viernes, 24 de abril de 2015

Importante. No olvidar.

Incluso en el más profundo descreimiento hay cosas sagradas, intocables. Hay que ser inflexible con ellas.

No olvidar el listón. Está ahí por alguna razón. Que tocarlo signifique subirlo, en todo caso.

Saber renunciar a tiempo. Reconocer el momento, lo cual es todavía más difícil.

Apreciar la lealtad, la generosidad, la nobleza en los demás. Y practicarlas.

No medir, en la medida de lo posible, los sacrificios. Lo que haces (lo que das), más que en los demás, repercute en ti.

Tolerar cierto grado de desamparo. Aprender a convivir con él. Como por si acaso.

El fútbol como opio es bien. La politoxicomanía vale.

Escribir siempre. Escribir bien. Leer más y mejor. El despilfarro en libros no existe.

Los detalles. Tener detalles. Ser cuidadoso con ellos. Estar atento a.

De perdidos al río; de cabeza. Hay cosas que importan y cosas que no. Ir un martes cansado al trabajo no debería ser una de ellas.

La música lo cambia todo.

Poder con la incertidumbre. Porque no hay otra. Poder como sea.

Siempre una llamada de menos, cuando se merece una más. Imperdonable.

Hay que ver cosas. Hay que aprender cosas. Viajando, por ejemplo.

Last but not least: si conduces un Ferrari, tienes que estar a la altura. Si no estás a la altura tal vez lleves otra cosa.

jueves, 16 de abril de 2015

Lo has vivido antes.

Por eso sabes bien lo que es quedarte callada, muda, incapaz de pronunciar una palabra. Para no hacer de las frases minas antipersona, pero también para no pedir más de la cuenta y para ver si con algo de dulzura y bastante más paciencia esa desazón horrible quiere desaparecer y dejarte en paz de una vez por todas.

Conoces la sensación.

Te recuerdas a ti misma en su casa, con él por ahí al lado trasteando, y tú tan absolutamente triste (y mira que le querías) que llegabas a quedarte paralizada. Y te miraba preocupado y tenías que hacer esfuerzos sobrehumanos para lograr sonreírle. Luego os metíais en la cama y tú, en vez de dormir sobre un colchón, lo hacías -tarde y mal- en un maldito mar de dudas. nada nunca es tan grave, que al final por duro que sea siempre se marcha. Queate no termina. ar a boicotear tus propios sentimi

Vaya si la conoces.

Es más: sabes perfectamente que en el momento exacto en que cruces la puerta para irte (eso que llevas tanto rato necesitando hacer) te vas a morir de pena. Porque es tu monstruo, ha estado contigo siempre, y ellos rara vez lo han merecido. Pero así va: por más que lo intentes matar el muy cabrón siempre vuelve y la historia, nietzcheana, se repite.

Es así, y siempre lo fue.

Estabais en Cadaqués, era San Juan y podría haber sido perfecto. Granada ahí, como un sueño, solo un par meses antes. El barco que era una fiesta y él metido en el agua por primera vez en años solo porque tú nadabas al lado. Pero ni por esas. Ahí estabas tú toda esquiva e intratable, y lo que es peor: incapaz de dilucidar por qué. Todavía no has llegado a perdonártelo.

Lo has vivido antes.

Precisamente por eso te lo repites. Que tu autoexigencia atroz solo debería valer contigo. Que nada es nunca tan grave y que al final, por duro que sea, la bestia siempre se marcha. Que su manera de hacer las cosas también vale y que, si hay algo en ti que boicotea lo que sientes, tú tienes que ser aún más firme. Que tu manera inconsciente de ponerte a prueba puede ser despiadada, implacable; pero también es la mayor razón para que tú lo seas todavía más.

La maldita historia de tu vida.

Cómo ibas a afrontarla si no era por escrito.

viernes, 10 de abril de 2015

Abril de llovizna y mareas.

Estuve en San Sebastián siete u ocho veces. Estuve con ellas y también con ellos. Parece que si hay alguien que me importa lo suficiente, aquello tiene que derivar en un ruta etílico-romántica de pintxos por esa –mi segunda Norteña. Aunque nada –nada- garantice que el hecho de haberla callejeado traiga consigo la paz, o la calma, o nada que se le parezca. Por más madrugadas en puentes, hostias animales en bici o paseos por el puerto que haya. Por más bonitos que sean. Debe ser el influjo del Cantábrico feroz, de las mareas o de la insoportable levedad, como de txirimiri, que tiene andar por el mundo más o menos felices durante un par de días. A veces casi tres, y todo sobreviviendo a unas tremendas ostras y una asombrosa luna llena. Que ya es sobrevivir; con creces.

………………

Ha sido un horror asistir a la más absoluta decadencia de ese tipo tan rudo, tan serio, tan suyo y tan hosco, el muy maldito. No hay nada peor que la vejez, cuando ya no llegas a saber quién eres y mucho menos qué haces, cuando la bombilla se enciende una vez cada tres días, cuando estás postrado, inmovilizado, desorientado y totalmente asistido. No hay nada más cruel, nada más sórdido, nada más jodido. Y en la más absoluta pena, en lo desgarrador que llega a ser verle (ver lo que ya no es y nunca volverá a ser) solo subyace un mínimo de belleza, un destellito de triste esperanza: vamos a pasarlo bien mientras podamos. Vamos a valorar las cosas, porque el destino está frente a nosotros, claro y meridiano. Disfrutemos de todo esto ahora. Llegará un día en que no podamos.

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Luego está el acostumbrarse a sufrir, la inquietud que a ratos torna ansiedad, la impotencia cuando las cosas no dependen de ti, sobre todo porque durante mucho tiempo sí lo hicieron. Pensar que por mucho que hagas, por buena -por seria, por fuerte- que seas, todo eso puede no ser suficiente y aún así salirte mal, e incluso peor. Intentar recordar que tú eres eso (entera o nada, tremenda o nada) y que siempre que las historias fueron mal pensaste que, a pesar de todo, había valido la pena. Revivir, de nuevo en violentos fogonazos, el jueves lluvioso, los mensajes que al fin llegaban, la tarde en el parque, la cena en el italiano, el otro día saltando a los brazos en aquella área de servicio. Y creer que sí: puede pasar de todo. Que, precisamente por eso, tendrá que merecer la pena. Aunque a ratos te busques sin encontrarte y tengas que luchar tanto, kamikaze, contra ti.

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De nuevo, queda la música. Esta vez huele a primavera. El tocadiscos sigue girando una y otra y otra vez.



miércoles, 4 de marzo de 2015

Aunque lo sea.

Y algo que lees te quita un peso enorme de encima, como un elefante de encima. Porque no estás sola (mentira, lo estás; todos lo estamos siempre -todos, siempre), o al menos no estás sola en lo que sientes, en como te sientes, en el vacío inconmensurable que llevas dentro de ti algunos días, incluso sin un motivo aparente, cuando todo se desmorona, y ese romperse sin causa tampoco tiene, como era de esperar, ningún remedio feliz, ni siquiera oportuno o paliativo, ni mucho menos milagroso.

Y eso que lees no borra el sentimiento, ni la desesperanza, pero sí supone un alivio mínimo, porque las palabras de otro son capaces de explicar lo que ocurre, no de matarlo, pero sí de darle forma en una construcción sencilla, precisa, apenas 20 o 25 líneas, con su ritmo, su musicalidad y su gramática, estructuras férreas y perfectas para un estado de ánimo imposible, inasible, abstracto en su gélida y dolorosa levedad, anclada sin embargo tan profundo.a﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ un estado de usicalidad y su gramucho mejor lo que ocurre que lo izas, y ese romperse sin causa tampoco tiene, socorr

Y eso que está escrito por otro explica lo inexplicable, eso que solo sospechabas: que nada es la panacea, ni tampoco lo es nadie, que por mucho que quieras y te quieran y te vayan a querer, por mucho que eso casi siempre te haga esbozar una sonrisa, eso no va a salvarte, porque esa misión es tuya y solo tuya y también la encargada de hacerte sacar las garras, y las mandíbulas fuertes de apretarlas tanto (y tanto tiempo), y también de hacer aparecer tu temple, y tu capacidad para entenderte, y contigo al mundo, porque nadie, y ya te pueden querer, tiene el poder de quitarte esa tarea de encima de la mesa, que es tan tuya y solo tuya.i﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ienes que sacar tus garras, y tus mandga esbozar una sonrisa, eso no va a salvarte, porque esa misie quieran y te vaya

Y esa columnita arroja luz para que veas que aunque tú también tuviste mechones y parques y aunque a menudo tengas cervezas y caricias y mensajes dulces y la espalda y las tardes de domingo atrincherados, eso no tiene por qué constituir necesariamente una garantía de que algo vaya a sostenerse permanentemente en ti, por mucho que lo adores y que te esté cambiando un poco y que te haga exponerte y temblar y ser, al final, algo más sensible y más valiente.

Y así es como hoy, algo que no lograste escribir tú va y te da la clave para comprender qué humano, qué frágil, qué delicado y qué serio es esto de tener que enfrentarte al monstruo despiadado que de vez en cuando se instala, como el frío o como el miedo, en algún lugar dentro de ti. Y no solo te reconcilia un poco con él sino que también te permite respirar mínimamente y todavía más: te recuerda que leyendo, siempre leyendo, nada es nunca -nada, nunca- tan cruel ni tan insalvable ni tan doloroso como para que no lo puedas afrontar ni tan único en ti ni tan grave ni tan amargo, aunque lo sea. Aunque lo sea.

miércoles, 25 de febrero de 2015

100 razones por las que vivir.

Viene de aquí y a su vez de aquí. Benditos sean.

1.    Los domingos por la mañana con todos, después del Primavera, apurando la última cerveza hasta las 11 de la mañana. Por lo menos.
2.    Eva tomando el sol, Peor para el sol y Juegos de azar. O las 3, una detrás de otra.
3.    El Huerto de Juan Ranas, en Granada.
4.    Que la lírica y el apocalipsis anden tan cerca, como bien demuestran La carretera y La constelación del perro.
5.    Haber olvidado qué pasó aquella noche en Las Vegas.
6.    El famoso 5-4 contra el Atleti.
7.    Haber cumplido 30 años. Y no de cualquier manera.
8.    El primer concierto de Nacho Vegas en la Bikini, allá por el pleistoceno.
9.    La música en directo en general.
10.  And all I loved, I loved alone (Edgar Allan Poe).
11.  Madrid. Enterita.
12.  Todo lo que escribe Enric González.
13.  La idea de que un jueves cualquiera, lloviendo a cántaros, pueda cambiarlo tanto todo.
14.  Los berberechos.
15.  Llegar a aprender, algún día, que pase lo que pase nunca pasa nada.
16.  La voz, y las letras, de san Leonard Cohen.
17.  Las puestas de sol en Siracusa, Sicilia, completamente borrachos.
18.  La cerveza, el bourbon, el bloody mary. No necesariamente en ese orden.
19.  Las cartas. Especialmente cuando van dirigidas a ti. Especialmente cuando tienes 8 años.
20.  El ala oeste de la casa blanca. Y la inteligencia fuera de control de Josh, el personaje interpretado por Bradley Whitford.
21.  Haber crecido sumando matrículas.
22.  Las noches en que pinchan ellos dos y no podemos por más que bailarles.
23.  Que cuando vayan mal dadas, siempre quede la opción de escribir y que con ella al fin respires.
24.  El Bar Leo.
25.  Ese momento en que se apagan las luces del cine.
26.  Por aquello de repetirse: conducir, a poder ser cantando a pulmón las canciones de un disco que un día llamaste 'Smile Gan'.
28.  Las croquetas, aunque no todas.
29.  El viento que sopla demasiado fuerte, con todo lo que conlleva.
30.  Que ella sobreviviera a esa juventud atroz y que la hiciera tan seria y tan fuerte.
31.  La palabra ‘imperturbabilidad’ y esa canción que la contiene.
32.  Dormir del tirón, ni que sea por casualidad y una vez al año.
33.  El barrio de Cimadevilla, en Gijón. Y ya que estamos, la playa de San Lorenzo.
34.  Que el oficio que detestas te dé, una vez cada mil años, una pequeña alegría.
35.  El momento de salir de la ciudad en coche. A cualquier otra parte.
36.  Las orquestas de pueblo en San Juan.
37.  Los calçots, muy a lo loco. Cuanto más mejor.
38.  Esta foto.
39.  Lionel –inmensi¡o hombre perro- Messi.
40.  Algunas (muy pocas) americanas negras.
41.  Todas las noches que se me fueron de las manos.
42.  La incondicionalidad, y esta vez no como palabra.
43.  El mar.
44.  La sonrisa de Michael Fassbender.
45.  Haber mordido el polvo alguna vez y haber vuelto a morir de la risa.
46.  La sensibilidad y la clarividencia y la elegancia de Joan Didion.
47.  Que me apetezcan tanto Islandia, Nueva York y Formentera.
48.  Sasha Djordjevic entonces.
49.  L’Empordà, porque cada uno tiene su Norteña.
50.  Seguir haciendo el pececito muy a menudo.
51.  Las mañanas de Reyes en casa.
52.  Que una vez cada veinte años, y sin que sirva de precedente, nos veamos y no acabemos a gritos.
53.  La forma de pensar y de escribir de Leila Guerriero.
54.  Los pingüinos.
55.  Que siempre se pueda elegir, y que la mayoría de veces haya una opción bonita.
56.  El tabaco.
57.  La palabra ‘señardá’. Y el concepto. Y también esto.
58.  Las mañanas de sábado en que salimos de la cama a la 1, y solo porque existen las cañas. Si no de qué.
59.  La bodegueta –esto… y la tortilla de la bodegueta.
60.  El día de Sant Jordi. (Y sí, lagrimita.)
61.  Croacia, pese a la rakia y gracias a la rakia.
62.  Los e-mails cargados de explosivos.
63.  Los erizos, y también según Cernuda.
64.  El momento en que un crío empieza a leer.
65.  Que a veces sobren, los motivos.
66.  Las llamadas que por fin llegan.
67.  El Cristina, en Castelldefels, y La Palmera, y el italiano bonito de la otra noche (también bonita).
68.  El Discurso de Eva.
69.  Haber aprendido a tejer en una sobremesa etílica y que me acabara gustando.
70.  Los áticos.
71.  El Cock y el Tony 2 (imposible elegir uno).
72.  Salir de trabajar a las 3 de la tarde en julio.
73.  El mes de julio en general.
74.  Los versos “A tus atardeceres rojos / se acostumbraron mis ojos / como el recodo al camino”.
75.  Los 4 de enero.
76.  Las casas llenas de libros. A rebosar de libros. Cuanto más obscenamente repletas mejor.
77.  Terapia Films, aunque últimamente nos esté dando menos alegrías.
78.  Las resacas muertos de risa, que las hay.
79.  Cuando, ni que sea de milagro, todas las piezas encajan.
80.  Dejarse llevar. Sí, en especial en la cama.
81.  Bad influence. Y lo que significó las dos veces.
82.  Ellos. “Hablo de hombres de verdad: masculinos, educados, correctos en el vestir, silenciosos cuando la prudencia o la situación lo requerían; torpes, tímidos a veces, pero fiables como rocas, o pareciéndolo. Aunque te miraran el culo. Hombres con reputación de tales, que te hacían temblar las piernas con una mirada o una sonrisa. Señores a los que, como tú sueles decir, era posible llamar de ese modo sin tener que aguantarse las carcajadas; a diferencia de ahora, que en los rótulos de las puertas de los servicios llaman caballero a cualquiera.” Pese a su autor, Pérez Reverte.
83.  Las dedicatorias.
84.  Que sea tan divertido atar cables (e incluso pelarlos). Tanto como la épica en una pantalla de chat.
85.  Los artículos densos, interminables y brillantes de Jot Down. Como este.
86.  Thomas Bernhard.
87.  La luz de mi pequeño Versailles.
88.  Que, de haberlos podido elegir, no me hubiera podido salir mejor. Porque es que es imposible.
89.  Las locuras nivel Man on wire.
90.  Haber preferido ser la amante durante una época larga e inconsciente que sospecho que no olvidaré.
91.  La insoportable sensibilidad de las canciones tristes.
92.  La forma en que me cuida, en que lo ha hecho siempre.
93.  Las sábanas planchadas de los hoteles.
94.  Que las cosas, al final, caigan por su propio peso.
95.  Que un día, al cumplir 18, me desearan todo esto, aunque el vídeo se acabara perdiendo.
96.  Que salgan adelante proyectos como Orsai o Blackie Books.
97.  Todos los bares que aún nos faltan por descubrir.
98.  La nobleza como cualidad imprescindible.
99.  La memoria.
100. Los famosos puntos suspensivos.  

jueves, 12 de febrero de 2015

Algunas cosas que sí han cambiado.

Me siento a veces en sus rodillas, y entonces hablamos bajito. En el momento no; pero luego, vista desde fuera, la imagen provoca en mí algo peligrosamente parecido a la ternura. En mí, digo; con lo que una ha sido.

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Recuerdo tener 20 años y aguantar 16 horas seguidas trabajando como si nada. ¿Hasta las 3 de la mañana? Dale. ¿Y al salir unas cervezas? Venga. He visto a héroes en Troya flaquear más que yo en aquella época. Jamás –pero jamás- estaba cansada. Las resacas me duraban diez minutos, tirando largo. Ahora, tratando de mantener la misma actitud (esa de meterle mano a la vida y no parar hasta caer rendida, etcétera) me doy cuenta de que esa plenitud hace rato que se fue. Ahora, si paso demasiadas horas delante del ordenador se me cansa la vista y me medio mareo. La primera cerveza ya no me recompone, dejándome nueva y perfectamente lista para la próxima jarana. Mi dolor de espalda, a ratos, roza el nivel catástrofe natural -alerta roja. Cuando llevo días bajo presión, puedo sentir mi cerebro estrujándose como una bayeta amarilla. En fin, todo un desastre. Y claro, no tengo palabras para expresar cuánto llego a echar de menos a la tipa indestructible que un día fui.

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También echo de menos esa forma de ir a conciertos. Entrar a la sala y pedir una copa que, de puro milagro, se multiplicaba. Canturrear, bailar, sentir el amor absolutamente amplificado, descubrir a los mejores teloneros ever, suplicar los bises, saltar, abrazarnos. Ese tipo de estado, ese tipo de cosas. Salir a cenar después, claro, con los garitos ya cerrando y coger un taxi hechos polvo pero eufóricos, como si hubiésemos salido a cantar nosotros. Haciendo de cada directo una final de la Champions. Jugándola de la única manera posible, como si fuéramos a colgar las botas a final de temporada. El final de temporada, por supuesto, terminó llegando. Lo que decía: ese tipo de estado, ese tipo de cosas.

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A pesar de todo, la vida me está enseñando (a menudo a hostias) que crecer no siempre implica crecer, y yo sé lo que me digo. Que puedes tener 60 tacos y volver a dar un triple salto mortal, con el alma tendida a la intemperie, a merced de todo tipo de argumentos hollywoodienses –o de telenovelas sudamericanas heavy metal. Con 60 o con 85, que se dice pronto. Para mi perplejidad, porque yo antes creía que esto era una cosa de adolescentes, que a mi edad uno no se embarrancaba o si lo hacía era estando en las últimas. Ja. Ja y ja. Que básicamente es todo lo que puedo decir al respecto.

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Sobrevuelan, como siempre, las canciones. Balbucean, famélicas, recién levantadas.

lunes, 2 de febrero de 2015

No claudicar.

Historias que impresionan más allá de lo que podías suponer. Que, literalmente, te atraviesan. Porque las vivió alguien muy cercano. Por estar tan terroríficamente basadas en hechos reales. Y por la forma de contarlas, tan en serio y tan en crudo, también.

Luego el vértigo. Que lo que habías dado por bueno durante años torne un inmenso espejismo. Que las certezas decidan desmoronarse sin preaviso, en mitad de un silencio atronador.

Que al otro lado haya, básicamente, piel.

Vivir la revelación de la única forma posible: desde el más puro estremecimiento. Lidiar con una nueva clase de abandono. Y redescubrir esa sensación, tan difícil de expresar con palabras, que se parece a la necesidad imperiosa de estar precisamente donde estás. Saliéndote, al mismo tiempo, de ti mismo.

No una: sino otra y otra y otra y otra vez.

Ver –verlo más que nunca- que hay que construir a partir de ahí or nothing. Habiendo calibrado el valor exacto de ese nothing. Y bueno, respirar hondo. Reconstruir las bases. Olvidando recontar los daños. Que del revés sea cualquier día el lado bueno. Saltar al campo de nuevo y hacerlo con el corazón latiendo a muerte. No volver a perder una batalla. Ni otra maldita noche. Haber decidido, esperando el siguiente gin tonic -más vale tarde que nunca-, que el único plan es no cejar.

La única misión, no claudicar.

jueves, 22 de enero de 2015

Hay que escribir.

Hay que escribir. Sobre el frío polar que invade esta ciudad, por más mediterráneos que seamos, o sobre el documental que nos ha metido el miedo en el cuerpo estos últimos días. Hay que escribir, en fin, sobre cosas como el frío y como el miedo, que calan tan profundo hasta los huesos. También sobre las que calaron un día y aún ahora, a ratos, regresan (y felices cuarenta, puretilla). Hay que escribir sobre la remota posibilidad de que todo salga bien o que nos reviente en las manos cualquier día. Hay que escribir sobre el corazón estallando por cualquiera de los dos motivos, desbocado y malherido. Hay que escribir sobre los libros que hablan con dulzura del apocalipsis y sobre los apocalipsis momentáneos que vivimos y que lo detienen todo; alejándonos tan a años luz aun estando justo al lado. Hay que escribir sobre las maratones de caricias que nos hacen estremecer después de tanto tiempo insensibles, diminutos dejà vus de lo que un día fuimos, de lo que sentimos. Hay que escribir sobre las mañanas cualquiera, los encuentros casuales, los alegatos espontáneo-etílicos. Sobre los minutos fugaces en que todo parece estar en su sitio. Sobre que tú, en esos instantes, y solo por el hecho de andar ahí, le des más sentido a todo. Hay que escribir sobre esa misma sensación cuando se marcha. Sobre adelantar acontecimientos y quedarse helado de terror de lo que somos capaces de pensar. Hay que escribir sobre ella, y también sobre lo pequeño que es el olvido frente a la inmensidad de un solo recuerdo tatuado. Sobre el vacío, el vértigo y la nostalgia; para intentar que sean un poco menos vacío, menos vértigo y menos nostalgia. Hay que escribir cartas de desamor, canciones, ripios asesinos por salerosos. Hay que escribir mensajes ínfimos como colosos. Hay que escribir muriendo pero también matando; riendo, ergo sollozando. Hay que escribir como quien susurra al oído -que sí, que tenías razón y estamos perdidos.

miércoles, 7 de enero de 2015

Año nuevo.

El anterior empezó por la puerta grande, y eso que nadie tenía ni puta idea de cómo de enormes iban a ser las siguientes. Recuerdo esa noche de Reyes medio dulce y medio triste, marcada por los chuts que iban fuera, sí, pero rozando la mismita escuadra. También hubo un par de fiestones en modo hachazo y muchas noches de frío polar y algún que otro impacto de meteorito milenario. En febrero leía a Leila e intentaba –con mayor o menor éxito- no tirarme de los pelos, mientras cogía un tren en dirección al sur para traerme de vuelta una resaca antológica y lapidaria, de esas de poner encima de la tele, de recuerdo. Marzo fue la vuelta de Nacho y también Granada, con sus reencuentros animales y su Sacromonte tan hermoso como nunca, ahí abrevándonos el alma. Para abril no tengo palabras, porque fue directamente imposible: una de las locuras más bonitas y también más rematadamente difíciles que conozco. A fuego –pero muy a fuego- es poco. En mayo la ciudad se llenaba de música mientras nosotros bailábamos entre catástrofes naturales y otros despropósitos, como aludes de campañas o enormes tragedias griegas. Junio trajo algo de luz: quizás para que nos dieran las diez y las once y las doce y la una y las dos en una tremenda previa a un precioso solsticio de verano. Conducir a Cadaqués temblando y ponerse las cangrejeras fue todo uno. Julio llegó radiante, como siempre, y hubo que cumplir 30 y hacerlo con seriedad, así que durante un fin de semana, el de las noches perdidas, todo estuvo bien y nada importó nada. A agosto lo salvamos de un épico naufragio en zodiac y de una carretera infernal a base de escalas técnicas y diez millones de mensajitos, litros de limoncello mediante. De septiembre recuerdo a un bichejo, y también estar bailando (bailando) con el corazón prácticamente roto en un pueblito perdido entre mil montañas. Octubre fue complicado, porque trajo consigo el otoño, pero a noviembre lo recibimos en Madrid, que es el lugar perfecto para huir o para enterrar cualquier cosa a base de litros y litros de cerveza de la buena. Y diciembre, en fin, siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, pero fue más lindo de lo que esperaba y escuché llorar a Sabina y lo terminamos juntos en uno de los retiros espirituales más macarras y más bucólicos nunca vistos. Y de pronto ayer; una nueva noche de Reyes, una nueva mezcla de dulzura y tristeza. Me di cuenta de que solo ha pasado un añito, pero que ha llovido mucho y más que bien. Y de que a pesar de todo seguimos vivos, haciendo el pececito como idiotas, y eso sólo puede ser obra de la mismísima gravedad o de un asombroso milagro. Todo es según se mire.