Hoy soñé que estaba en
Madrid. Con la desubicación de los primeros días y a la vez con toda la ciudad
–inmensa, inabarcable- por delante. Sintiéndome sola, por primera vez
desarropada de todo el arsenal de gente que siempre había tenido al lado, pero
de algún modo también libre. Había soltado mi vida anterior, dejado mi casa
anterior, me había alejado de mi familia.
Así que ahí estaba yo: inquieta,
muerta de miedo y libre.
Hoy, que han pasado
muchos años, pienso que es posible que la libertad comporte eso: cierta
inquietud un poco puta.
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Pero entonces era 2005,
tenía a tres personas a las que ni siquiera podía llamar amigos y todo el tiempo
del mundo. Tenía todo el tiempo del mundo y también todas las calles del mundo
y todos los libros del mundo y todos los bares del mundo y todas las personas
del mundo. Aun así, al principio llamaba a mi madre y le lloraba, porque no
estaba acostumbrada a estar sola, sin nada que hacer, y las horas apenas
pasaban, los días apenas corrían. Y yo, que nunca fui un prodigio de paciencia,
lo llevaba de la única manera que lo podía llevar, o sea: mal.
Incluso tentada de abandonar, a ratos.
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Así que lo primero que me
enseñó Madrid fue que en situaciones como esa lo único que vale es mantener la
calma. Cuando no tienes nada o a nadie (o casi nada y a casi nadie), solo
puedes confiar en el tiempo.
Me enseñó que en dos
semanas no te adaptas a una situación –ojalá pudieras-, que más bien la vives con
una desesperación y un espanto bastante importantes. Que precisamente por eso
hay que aguantar un pelín, por si llega la tarde en que, milagro, descubres que
estás a gusto y que por primera vez no te irías corriendo a tu casa.
Casi siempre -aunque entonces no lo veas- esa tarde llega.
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Por supuesto, el milagro
terminó por ocurrir y todo lo nuevo y lo desconocido empezó a desbordarme cada
vez menos. Y una noche esos gitanitos tan guapos cantaron para mí en Tirso y no
pude por menos que sonreírles mucho, ante el cachondeo de la gente que pasaba
por la calle y se percataba de la escena. Y fui no una, sino mil veces a la
filmo, y alguna de esas películas me reconciliaba con ese desamparo mío y esa
noche, por una vez, dormía algo más tranquila. Es posible que aún le lloriqueara a mi madre,
pero le lloriqueaba cada vez menos.
Y vinieron Tamara y
Miquel, y descubrí un par de cafés animales y tres o cuatro librerías y vi
mucho Woody Allen y leí bastante a Lorca. Y algún sábado al mediodía me veía en
El Corte Inglés comprando para una nueva fideuá con Nacho y Marta y más de un
sábado por la noche salía del garito de turno sin saber dónde cojones estaba –
benditos taxis. Y en estas aparecía Mónica, quedaba con JL, hablaba de teatro
con Manuel. Iba a las clases de crítica literaria de Antonio, me largaba de
viaje, recibía visitas inhumanas. Una noche nevó, y fue preciosa. Y otra conocí a David.
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Pasaron las semanas y
poco a poco, y contra cualquiera de mis pronósticos iniciales, empecé a sentir
que estaba donde quería estar. Seguro que hubo más de un rato de nostalgia o
algún momento en que la tentación fue volver a casa, pero Madrid casi siempre
se ocupó de demostrarme que el voto de confianza había valido la pena.
Tanto –tantísimo- que el
día que tocó volver ya no quería.
Que aun hoy la idea de la ciudad, de algunas
calles, logra estremecerme por sí sola. Que –lo he escrito muchas, muchas
veces- la luz al llegar la primavera no puede compararse con nada de lo que yo haya
visto después.
En fin: me había calado hasta los huesos.
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Pero hoy soñé que estaba
al principio de Madrid: desubicada, con mucho por delante y casi
siempre sola.
Como tantas otras veces.
Por suerte, sé cómo acabó la historia. Cómo acaba la mayoría de las veces.
Y ha sido reconfortante saberlo.
Y ha sido reconfortante saberlo.
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