremos (JUAS) hasta que la puta chiave se va al carajo y empieza la segunda operación rescate, a hostión de menda por segundo y a barco guiri por minuto: que acabe esta maldita pesadilla.

10. Ya en tierra –lagrimita- la estrategia se desmorona (unas birras, ¿no o qué?) y por fin conseguimos llegar a la ducha y a la cena y al festival del chupito con flamenca y piripi como invitadas especiales. En cuanto al mar… vaya, que lo dejamos fino. Y en fin: que las cosas no son como empiezan sino como acaban y los favores van que vuelan y en la litera falta gente. Sí, sí: ten points again.

11. Es un miracolo, pero el comando Sor Yamaha sigue entero. Así que corre a la pequeña (y desértica) Tahití y consigue comer como puedas y… Paren máquinas, que la tarde ibicenca a base de cócteles y pool party nos la merecíamos. Aunque perdiéramos las bragas en el intento.

12. Buenos días, Alghero. Aquí hemos venido a hacernos la manicura y a comer tortilla de patatas. Y en la calita está EL hombre y el chiringo es la monda y las pizzas con ensalada molan lo justo y aún nos quedan fuerzas para bailar Enrique Iglesias (y enseñar una teta: ¡!) en el garito de turno by-the-sea: ole con ole con ole.

13. Y la historia toca a su fin y al último día hubo que ponerle playa y birritas y souvenirs y un atardecer inhumano y la muralla y la cenita y la última copa con musiquita. Y nosotras volamos de vuelta para acabar dando de bruces con el Papa, que nos espera con sus Baileys adulterados y sus negocios educativo-escandalosos y sus cuarenta recortadas. Pericoloso es poco: ¡vamos, corre, derrapa!

14. Ahí queda la ruta tremenda, nuestro coche rojo vacilón, los playazos desiertos y los selfies inhumanos. El ‘conozco un par de casos’, el ‘espera que me ducho’, las listas en modo cafre, los pibones y las epidemias de moratones. Por no hablar de lo bien que aparcamos en la selva, de Leoncito Benavente a la banda sonora o de las sobredosis animales de mejillones.
Ahora ya sabemos que los pueblos en esa isla están todos en Pernambuco, lo  que es pelearse por poner las toallas en la playa, que los turbantes hippiosos se salen y que las pasiones sardas también se salen. Sin olvidar que secarse el maldito pelo puede llegar a ser misión imposible, aunque no tanto como salir vivas de una Zodiac, o de los restaurantes aka. miradores. 
¿Eh, he puesto imposible? Calla: quise decir inolvidable.

jueves, 28 de agosto de 2014

Ya de vuelta.

Yo antes confiaba en las siestas. Las veía como algo plácido, inofensivo, casi naïf. Hasta aquella tarde, que se pareció peligrosamente a un duelo al sol, una batalla campal, un holocausto. Que reabrió la herida y por poco nos mata desangrados, otra vez con la ropa hecha jirones y los dos en la cuneta.

¿El resultado? Diez mil nuevas cicatrices.

Yo antes confiaba en las siestas. Valiente ingenua. Ahora les tengo un miedo atroz.

……………….

El otro día, a las 04:41 de la madrugada, en mitad de la ciudad silenciosa y dormida y envueltos en un ambiente cálido, de noche de verano, él me daba besos en la espalda y yo, boca abajo, con el pelo aún mojado de la última ducha… Yo, boca abajo, con la piel del alma de gallina… pues lloraba.

Lloraba porque no puede ser más rematadamente bonito ni tampoco más rematadamente difícil. Es así de puta. Lloraba, también, porque intuía que si no fuera tan jodido no estaría siendo la mitad de animal. Lloraba porque llevaba horas metida en la cama, enredada en la cama, con la sensibilidad absolutamente desbordada. Lloraba porque me daba cuenta de lo acostumbrada que llego a estar a dormir sola. Y porque, por un momento en años, sentía miedo: un miedo cabrón, aterradoramente real. Y aún con todo, y consciente de que lo anterior era cierto, no alcanzo a saber del todo bien por qué lloraba.

El otro día, a las 04:41 de la madrugada, con el aire en suspensión, rodeados de nada, él no solo me daba besos en la espalda sino que me decía que podría pasarse el resto de la noche dándome besos en la espalda.

Luego se fue.

Y yo, boca abajo, lloraba.

……………….

Si me hubierais hecho hablar os hubiera contado sobre lo cabronas que son las cosas que nos pasan, pero también de lo rarísimo, de lo insólito de todo esto de ir tirando. De lo vital que es que la gente que te rodea merezca –de verdad- la pena. Os hubiera contado que a veces me sigo quedando con la boca abierta, absolutamente fascinada. Porque si yo os hubiera podido elegir, no lo habría hecho mejor. No porque me parezca bastante difícil, sino porque es que me parece directamente imposible. Y qué me va a parecer si no.

Eso si me hubierais hecho hablar. Menos mal que no lo hicisteis.

……………….

“El amor puede ser breve o eterno, pero siempre esconde confianza y calambre. Sin uno de esos dos puntos esta carta se titularía Afecto o Pasión; fantásticos titulares, por cierto. Amor (también) es pedalear cuando no quieres, bajar la cabeza, doblar rodilla y aceptar la derrota; admitir —no es fácil— que estás vendido, que eres tan frágil como un portazo; las tonterías del candado, las cartas a mano y los recopilatorios en cintas de cassette. Amour es una ráfaga de eternidad en este hoy de apareamiento, adicción y serotonina.

Amor es, en fin, no querer que se vaya. Nunca.”
Confianza y calambre: lo dice Nada importa, no yo.
……………….

Y una canción. Por aquello de ir echando de menos septiembre en Gijón.

miércoles, 2 de julio de 2014

Y al final.

Joder. Hoy –justo hoy- va y se aparece el tema. El único de Bunbury que puedo soportar (es más, es que lo adoro) y probablemente el único que podré soportar por los siglos de los siglos. Todo lo demás, esa voz, esa pose… me sabe mal decirlo, pero no son para mí. Y mira que lo hemos intentado.

Se aparece, decía, y tiene los santos cojones de hacerlo justo como la otra vez. En verano.

Así que una vez más, como un resorte, la bailarina en la caja de música se pone a dar vueltas, entre narcotizada y enloquecida. 

Dale: inténtala parar.

Y mientras te esfuerzas, permite que te invite a una última caña. Yo me levanto y la pido. Ya sabes: no importa que tengas algo mejor que hacer…

Cógela, da un trago. Y permite que te diga que ha sido duro. Que hubo días en que más que duro era imposible. Que probablemente me voy a acordar siempre. Que hubo mucho polvo por morder. Que nadie lo llegó a merecer.

Permite que te diga que hice lo que pude. Que no había un plan, que no supe más. Que la mayor parte del tiempo ni yo me entendía. Que nunca creí en las conciencias tranquilas.

Permite que te cuente que di diecinueve bandazos y me pegué unas quinientas hostias. Que he dormido poco y he bebido mucho. Que además de poco, cuando escribo lo hago mal.

Aun así, permite que te dedique la última línea. Que te vuelva menos loco. No importa lo que pienses ahora… Pero sí, si te dejas, vendrán otros vals.

Y al final, quiero verte de nuevo contento. Como mi bailarina imparable, sigue dando vueltas. Con todas tus fuerzas. Vamos, valiente: aguanta de pie.

lunes, 16 de junio de 2014

La broma infinita.

Y con la consistencia de un palacio hecho de cartas, y a falta de más ases en la manga, el panorama –ahora sí que sí- se desmorona.

Y lo hace con la sutileza de un terremoto de los que revientan la escala de Richter.

El vacío es inconmensurable, y el vértigo lo es también. Casi tanto como la absurda idea de intentar solventarlo todo a base de cócteles animales de narcóticos.

Meanwhile, llega el verano, y promete ser tan hardcore –incluso más- que el invierno en modo altercado o la primavera disfrazada de despropósito. Más duro, si cabe. Que ya tiene cojones que un verano pinte duro. Será que aquí jugamos al límite o no jugamos, que es como salen al ring las fieras pardas condenadas a morder la lona.

Que fumo diez mil cigarrillos, que sé que mi voz quebrará.

Se desmorona, decía. Aunque todavía resplandezcan, alguna noche, los últimos rastros de ceniza. Le ponen banda sonora a la debacle tres o cuatro canciones tristes. Y una vez más, hay que apuntarse a lo que sea que te ayude a adelantar el reloj y que den las ocho de la mañana.

¿Y qué se puede esperar de alguien que quiere que den las 8 de la mañana?

Por su lado, la porra entre el cáncer de pulmón y la cirrosis sigue bien, gracias. Que las casas de apuestas andan a hostias por las mejores cuotas. Igual que la broma infinita, que hay que ser Foster Wallace para verlo tan poquito, pero tan poquito claro. Para estar tan desbordada.

Intentas pensar que, pase lo que pase, todo saldrá bien. Que ha estado bonito. Y joder, qué perfecto sería si lo consiguieses.



martes, 3 de junio de 2014

La catarsis.


El plan era serio, maquiavélico, inamovible: el cristo bendito de las últimas semanas había que exorcizarlo. Por lo civil o por lo militar. Y la catarsis se llevó a cabo sin puertas y sin ventanas, que es como hay que ejecutar este tipo de cosas. Para habernos matado una vez más, y no queda claro si hubo más posibilidades antes o durante el festival de las noches perdidas, o si tal vez las habrá después. Que los estadísticos del CIS ahí andan, con las calculadoras echando humo.

El equipo se formó como en el colegio: con cada capitán eligiendo a los suyos y de ahí a por todas, como a la guerra. No faltaron los empujones ni tampoco las toneladas de barro sobre el terreno de juego, listas para joder zapatos y hasta algún modelito inhumano.

Que Nacho apareciera casi por sorpresa y que llegáramos a verle rozando el bendito larguero fue la tremenda previa que correspondía a tan enorme asalto. La gran broma final, como no podía ser de otra forma, apareció en escena puntual y por la puerta grande. Y lo siguiente fue palmar en el curro un viernes más de primavera tras más de 8 horas de paseos y botellitas, cumpliendo a rajatabla todo pronóstico posible.

Más que una siesta, lo de esa tarde fue una emboscada. De la merienda de los campeones es mejor ni hablar, y bueno, hubo que ir a cantar las clásicas alegrías que suenan de fondo en los incendios. El modo polizón se activó en el mejor momento posible, para oír cómo necesitan a sus chicas los cantantes más descarriados del planeta. Que ahí estábamos, lujos ibéricos es poco. Así que luego, para que no decayera, llegaron los ataques de frío atroz y un montón de tarjetitas alineadas que a ratos rompían filas.

Que se hiciera de día y no hubiera unas gafas de sol a mil millas solo era una constatación –y van…- de lo hábiles que hemos sido desde siempre. La vuelta a casa se caracterizó por la dignidad y el descojone y el pánico a otra sesión en modo maratón con que rematarlo -con que reventarlo- ya del todo.

Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, y la tarde del sábado se libró como con yelmo y cota de malla. El susto era tal que las botellas se vaciaban a ritmo de corneta y el taxi aceleraba como un condenado en los semáforos en ámbar. Llegar y saltar como cabritillas fue la misma cosa. Y las carreras a las barras y las canciones en modo jitón se sucedían y el sol salía a traición, que es como sale los domingos de guardar y demás días señalados.

En el metro de vuelta, y a esas alturas, ya dio igual 4 que 8 y casi que 80. Y el desayuno no fue en Tiffany’s y la guinda, para variar, llevó dos dedos de espuma y se reprodujo como los panes y los peces. El paseo de vuelta a casa –demacrados no, lo siguiente- rozó la felicidad y al sindiós –al sinbeber- le llegó el fundido a negro como debía ser: más tarde que temprano. Constatando que otra primavera se nos había ido de las manos.

lunes, 19 de mayo de 2014

recuerdo.

recuerdo el asombro de la primera mañana, rozando el delirio y la catatonia, todo aliñado con un resacón de muerte.

recuerdo fustigarme sin piedad después.

recuerdo, a los pocos días, tener la imagen de una mano agarrando otra sobre las sábanas.
recuerdo estar pensando que nunca me llegaré a acostumbrar a mis propias uñas pintadas.

recuerdo el miedo de ver que se descubría el pastel justo en el peor momento y recuerdo, esa noche, a mis amigos llorar de la risa mientras les contaba la historia.
recuerdo no saber si unirme a ellos de uno u otro modo.

recuerdo una mañana en que oí 'buenos días' diecisiete veces.
recuerdo que el gag me hacía reír.

recuerdo cambiar decenas -cientos- de dólares por decenas -cientos- de pensamientos.
recuerdo no haber sacado nunca nada en claro.

recuerdo siete -doce, veinte- charlas técnicas postpartido y también cómo me llegaban a crispar la mismita alma.
recuerdo haber pensado "idiota, neurótico, piltrafa: maldito seas".
y también recuerdo, aunque preferiría haberlo olvidado, el numerito que vino después.

recuerdo las 3 (¿o al final fueron 4?) inmensas preguntas.
recuerdo las medias respuestas, y toda la épica del mundo dentro de una pantalla de chat.

recuerdo una fiesta animal, justo antes de una noche en llamas.
recuerdo haber dicho que ya no me apetecía hablar más y también el silencio que siguió detrás.
recuerdo unas piernas separando las mías, recuerdo tener que respirar hondo, recuerdo nítido y borroso y acompasado y feroz. sobre todo feroz.

recuerdo más de un café a las 9 de la mañana, intentando -precisamente- recordar la enésima conversación a deshora.
recuerdo que jamás lo pude pagar.

recuerdo tener frío y casi inmediatamente dejarlo de tener.
recuerdo estar bailando con lobos, con leones, calamares y chinchillas.

recuerdo el día del descalabro y casi dinamitarlo todo después. recuerdo dudar y callar.

recuerdo hace un mes y pico.
un par de semanas.
el otro día.

y recuerdo anoche. el momento exacto. en que vi. por fin. que hemos tenido suerte. que ha sido de locos. y ha sido tremendo. y que llegados hasta aquí. ya está bien así.

recuerdo. que después. me vi sonreír.


viernes, 16 de mayo de 2014

Cinco. Cinco palabras, y en ellas todo.

Te levantas y algo que lees te hace recordar tu mantra, al que vuelves una y otra vez, porque lo llevas oyendo desde que tienes uso de razón y esas cinco palabras se han llegado a convertir ni más ni menos que en tus propios mandamientos. Solo cinco palabras, que son lo más importante –de lejos- que él te dio nunca y que probablemente nunca te dará. Lo que sabes que tienes que cumplir a rajatabla, pase lo que pase, por difícil que parezca. Y ya no ahora; sino mucho antes de saber qué significaban exactamente. Porque el sentido lo han ido adquiriendo a posteriori, a medida que la vida te ha ido enfrentando a ellas de una en una o en conjunto.

Así que vuelves a ellas otra vez –y ya van… - porque además de un mantra son tu refugio, la tabla de salvación en mitad del naufragio, un contrafuerte cuando tiemblan los cimientos, el hospital de campaña de los párpados hechos metralla, un código deontológico y una declaración de principios. El puto chaleco antibalas de tu vida. 

En cinco palabras.

Dulce, para que suavizando la voz y enchufando una dosis de cariño a cualquier cosa puedas hacer sentir mejor a cualquiera, e inmediatamente también a ti misma. Incluso cuando parece imposible. Dulce como las canciones medio susurradas, como las patas de gallo que tienen cuando te miran como te miran. Para que el mundo sea un poquito menos heavy metal, y para lidiar con los animales heridos que te vas encontrando en la calle. Con las criaturas salvajes de Capote. La dulzura como un querer por encima de tus posibilidades: una especie de locura de la que, sin embargo, no te arrepientes nunca.

Tierna, y eso raramente lo puedes controlar, pero te da la medida de las cosas cuando ni tú misma eres capaz de asimilarla. Porque cuando alguien despierta eso en ti –y es algo que no ocurre tantas veces- es que se ha ganado un lugar en algún punto ahí en mitad del esternón. Y porque aun cuando las cosas no salen bien, es un matiz capaz de cambiarlo todo. De sostenerlo todo. Porque es algo que el personal suele agradecer y todavía más: algo que suele recordar. Y porque la ternura –es que la propia palabra es bonita, la muy puta- está demasiado ligada a la empatía y a las mañanas después del desastre y a las catástrofes naturales. Como para dejarla de lado, me refiero.

Feliz, porque al final –y no es la primera vez que lo escribes- la mitad de las cosas es la actitud con que las enfrentas. Porque –ojo obviedad- para serlo hay que querer serlo, incluso atreverse a serlo. Y porque aunque parezca inalcanzable, eso que la gente llama felicidad podría esconderse en una canción, o en el cristal de algunos vasos o qué sé yo, en las estaciones de tren o entre las tapas de un libro que ruge. Porque a veces es una persona que una tarde cualquiera te dinamita los esquemas, por mucho que después todo se vaya al carajo. Porque casi siempre hay algo feliz a pesar de todo y tienes –recuerdas, te repites, insistes- que esforzarte en verlo.

Valiente, y aquí debe estar el quid de la cuestión, de muchas de las cuestiones. Porque sí, hay que arriesgar sin plantearse demasiado la magnitud del hostión, por no decir de la tragedia. Porque a ratos toca apretar los dientes y dar un paso al frente. Porque arrepentirse de no haberlo intentado nunca fue una opción. Para decir que sí a lo que quieres y no a lo que sabes que no quieres. Porque una cosa es perder y la otra no haber ni salido al campo. Y esto ni siquiera es planteable. Por aquello de que no hay nada más bonito que una maldita remontada.

Y velocista, claro. Y aquí es donde entran la explosión y la potencia y la intensidad y también la garra. Para estar atenta a la próxima zancada y a la vez no perder de vista la meta. Porque –también lo decía él- se juega como se entrena. Y porque la vida en tercera no merece la pena. Demasiados acantilados por ver, demasiados cristos que librar. Aquí es cuando tienes que sentir la sangre bullir y no olvidar que tienes hambre y que tienes sed y que hay gente que no merece las cosas a medias y que si hay que darse, que sea entera. Porque solo hay una -una- oportunidad y no serás tú quien la desperdicie.

Cinco.
Cinco palabras, y en ellas todo.

Así que hoy, que subirte a un maldito ascensor te ha costado dios y ayuda, tenías que recordarlas. Que recordártelas. Para coger aire. 
Para que sigan ahí tatuadas,
y que las balas solo pasen rozando, 
o desviadas.





martes, 29 de abril de 2014

Por goleada.

Se desata el huracán y ahí estás tú, en mitad de la nada, sola, desvalida e impotente, a merced de los putos elementos. Con las manos vacías y los bolsillos aún más vacíos y lo que es peor: con el maldito corazón temblando del susto y a la intemperie.

Y te das cuenta de que has hecho muchas, muchísimas cosas, en la vida, pero nada para merecer esto. Que hiciste feliz a unas cuantas personas y daño a unas cuantas más, que tomaste cientos de decisiones y que anduviste por muchos caminos renunciando a muchos otros, pero que nunca –nunca- elegiste nada –nada- que ni remotamente pudiera llevarte a desembocar en el centro exacto de esta brutal tormenta.

Te das cuenta por fin –quizás lo vislumbraras antes, pero ahora simplemente lo ves, claro y meridiano- de que hagas lo que hagas la vida, tu propia vida, estará fuera de tu alcance. Que en las cosas importantes raramente tu voluntad, más o menos férrea o disciplinada, servirá para algo. Que, socorro auxilio, lo que eres inconscientemente será siempre más fuerte que lo que puedas controlar sobre ti misma. Y que –todavía más grave- lo que quieras inconscientemente será mucho, muchísimo, más fuerte que lo que decidas amar a conciencia.

Vengo a decir. Que por mucho que te esfuerces en matar algo, en esconder algo, en enterrarlo, en evitarlo, aunque lo hagas con todo el empeño y con todas tus fuerzas, esto volverá a ti –renacerá una y otra y otra y otra vez más- hasta explotarte en la cara cuando menos te lo esperes.

Y ahí estarás tú, en mitad de la nada, con tu jeto de perfecta gilipollas y con la psicorrigidez que tanto te has currado hecha añicos, chillando en silencio un ‘qué he hecho yo para merecer esto’ digno del mejor Almodóvar. Y verás que estás sola, a la merced del viento y de la lluvia y de demás fenómenos infinitamente más grandes que tú –tan diminuta- e infinitamente más incontrolables.

Y ahí estarás tú, en mitad de la nada, calada hasta los huesos, descubriendo día a día, minuto a minuto, que justo cuando creías que lo tenías todo bajo el más absoluto control, justo entonces, el temporal te ha ganado por goleada.

Que la emoción te ha ganado por goleada.as﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽yo para merecer esto digno del mejor Almodar, en esconder algo, en evitarlo con todas tus fuerzas, esto vendr es más

miércoles, 16 de abril de 2014

Ayer te vi.

“Cuando yo era niña decía siempre sí. Sí al juego, al canto, a las exigencias familiares. Cuando tenía tres años era bellísima y sonreía. (…) Me ponían sobre una silla y me hacían cantar. Yo cantaba. Me ordenaban silencio. Me callaba. Me mandaban a un rincón con los juguetes rotos y polvorientos y allí me quedaba. Hoy pienso en esa niñita y me asombra comprobar cómo trabajaron para arruinarme. Labor perfecta. Quedó lo que tenía que quedar: un poco de ceniza.”
Alejandra Pizarnik.

Ayer te vi, y estabas igual.
Dos años mayor (no sé si eso implica dos años peor, aunque es probable), pero estabas prácticamente igual.
Quizás con algo ya de señorita en tu cara de niña.
Con los ojos igual de vivos, tratando de descubrirlo todo, de comprenderlo todo lo antes posible.

Como hacen, supongo, las niñas que prometen.

Ayer te vi y claro, me transporté a la Barceloneta, a aquel mediodía de julio que fue –él también lo sabe- más que increíble.

Hacía mucho calor y un par de semanas que no le veía. Hacía un calor atroz y algo dentro de los dos ya veía que aquello no podía ser. Y aún así volvió a ser mágico, una animalada tremenda como las que solo nos podían pasar a nosotros; como las que habíamos vivido desde el día uno allá en Granada.

Hicimos lo que teníamos que hacer: inmediatamente después de abrazarnos fuimos a buscar cerveza. Y en el patiecito del bar, a la segunda mediana, me dio sus regalos: la única petaca en el mundo que merece llamarse ‘pitaca’ y aquel carnet que aún sigo viendo todos los días y que quería que yo tuviese porque el muy molón salía especialmente guapo en la foto.

Tras otra caña más, decidimos que para sobrevivir habría que comer: qué cosas. Así que fuimos a hacer la mítica cola en Cal Maño, donde cayeron un par de quintos más. Me acuerdo de él contándome cómo había ido la semana de locos con su familia y también de que yo empezaba a tener tentaciones de cogerle la mano, sacarlo de la cola y correr a encerrarnos a casa.

Pero entramos. Y al vino lo acompañaron unas gambas y una ensalada y unos chipirones y no sé si unas sardinas. Poco a poco se nos fue olvidando que estábamos un poco tristes y que faltaba nada para mi cumpleaños, así que decidimos celebrarlo con un  par de carajillos. 

Y ahí es cuando me di cuenta de que tú nos mirabas con los ojos como platos.

Estabas con tu padre y un amigo, que intentaban entretenerte con cualquier cosa, pero a ti parecía llamarte más la atención lo que sucedía en la mesa de al lado. Nuestra mesa, en que relucían, malditas, las últimas cenizas de algo que por fuerza tenía que acabarse.

Así que empecé a hablar contigo y tu padre me lo agradeció enseguida. Se notaba que querías una tipa cerca. Y no sé cómo, terminaste sentada en mis rodillas con mi bolígrafo preferido dibujando en el mantel, toda contenta. 

Debíamos ser una linda estampa: yo toda borracha y tú toda contenta. 

Debíamos serlo, porque no sabes cómo me miraba él en aquel momento contigo encima: alguna vez también te mirarán así y sabrás qué se siente. Es algo que no puedo explicarte con palabras.

Estuvimos así un rato: tú dibujando, yo bebiendo un licor café que él había pedido para rematar la jugada. Luego te enseñé algunas letras, y hablamos algo más con tu padre y luego pedimos la cuenta. Fue bonito, porque hicimos un gran trato: yo te daba a ti mi boli y tú a mí el dibujo (que por cierto aún conservo). Y nos despedimos.

De ahí, estaba claro, nos fuimos a encerrar en casa en lo que fue una siesta inhumana que se prolongó un par de días.
De ahí, estaba claro, se nos fue la historia a la mierda.
Y de ahí cada uno a una ciudad, a una nueva trinchera.

Y poco a poco se fueron olvidando las cosas, y entre ellas, el sábado aquel en la Barceloneta.

Hasta ayer.

Porque te vi y al momento todo volvió. Y me pregunté si ya estarías aprendiendo a leer, si seguirías echando de menos a una chica cerca cuando te tocara pasar el fin de semana con tu padre y si te alegrarías tanto de encontrar a alguien con quien dibujar en algún garito. 

También me acordé de mi boli favorito, que no me costó nada regalarte.

Me miraste con esos ojos de chica lista, sin reconocerme.
Pero yo sí te reconocí a ti.
Y al sonreírte me di cuenta de que ya andaba cerca otro verano.

miércoles, 9 de abril de 2014

A fuego.

Así se quedarán de grabadas en el corazón las dos o tres horas que pasamos juntos aquel día, con sus cinco cañas en modo exprés y sus tropecientos –respectivos- disparates.

Así van a permanecer guardados en la memoria el par de ojos que solo se atrevían a clavarse en los míos muy de vez en cuando, y no me extraña, porque la bomba fue de carácter masivo, expansivo, nuclear.

Así caía la luz sobre ti mientras, poniéndole no dos, sino doscientos cojones, me contabas lo que te estaba pasando desde hacía ya bastante tiempo. Y supongo que también sobre mí mientras, abriendo mucho los ojos, intentaba procesarlo todo a la velocidad del rayo, aunque por una vez –maldita sea- no lo consiguiera.

Así se van a quedar impresas en estas retinas todas las cosas que te atreviste a decirme y que –y lo escribo conteniendo el aliento- no sé si nunca me volverás a decir.

Así van a envejecer el amor y la brutalidad y el asombro y lo extrañamente sencillo que fue hablar a pesar del shock, y lo dulce, y lo valiente, y lo bonito, mientras algo dentro de nosotros (o a saber, una mano inocente o un dios aburrido y perverso o incluso el mismísimo tiempo) intenta decidir qué hay que hacer ahora con esto que resulta que nos ocurre. O qué hay que no hacer, aunque sea un poquito más duro y también un poquito más triste.

Así quedará el jueves que nos dio por vivir –por querer, por querer confesar, por desahogarnos- peligrosamente. Grabado. En algún lugar del corazón. O lo que es casi lo mismo: puesto, al menos, por escrito.