Por eso sabes bien lo
que es quedarte callada, muda, incapaz de pronunciar una palabra. Para no hacer
de las frases minas antipersona, pero también para no pedir más de la cuenta y para
ver si con algo de dulzura y bastante más paciencia esa desazón horrible
quiere desaparecer y dejarte en paz de una vez por todas.
Conoces la sensación.
Te recuerdas a ti misma
en su casa, con él por ahí al lado trasteando, y tú tan
absolutamente triste (y mira que le querías) que llegabas a quedarte
paralizada. Y te miraba preocupado y tenías que hacer esfuerzos sobrehumanos
para lograr sonreírle. Luego os metíais en la cama y tú, en vez de
dormir sobre un colchón, lo hacías -tarde y mal- en un maldito mar de dudas.
Vaya si la conoces.
Es más: sabes
perfectamente que en el momento exacto en que cruces la puerta para irte (eso que llevas
tanto rato necesitando hacer) te vas a morir de pena. Porque es tu monstruo, ha
estado contigo siempre, y ellos rara vez lo han merecido. Pero así va: por más
que lo intentes matar el muy cabrón siempre vuelve y la historia, nietzcheana,
se repite.
Es así, y siempre lo fue.
Estabais en Cadaqués,
era San Juan y podría haber sido perfecto. Granada ahí, como un sueño, solo un
par meses antes. El barco que era una fiesta y él metido en el agua por primera
vez en años solo porque tú nadabas al lado. Pero ni por esas. Ahí estabas tú toda
esquiva e intratable, y lo que es peor: incapaz de dilucidar por qué. Todavía no
has llegado a perdonártelo.
Lo has vivido antes.
Precisamente por eso te lo repites. Que tu autoexigencia atroz solo debería valer contigo. Que
nada es nunca tan grave y que al final, por duro que sea, la bestia siempre se
marcha. Que su manera de hacer las cosas también vale y que, si hay algo en ti
que boicotea lo que sientes, tú tienes que ser aún más firme. Que tu manera inconsciente de
ponerte a prueba puede ser despiadada, implacable; pero también es la mayor razón para que
tú lo seas todavía más.
La maldita historia de tu vida.
Cómo ibas a afrontarla
si no era por escrito.
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