miércoles, 4 de marzo de 2015

Aunque lo sea.

Y algo que lees te quita un peso enorme de encima, como un elefante de encima. Porque no estás sola (mentira, lo estás; todos lo estamos siempre -todos, siempre), o al menos no estás sola en lo que sientes, en como te sientes, en el vacío inconmensurable que llevas dentro de ti algunos días, incluso sin un motivo aparente, cuando todo se desmorona, y ese romperse sin causa tampoco tiene, como era de esperar, ningún remedio feliz, ni siquiera oportuno o paliativo, ni mucho menos milagroso.

Y eso que lees no borra el sentimiento, ni la desesperanza, pero sí supone un alivio mínimo, porque las palabras de otro son capaces de explicar lo que ocurre, no de matarlo, pero sí de darle forma en una construcción sencilla, precisa, apenas 20 o 25 líneas, con su ritmo, su musicalidad y su gramática, estructuras férreas y perfectas para un estado de ánimo imposible, inasible, abstracto en su gélida y dolorosa levedad, anclada sin embargo tan profundo.a﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ un estado de usicalidad y su gramucho mejor lo que ocurre que lo izas, y ese romperse sin causa tampoco tiene, socorr

Y eso que está escrito por otro explica lo inexplicable, eso que solo sospechabas: que nada es la panacea, ni tampoco lo es nadie, que por mucho que quieras y te quieran y te vayan a querer, por mucho que eso casi siempre te haga esbozar una sonrisa, eso no va a salvarte, porque esa misión es tuya y solo tuya y también la encargada de hacerte sacar las garras, y las mandíbulas fuertes de apretarlas tanto (y tanto tiempo), y también de hacer aparecer tu temple, y tu capacidad para entenderte, y contigo al mundo, porque nadie, y ya te pueden querer, tiene el poder de quitarte esa tarea de encima de la mesa, que es tan tuya y solo tuya.i﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ienes que sacar tus garras, y tus mandga esbozar una sonrisa, eso no va a salvarte, porque esa misie quieran y te vaya

Y esa columnita arroja luz para que veas que aunque tú también tuviste mechones y parques y aunque a menudo tengas cervezas y caricias y mensajes dulces y la espalda y las tardes de domingo atrincherados, eso no tiene por qué constituir necesariamente una garantía de que algo vaya a sostenerse permanentemente en ti, por mucho que lo adores y que te esté cambiando un poco y que te haga exponerte y temblar y ser, al final, algo más sensible y más valiente.

Y así es como hoy, algo que no lograste escribir tú va y te da la clave para comprender qué humano, qué frágil, qué delicado y qué serio es esto de tener que enfrentarte al monstruo despiadado que de vez en cuando se instala, como el frío o como el miedo, en algún lugar dentro de ti. Y no solo te reconcilia un poco con él sino que también te permite respirar mínimamente y todavía más: te recuerda que leyendo, siempre leyendo, nada es nunca -nada, nunca- tan cruel ni tan insalvable ni tan doloroso como para que no lo puedas afrontar ni tan único en ti ni tan grave ni tan amargo, aunque lo sea. Aunque lo sea.

miércoles, 25 de febrero de 2015

100 razones por las que vivir.

Viene de aquí y a su vez de aquí. Benditos sean.

1.    Los domingos por la mañana con todos, después del Primavera, apurando la última cerveza hasta las 11 de la mañana. Por lo menos.
2.    Eva tomando el sol, Peor para el sol y Juegos de azar. O las 3, una detrás de otra.
3.    El Huerto de Juan Ranas, en Granada.
4.    Que la lírica y el apocalipsis anden tan cerca, como bien demuestran La carretera y La constelación del perro.
5.    Haber olvidado qué pasó aquella noche en Las Vegas.
6.    El famoso 5-4 contra el Atleti.
7.    Haber cumplido 30 años. Y no de cualquier manera.
8.    El primer concierto de Nacho Vegas en la Bikini, allá por el pleistoceno.
9.    La música en directo en general.
10.  And all I loved, I loved alone (Edgar Allan Poe).
11.  Madrid. Enterita.
12.  Todo lo que escribe Enric González.
13.  La idea de que un jueves cualquiera, lloviendo a cántaros, pueda cambiarlo tanto todo.
14.  Los berberechos.
15.  Llegar a aprender, algún día, que pase lo que pase nunca pasa nada.
16.  La voz, y las letras, de san Leonard Cohen.
17.  Las puestas de sol en Siracusa, Sicilia, completamente borrachos.
18.  La cerveza, el bourbon, el bloody mary. No necesariamente en ese orden.
19.  Las cartas. Especialmente cuando van dirigidas a ti. Especialmente cuando tienes 8 años.
20.  El ala oeste de la casa blanca. Y la inteligencia fuera de control de Josh, el personaje interpretado por Bradley Whitford.
21.  Haber crecido sumando matrículas.
22.  Las noches en que pinchan ellos dos y no podemos por más que bailarles.
23.  Que cuando vayan mal dadas, siempre quede la opción de escribir y que con ella al fin respires.
24.  El Bar Leo.
25.  Ese momento en que se apagan las luces del cine.
26.  Por aquello de repetirse: conducir, a poder ser cantando a pulmón las canciones de un disco que un día llamaste 'Smile Gan'.
28.  Las croquetas, aunque no todas.
29.  El viento que sopla demasiado fuerte, con todo lo que conlleva.
30.  Que ella sobreviviera a esa juventud atroz y que la hiciera tan seria y tan fuerte.
31.  La palabra ‘imperturbabilidad’ y esa canción que la contiene.
32.  Dormir del tirón, ni que sea por casualidad y una vez al año.
33.  El barrio de Cimadevilla, en Gijón. Y ya que estamos, la playa de San Lorenzo.
34.  Que el oficio que detestas te dé, una vez cada mil años, una pequeña alegría.
35.  El momento de salir de la ciudad en coche. A cualquier otra parte.
36.  Las orquestas de pueblo en San Juan.
37.  Los calçots, muy a lo loco. Cuanto más mejor.
38.  Esta foto.
39.  Lionel –inmensi¡o hombre perro- Messi.
40.  Algunas (muy pocas) americanas negras.
41.  Todas las noches que se me fueron de las manos.
42.  La incondicionalidad, y esta vez no como palabra.
43.  El mar.
44.  La sonrisa de Michael Fassbender.
45.  Haber mordido el polvo alguna vez y haber vuelto a morir de la risa.
46.  La sensibilidad y la clarividencia y la elegancia de Joan Didion.
47.  Que me apetezcan tanto Islandia, Nueva York y Formentera.
48.  Sasha Djordjevic entonces.
49.  L’Empordà, porque cada uno tiene su Norteña.
50.  Seguir haciendo el pececito muy a menudo.
51.  Las mañanas de Reyes en casa.
52.  Que una vez cada veinte años, y sin que sirva de precedente, nos veamos y no acabemos a gritos.
53.  La forma de pensar y de escribir de Leila Guerriero.
54.  Los pingüinos.
55.  Que siempre se pueda elegir, y que la mayoría de veces haya una opción bonita.
56.  El tabaco.
57.  La palabra ‘señardá’. Y el concepto. Y también esto.
58.  Las mañanas de sábado en que salimos de la cama a la 1, y solo porque existen las cañas. Si no de qué.
59.  La bodegueta –esto… y la tortilla de la bodegueta.
60.  El día de Sant Jordi. (Y sí, lagrimita.)
61.  Croacia, pese a la rakia y gracias a la rakia.
62.  Los e-mails cargados de explosivos.
63.  Los erizos, y también según Cernuda.
64.  El momento en que un crío empieza a leer.
65.  Que a veces sobren, los motivos.
66.  Las llamadas que por fin llegan.
67.  El Cristina, en Castelldefels, y La Palmera, y el italiano bonito de la otra noche (también bonita).
68.  El Discurso de Eva.
69.  Haber aprendido a tejer en una sobremesa etílica y que me acabara gustando.
70.  Los áticos.
71.  El Cock y el Tony 2 (imposible elegir uno).
72.  Salir de trabajar a las 3 de la tarde en julio.
73.  El mes de julio en general.
74.  Los versos “A tus atardeceres rojos / se acostumbraron mis ojos / como el recodo al camino”.
75.  Los 4 de enero.
76.  Las casas llenas de libros. A rebosar de libros. Cuanto más obscenamente repletas mejor.
77.  Terapia Films, aunque últimamente nos esté dando menos alegrías.
78.  Las resacas muertos de risa, que las hay.
79.  Cuando, ni que sea de milagro, todas las piezas encajan.
80.  Dejarse llevar. Sí, en especial en la cama.
81.  Bad influence. Y lo que significó las dos veces.
82.  Ellos. “Hablo de hombres de verdad: masculinos, educados, correctos en el vestir, silenciosos cuando la prudencia o la situación lo requerían; torpes, tímidos a veces, pero fiables como rocas, o pareciéndolo. Aunque te miraran el culo. Hombres con reputación de tales, que te hacían temblar las piernas con una mirada o una sonrisa. Señores a los que, como tú sueles decir, era posible llamar de ese modo sin tener que aguantarse las carcajadas; a diferencia de ahora, que en los rótulos de las puertas de los servicios llaman caballero a cualquiera.” Pese a su autor, Pérez Reverte.
83.  Las dedicatorias.
84.  Que sea tan divertido atar cables (e incluso pelarlos). Tanto como la épica en una pantalla de chat.
85.  Los artículos densos, interminables y brillantes de Jot Down. Como este.
86.  Thomas Bernhard.
87.  La luz de mi pequeño Versailles.
88.  Que, de haberlos podido elegir, no me hubiera podido salir mejor. Porque es que es imposible.
89.  Las locuras nivel Man on wire.
90.  Haber preferido ser la amante durante una época larga e inconsciente que sospecho que no olvidaré.
91.  La insoportable sensibilidad de las canciones tristes.
92.  La forma en que me cuida, en que lo ha hecho siempre.
93.  Las sábanas planchadas de los hoteles.
94.  Que las cosas, al final, caigan por su propio peso.
95.  Que un día, al cumplir 18, me desearan todo esto, aunque el vídeo se acabara perdiendo.
96.  Que salgan adelante proyectos como Orsai o Blackie Books.
97.  Todos los bares que aún nos faltan por descubrir.
98.  La nobleza como cualidad imprescindible.
99.  La memoria.
100. Los famosos puntos suspensivos.  

jueves, 12 de febrero de 2015

Algunas cosas que sí han cambiado.

Me siento a veces en sus rodillas, y entonces hablamos bajito. En el momento no; pero luego, vista desde fuera, la imagen provoca en mí algo peligrosamente parecido a la ternura. En mí, digo; con lo que una ha sido.

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Recuerdo tener 20 años y aguantar 16 horas seguidas trabajando como si nada. ¿Hasta las 3 de la mañana? Dale. ¿Y al salir unas cervezas? Venga. He visto a héroes en Troya flaquear más que yo en aquella época. Jamás –pero jamás- estaba cansada. Las resacas me duraban diez minutos, tirando largo. Ahora, tratando de mantener la misma actitud (esa de meterle mano a la vida y no parar hasta caer rendida, etcétera) me doy cuenta de que esa plenitud hace rato que se fue. Ahora, si paso demasiadas horas delante del ordenador se me cansa la vista y me medio mareo. La primera cerveza ya no me recompone, dejándome nueva y perfectamente lista para la próxima jarana. Mi dolor de espalda, a ratos, roza el nivel catástrofe natural -alerta roja. Cuando llevo días bajo presión, puedo sentir mi cerebro estrujándose como una bayeta amarilla. En fin, todo un desastre. Y claro, no tengo palabras para expresar cuánto llego a echar de menos a la tipa indestructible que un día fui.

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También echo de menos esa forma de ir a conciertos. Entrar a la sala y pedir una copa que, de puro milagro, se multiplicaba. Canturrear, bailar, sentir el amor absolutamente amplificado, descubrir a los mejores teloneros ever, suplicar los bises, saltar, abrazarnos. Ese tipo de estado, ese tipo de cosas. Salir a cenar después, claro, con los garitos ya cerrando y coger un taxi hechos polvo pero eufóricos, como si hubiésemos salido a cantar nosotros. Haciendo de cada directo una final de la Champions. Jugándola de la única manera posible, como si fuéramos a colgar las botas a final de temporada. El final de temporada, por supuesto, terminó llegando. Lo que decía: ese tipo de estado, ese tipo de cosas.

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A pesar de todo, la vida me está enseñando (a menudo a hostias) que crecer no siempre implica crecer, y yo sé lo que me digo. Que puedes tener 60 tacos y volver a dar un triple salto mortal, con el alma tendida a la intemperie, a merced de todo tipo de argumentos hollywoodienses –o de telenovelas sudamericanas heavy metal. Con 60 o con 85, que se dice pronto. Para mi perplejidad, porque yo antes creía que esto era una cosa de adolescentes, que a mi edad uno no se embarrancaba o si lo hacía era estando en las últimas. Ja. Ja y ja. Que básicamente es todo lo que puedo decir al respecto.

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Sobrevuelan, como siempre, las canciones. Balbucean, famélicas, recién levantadas.

lunes, 2 de febrero de 2015

No claudicar.

Historias que impresionan más allá de lo que podías suponer. Que, literalmente, te atraviesan. Porque las vivió alguien muy cercano. Por estar tan terroríficamente basadas en hechos reales. Y por la forma de contarlas, tan en serio y tan en crudo, también.

Luego el vértigo. Que lo que habías dado por bueno durante años torne un inmenso espejismo. Que las certezas decidan desmoronarse sin preaviso, en mitad de un silencio atronador.

Que al otro lado haya, básicamente, piel.

Vivir la revelación de la única forma posible: desde el más puro estremecimiento. Lidiar con una nueva clase de abandono. Y redescubrir esa sensación, tan difícil de expresar con palabras, que se parece a la necesidad imperiosa de estar precisamente donde estás. Saliéndote, al mismo tiempo, de ti mismo.

No una: sino otra y otra y otra y otra vez.

Ver –verlo más que nunca- que hay que construir a partir de ahí or nothing. Habiendo calibrado el valor exacto de ese nothing. Y bueno, respirar hondo. Reconstruir las bases. Olvidando recontar los daños. Que del revés sea cualquier día el lado bueno. Saltar al campo de nuevo y hacerlo con el corazón latiendo a muerte. No volver a perder una batalla. Ni otra maldita noche. Haber decidido, esperando el siguiente gin tonic -más vale tarde que nunca-, que el único plan es no cejar.

La única misión, no claudicar.

jueves, 22 de enero de 2015

Hay que escribir.

Hay que escribir. Sobre el frío polar que invade esta ciudad, por más mediterráneos que seamos, o sobre el documental que nos ha metido el miedo en el cuerpo estos últimos días. Hay que escribir, en fin, sobre cosas como el frío y como el miedo, que calan tan profundo hasta los huesos. También sobre las que calaron un día y aún ahora, a ratos, regresan (y felices cuarenta, puretilla). Hay que escribir sobre la remota posibilidad de que todo salga bien o que nos reviente en las manos cualquier día. Hay que escribir sobre el corazón estallando por cualquiera de los dos motivos, desbocado y malherido. Hay que escribir sobre los libros que hablan con dulzura del apocalipsis y sobre los apocalipsis momentáneos que vivimos y que lo detienen todo; alejándonos tan a años luz aun estando justo al lado. Hay que escribir sobre las maratones de caricias que nos hacen estremecer después de tanto tiempo insensibles, diminutos dejà vus de lo que un día fuimos, de lo que sentimos. Hay que escribir sobre las mañanas cualquiera, los encuentros casuales, los alegatos espontáneo-etílicos. Sobre los minutos fugaces en que todo parece estar en su sitio. Sobre que tú, en esos instantes, y solo por el hecho de andar ahí, le des más sentido a todo. Hay que escribir sobre esa misma sensación cuando se marcha. Sobre adelantar acontecimientos y quedarse helado de terror de lo que somos capaces de pensar. Hay que escribir sobre ella, y también sobre lo pequeño que es el olvido frente a la inmensidad de un solo recuerdo tatuado. Sobre el vacío, el vértigo y la nostalgia; para intentar que sean un poco menos vacío, menos vértigo y menos nostalgia. Hay que escribir cartas de desamor, canciones, ripios asesinos por salerosos. Hay que escribir mensajes ínfimos como colosos. Hay que escribir muriendo pero también matando; riendo, ergo sollozando. Hay que escribir como quien susurra al oído -que sí, que tenías razón y estamos perdidos.

miércoles, 7 de enero de 2015

Año nuevo.

El anterior empezó por la puerta grande, y eso que nadie tenía ni puta idea de cómo de enormes iban a ser las siguientes. Recuerdo esa noche de Reyes medio dulce y medio triste, marcada por los chuts que iban fuera, sí, pero rozando la mismita escuadra. También hubo un par de fiestones en modo hachazo y muchas noches de frío polar y algún que otro impacto de meteorito milenario. En febrero leía a Leila e intentaba –con mayor o menor éxito- no tirarme de los pelos, mientras cogía un tren en dirección al sur para traerme de vuelta una resaca antológica y lapidaria, de esas de poner encima de la tele, de recuerdo. Marzo fue la vuelta de Nacho y también Granada, con sus reencuentros animales y su Sacromonte tan hermoso como nunca, ahí abrevándonos el alma. Para abril no tengo palabras, porque fue directamente imposible: una de las locuras más bonitas y también más rematadamente difíciles que conozco. A fuego –pero muy a fuego- es poco. En mayo la ciudad se llenaba de música mientras nosotros bailábamos entre catástrofes naturales y otros despropósitos, como aludes de campañas o enormes tragedias griegas. Junio trajo algo de luz: quizás para que nos dieran las diez y las once y las doce y la una y las dos en una tremenda previa a un precioso solsticio de verano. Conducir a Cadaqués temblando y ponerse las cangrejeras fue todo uno. Julio llegó radiante, como siempre, y hubo que cumplir 30 y hacerlo con seriedad, así que durante un fin de semana, el de las noches perdidas, todo estuvo bien y nada importó nada. A agosto lo salvamos de un épico naufragio en zodiac y de una carretera infernal a base de escalas técnicas y diez millones de mensajitos, litros de limoncello mediante. De septiembre recuerdo a un bichejo, y también estar bailando (bailando) con el corazón prácticamente roto en un pueblito perdido entre mil montañas. Octubre fue complicado, porque trajo consigo el otoño, pero a noviembre lo recibimos en Madrid, que es el lugar perfecto para huir o para enterrar cualquier cosa a base de litros y litros de cerveza de la buena. Y diciembre, en fin, siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, pero fue más lindo de lo que esperaba y escuché llorar a Sabina y lo terminamos juntos en uno de los retiros espirituales más macarras y más bucólicos nunca vistos. Y de pronto ayer; una nueva noche de Reyes, una nueva mezcla de dulzura y tristeza. Me di cuenta de que solo ha pasado un añito, pero que ha llovido mucho y más que bien. Y de que a pesar de todo seguimos vivos, haciendo el pececito como idiotas, y eso sólo puede ser obra de la mismísima gravedad o de un asombroso milagro. Todo es según se mire.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Esto es lo que hay.

Esto es lo que hay y esto es lo que debes saber.

Que me asaltan los momentos,
de repente y a traición.
Que desatan en mí punzadas de orgullo.
Que a la vez me rompen,
en inmensos fogonazos,
el mismo corazón.
Ese que un día hiciste tuyo.
Que luego reconstruí a pedazos
a lo largo de mil madrugadas
a base de sangre, sudor y tabaco.

Esto es lo que hay y esto es lo que voy a temer.

Que claro que no se me olvida
y tampoco sé dejarlo ir.
Me refiero al descontrol,
al cepillo de dientes aquél,
al triple salto mortal
tan contigo y tan sin ti.
Siempre en pie y tan derruida.
Capeando el vértigo así,
jugando a ser un orfebre
en mitad de una enorme estampida.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Cómo contarte.

A ver cómo te cuento yo ahora que, con todo lo que di la vara de pequeña, ahí sentada a tu lado en el coche, ahora me encantan José Alfredo y Battiato. A ver qué hago para que sepas que las olas de San Lorenzo, de alguna forma, también viven un poco en mí. Que cuando me veo a mí misma en un coche huyendo siempre es hacia el norte, y que alrededor siempre hay vaques, puertos diminutos y baretos peligrosamente parecidos a los de –al lugar donde has sido feliz sí debieras tratar de volver- Cimadevilla.

A ver qué hago yo para explicarte que mis grandes dispendios siguen siendo en librerías porque tú me lo enseñaste y que ya no me caes mal por sentarte a la mesa con una novela, sino que ahora más bien te envidio. Qué hago para que sepas que mi educación sentimental fueron esos cinco adjetivos inspirados y posesivos con los que sigo lidiando ahora, aunque a ratos me cueste tanto verme en ellos.

Cómo hago para contarte que ya no te guardo rencor por perderme a propósito en Eurodisney, para ver cómo me espabilaba –maldito, solo tenía siete años- mientras tú me observabas a una prudencial distancia. Que lo de las matrículas me ha hecho como soy, y parecerá una tontería pero yo no puedo estar más convencida. Que las cartulinas rojas y blancas están cerca de ser lo mejor que me ha pasado en la vida.

Cómo te digo que con el tiempo llegué a saber lo poco importante que era caerse si sabías levantarte de inmediato, que la clave estaba en mirar al cielo remando hacia la orilla y que cuantos menos lobos siempre es mejor, por mucho que haya crecido y ya no sea Caperucita.

Cómo te hago entender que yo también me hubiera inventado a Tritón y a Tritonita y que ahora pillo por qué y cómo huías. Que si hay algo fundamental es el apoyo, porque en un momento crítico nada tiene el mismo valor, eso que es casi opuesto al precio. Cómo te agradezco tanto tiempo después que me llevaras a ver a Sabina a hombros y que vivieras como si no te tuviera que juzgar, para que precisamente haya acabado por no juzgarte.

A ver cómo te cuento que, con todo lo que llegué a palmar, ahora te entiendo.

martes, 25 de noviembre de 2014

Barcelona, a 25 de novembre.

És escoltar el Soldadet i veure’t la cara. O La tortura, tot i que sigui poc ortodox fer-ho públic ara i així (és que no tinc vergonya). En realitat el que veig ara mateix és una cua infinita de campanyes d’aquestes que a tu t’agraden tan poquet i per les que em criticaries una mica. I tan infinita és la cua que en comptes d’enfrontar-m’hi faig el que faries tu i, en un acte d’irresponsabilitat mig terapèutica, em poso a escriure’t.

Alguna estona busco Kathmandú al Google imatges i veig on pares. Dic que ho veig, però la veritat és que no ho assimilo: necessitaré que apareguis –tard o d’hora ho faràs- a explicar-me com és tot allò. Sense pressa i sense pausa, al ritme aquest que sempre ha estat tan teu i que ja és una mica el teu estil inconfusible (he hagut de buscar com era en català, t’ho pots creure? Aquest estat teu serà de savis absoluts o no serà, això està clar).

Deia que hauràs de donar el millor de tu per fer-nos entendre com és la teva vida allà. Tu, sempre atent a aquesta mena de perspectiva obliqua, poc convencional, que tenen les coses. Que tu -again- fas tan teva, omplint-la de sentit, i amb què aconsegueixes transmetre el que penses, el que necessites dir. Aquest cop hauràs d’esforçar-t’hi, de rebregar molt els subjectes i els predicats. Sé que no et costarà gaire.

De vegades, quan em poso nerviosa, penso en tu i em dic: ‘respira’. I m’esforço en veure tot plegat com ho veuries tu, recordant (perquè me la sé de memòria) la cadència amb què parles quan tot és un cristo i tu ens calmes. No està malament, penso de vegades, viure en aquesta mescla de tragèdia grega i estoïcisme espartà que tu has portat sempre tan bé. Igual quan passin tres o quatre segles m’hi acostumo i acabo aconseguint que m’aixequin una estàtua eqüestre d’aquelles que construïen per als emperadors romans i que tu estudiaves en aquell claustre tan bonic. Igual, en la mateixa línia de coses, un dia m'aixeco i deixo de fumar.

Parlant de construccions heroiques: alguna nit trobo a faltar els castells al menjador. I l’altre dia vaig anar al teu club, jo sola, i em va fer una mica de pena no haver de demanar una Voll Damm. També fa uns mesos que no començo cap sèrie amb ningú. Ja veus, tres tonteries que et poden donar una mica la mida de les coses. Com el gest d’esperar-me darrere de les portes: sé que entendràs what I mean.

En fi. S’acaba novembre i el termòmetre fora marca 16 graus. Ni rastre, a mil milles, de falciots. Recordes el dia de l’Alcoba, quan vigilàvem el carretó d’aquell home? En aquell moment, fumant a la terrassa, abrigada amb totes les teves llanes perquè em moria de fred, vaig pensar que arribava l’hivern. 

No ho sé, potser aquest any s’està esperant, com si fos un pirata anacrònic, o igual li ha donat per teixir i desteixir a veure si tornes. O potser acabaràs tenint raó i resulta que estem a les portes de l’apocalipsi. 

En aquest cas hauràs de plantejar-te comparèixer: ja saps, algú haurà de posar una mica d'ordre.