martes, 21 de mayo de 2013

De festivales.

Me acuerdo de haber estado con ellas en el que fue su primer festival. Hará un par o tres de años. Me decían que las estaba desvirgando, las muy animales. También es verdad que para mí era algo así como el vigésimo cuarto.

Y por una vez no exagero.

El día anterior había descubierto los paparajotes y los caballitos y demás lindezas locales, que pasé a enseñarles con toda la didáctica de que fui capaz entre copa y copa en la (bendita) zona vip. Al año siguiente no se me ocurrió otra cosa que llevarme al partenaire más cafre de la historia. Eso sí: el tipo me aguantó las siete horas de tren de ida y las siete de vuelta, y sólo por eso merece un lugar en el cielo.

Antes de eso hubo otros momentos legendarios; después otros más. De todos los colores. Recuerdo ser prácticamente una adolescente y largarme al desierto en mi cumpleaños y también cuando conquistamos el Cabo de Gata y en algún momento del abordaje estuvimos bailando hasta que salió el sol. También que pisé Burgos una sola vez en mi vida, y que fue porque tocaba Nacho y porque por ahí andaba Enric con la banda. Qué jartá de poperos y qué precios de escándalo: ideales para volver de madrugada a Madrid conduciendo. Fue una visita relámpago y fue genial.

Muchas –muchísimas- veces jugué en casa. Y elegí campo y balón.

Con los años, me doy cuenta, he ido perdiendo fuelle. Al principio fue el Sónar, especialmente de noche. Mordor da menos miedo: quien haya estado asentirá con la cabeza, como si lo viera. Nunca tuve tanto éxito comprando tabaco como aquella vez en que delante, en la cola, se tambaleaban tres mendas con el ciego más ciego jamás registrado por la ciencia: imposible acertar con la moneda en la ranura, antes muertos. Que si no les ayudo ahí siguen, los muy piltrafas.

En una de aquellas volvimos a casa andando. Sí, un paseo de siete kilómetros a las ocho de la mañana no llegó a matarnos. Aunque ahora que lo pienso, no sé si lo deberían probar en sus casas. De cualquier forma, dormimos unas 17 horas del tirón, y el resacón alcanzó, como cada vez, cotas estratosféricas. Hay que decir en nuestro favor que pasar resacas en la casa de Tetuán era incluso bonito.

Luego apareció él, y el primer choque de trenes enamorados llegó en el Summercase, que en paz descanse. Unan música y besos y atardeceres del mes de junio: tienen el cóctel que van a estar echando de menos para siempre. Qui n’ha begut en tindrà set. No avui; tota la vida. Recuerdo el momento mágico en que él iba a la barra y yo volvía de los baños y nos cruzamos en mitad de un escenario momentáneamente vacío; sin mediar palabra y mirándonos en todo momento nos tiramos uno encima del otro y alguien hizo la famosa foto que ya no veremos nunca. Recuerdo estar con un par de amigos con los que cafreamos como era habitual y con los que no he vuelto a cafrear desde entonces. Recuerdo encontrar un taxi de milagro para volver a casa, a retozar como si no lleváramos 14 horas saltando, lo cual tiene un mérito importante.

Al año siguiente estuvimos en el Primavera Sound, casi todo el tiempo en modo mano a mano idílico. Para entonces ya éramos unos másters en acompasar noches etílicas con más noches etílicas. El sábado de madrugada montamos una tangana que ni en una final de Copa. Andaba Tarzán de por medio, y la cosa se saldó con un viaje de 30 kilómetros en taxi en unas condiciones lamentables. Aún así, no puedo decir que estuviera mal del todo.

El triplete histórico se ventiló en Benicássim, con la única tienda de campaña donde he dormido en la vida como invitada especial. Fuimos a levantar un cadáver, y lo hicimos de la forma más bonita que se me ocurre incluso ahora: con Cohen y Morente a la banda sonora. No sé si volvería a hacerlo. Ya he dicho muchas veces que ser adicta al veneno tiene más de una contraindicación. Si lo que quieren es vivir cien años no vivan como vivo yo, y lo que es más serio todavía: no se les ocurra salir a bailar valses vieneses.

Luego no digan que no les avisé.

Aquí se cierra uno de los capítulos y sin más dilación se abre el siguiente. Este otro incluye un Sónar de día donde reapareció el mítico Tarzán y que acabó (¿es que quedaba alguna duda?) a las mil quinientas. Y el siguiente Primavera, que nos dejó en un ko técnico ideal para ver al Barça ganar una Champions en lo que fue una memorable sobremesa, previa paella con un remoto efecto paliativo. Sólo lo pudieron arreglar los chupitos-gol que cayeron durante la tarde maratoniana. La pobre meta aún no ha sido capaz de contarlo.

Luego volamos para pasar aquellas 48 horas míticas en Gijón. Era verano, llegaba septiembre. En la playa de San Lorenzo nunca vieron un uniforme tan mediterráneo para un clima tan norteño. Pero la sidra, que todo lo puede, amortiguó la hipotermia y la historia terminó como terminan estas cosas: en un bareto de Cimadevilla que no cerraba ni para Dios rodeadas de la santísima trinidad a la que seguimos rezando hoy. You know what I mean.

Y ay. De nuevo el Primavera. El año pasado. Teléfono en mano en los trayectos entre el escenario X y el escenario Y (unos mil kilómetros: dos trenes no se cruzarían en la vida) estableciendo conferencias con Granada en el clásico momento vital en que el alma se nos iba por una más de esas llamadas. Palmando el viernes en el trabajo porque el jueves –as usual- se nos había ido de las manos. Y palmando de nuevo el domingo para bajar a un Arc de Triomf donde Nacho cantaba y nosotros nos mojábamos. Tan alegremente. La visita previa al festival fue la bomba y la siguiente también, y esas semanas estuvieron marcadas por el ‘Tú, misionero de Dios’ que justo anda sonando de fondo mientras escribo esto y que en directo fue un rayo de luz que deslumbró a la mismísima primavera.

En fin. Hasta aquí llega este recuento parcial e incompleto, cuyo crono se volverá a activar en cosa de un par de días. Ojalá la progresión siga este ritmo. Y ojalá nos crucemos en alguna de las barras. Ya andamos calentando, porque un to be continued nunca tuvo más sentido.

lunes, 6 de mayo de 2013

y eso.


La vida es lo que transcurre mientras parpadeas esperas el siguiente artículo de Jabois o de Enric González. O a que salga Messi de una puta vez a deshacer el entuerto en que se han convertido todos los malditos partidos de un tiempo a esta parte. Si no, debe ser un santiguarse sin parar recordando el último despropósito en modo Gremlin o el próximo comentario de cliente, cosas que compiten por el puesto de honor en el podio de grandes pesadillas de la historia con una ferocidad que asusta al miedo. La vida es que caiga un chaparrón a la hora y media de estar tomando el sol en pantalón corto y que de ahí sobrevenga tal dolor de garganta que pases a fumar no ya light, sino ultralight, en un dechado de sensatez que incluso tu abuela anda boquiabierta. El estanquero, por su parte, aún no se ha recuperado, y ha dado la voz de alerta a las autoridades sanitarias, que ya deben estar con el coche patrulla esperándote. La vida, que a ratos te monta un regate que te deja de baja seis meses por rotura de los ligamentos cruzados y ahí te pudras, que no tejes bufandas porque no es temporada pero si no ahí estarías como un potrillo desbocado agujas en mano. Y todo sin saber qué carajo son los ligamentos cruzados porque tú siempre fuiste de letras aunque no está claro si a mucha honra. La vida es que el domingo que te proponías pasar leyendo angelicalmente torne en un tour de force donde caen trescientas cervezas tirando bajo, dejándote anonadado de tu poca capacidad de previsión de descalabros, con lo que uno ha sido. La vida es que el disco al que andas pillado no sea un disco, y te tragues diálogos surrealistas de 5 minutos entre tema y tema sin inmutarte. Cosas de la vida, en fin, que es lo que tiene y también lo que no tiene. Y eso.

lunes, 29 de abril de 2013

Desde siempre.

Yo creo que escribo desde siempre, aunque no tenga una historia detrás tan tremenda como la de cualquiera Cohen. Mi padre, by the way, sigue vivo y coleando. Podría inventármela, la historia, también es verdad, pero a fuerza de inventar cosas uno también acaba por cansarse. Por si alguien no lo ha pillado: trabajo en publicidad y no, no es tan divertido como parece. Es cierto que fumo y bebo como todo personaje de Mad Men que se precie. Mi tragedia particular es que lo hago cuando no estoy de servicio, así que coincide con los fines de semana y/o las noches, excepto algún desvío ocasional. El glamour está sobrevalorado. Aunque probablemente sea esta la clave de mi supervivencia; de otro modo ya me hubiera matado una cirrosis galopante. Decía. Que bebo -Jack Daniel’s o gin&tonic con una rodaja de naranja- y fumo -Winston light, siendo el light lo más moñas que he hecho en mi vida. Tuve 3 o 4 novios y fracasé unas 10.000 veces (echen cuentas ustedes mismos), aunque me reí mucho por el camino. Y sí, les quise. En esta línea de cosas, tengo una triple moral ejemplar y me quiero matar por inconsciente una vez cada siete minutos. Para no sucumbir a tan serio instinto suicida leo, que quieras que no distrae. Como distraen los partidos del Barça, aunque algo me dice que a partir de ahora la distracción tornará en ansiedad y temblores si es que no lo ha hecho ya, a lo que creo que voto sí. Otra de mis grandes virtudes es la adicción al veneno, que como todo el mundo sabe adopta formas muy diversas. Es cierto que como bio esto no sirve demasiado pero a día de hoy ¿quién le hace caso a los briefings? La clave está en sentirse culpable luego, lo cual -mal está que yo lo diga- me honra algo. Pero ojo, sin pasarse.

lunes, 8 de abril de 2013

La vida no era tan dulce.

"Llegar a la estación y verte saltar desde el mismo andén,
noches más largas que la muralla china y más duras también.
Entrar y salir de Nazaret a toda hostia en un Seat León.
(…)
Y un policía que se cree Sonny Crockett, el muy subnormal.
Una nube en torno a ti pero esa carina tan llena de paz.
(…)
Y ahora tener que comprender que el tiempo tiende a corroer todo lo que toca
y que hay que elegir entre el final y el después."
(…)
De 'Los sabios idiotas'.

No había visto nada parecido desde la noche de Cohen, que más que dar un concierto llevó a cabo un ritual sagrado. Nada comparable, ni siquiera remotamente. Porque lo de ese hombre siempre ha sido la Champions y todo lo demás es carne de quinta regional sin opciones de ascenso.

El homenaje de Nacho Vegas al cine de Mike Leigh no pudo estar más a la altura. La selección de escenas, los diálogos, las composiciones inéditas, la instrumentación de las mismas, la primerísima vez que aparecía un chelo en escena tratándose de Nacho... Emocionante es poco. 

El conjunto estaba maravillosamente bien armado, con una sensibilidad fuera de lo común, muy propia de la criatura. Dando voz (una vez más) de forma tierna y cínica y bárbara y poética a esos personajes que tan raramente aparecen en nuestras pantallas. Colocando, además, las canciones propias justas para no empañar el verdadero objetivo de la velada. Aprovechando para matar algún vampiro de pasada. Eso fue Enough, por invitar a la fiesta a la gata de Enric González. Y todo el resto, cosas que no hay que contar.

Un sábado por la noche insuperable. Ni siquiera con un par de bises. Porque la vida, más que dulce, es agridulce. ¿O qué esperábamos? 

El tándem Leigh/Vegas no puede decirlo más alto: quedó claro.

jueves, 4 de abril de 2013

Mientras parpadeas.

La vida es lo que transcurre mientras sales dos minutos a fumarte un cigarrillo. Porque de repente, tu plan, el que habías trazado en un quiebro a pierna cambiada, resulta que sucede; y esa idea que era tuya de pronto te sorprende, te es ajena, como si fuera la invención de otro. Como si a un director de cine le asombrara la peli que él mismo ha escrito, rodado y montado durante meses. Como si el hecho, mientras tú parpadeabas, hubiera cobrado una especie de entidad propia y se hubiera independizado antes de cumplir los 40. 

Que hay que tener valor, con lo bien que se está en casa.

Como cuando en un concierto te pierdes tu canción favorita porque (después de 3 horas de náuseas y sudores fríos) has salido con un piti. Todo por no inyectarte unos picos de nicotina directamente, -qué digo, discretamente-, algo que harías sin dudar si no fuera por el pánico absoluto que les tienes a las agujas, sólo comparable al que te dan los relámpagos. 

¿O eran rayos?

(Qué pasa, sí, los relámpagos. Un miedo atroz, además. Infinito. 
Nótese que has salido valiente. Y de ciencias.)

Como cuando en un partido te pierdes el gol decisivo porque te has dejado las jeringuillas en casa, con la diferencia de que hay partidos en los que eres incapaz de moverte de la silla y soltar la cerveza, ni siquiera por fumar. Así que ves los goles bajo un mono infinito, que no es lo mismo que no verlos pero se le parece bastante. 

La ansiedad enfermizo-forofa es así, no la he inventado yo.

La vida, vas descubriendo, es lo que se desliza por las rendijas cuando -al fin- cambian la hora. Una historia que se escribe en los portales. Los trayectos de casa al trabajo, o lo que es lo mismo, las 20 o 30 páginas que te da tiempo a leer en el recorrido y que hacen que te sometas al despertador todos los días, si no de qué. Sumisión la justa.

La vida es que tus decisiones, las muy putas, dejen de ser tuyas. Es que todo lo que se pueda rebelar coja y motu propio se rebele. Es que tú respondas de la única manera que se puede responder a eso: con una cañita en la mano.

Que en cada paréntesis haya un enigma. En cada mesa un Vietnam. En cada bar, un partido que no vamos a perder ni locos. En cada ola que acecha, la posibilidad de un sunami. Y precisamente porque todo es posible, en cada sorpresa una historia. 

La vida, que debe ser algo así como la conjunción (¿copulativa?) de sorpresas y de historias. 
Que se plantan delante de ti en lo que dura un parpadeo.

martes, 26 de marzo de 2013

Cuando van mal dadas.

Cuando van mal dadas hay muy poquitas soluciones. Lo cual no significa que no haya ninguna. Gracias a Dios. Porque, cuando las cosas no ocurren como uno quisiera, uno siempre puede maldecir, patalear, coger rabietas imposibles, blasfemar y erigirse como el santo marqués del numerito. Ejerciendo un derecho irrenunciable, dicho sea de paso.

O lo que es lo mismo: puede abrir un documento nuevo y poner su drama por escrito.

Es algo que calma bastante.

No sé si era Sabina quien decía que de la felicidad (¿la estabilidad?) difícilmente salen grandes canciones. Lo que realmente es fértil es estar jodido, y de ahí que haya que coger y aprovecharlo, no vaya a ser que una vez capeado el temporal vuelva la alegría y se instale en su vida para siempre y ya no haya quien lo siente a escribir dos frases seguidas nunca más. Con la consiguiente e irrecuperable pérdida para la literatura universal. Los claroscuros, las montañas rusas, el ni contigo ni sin ti, los desbarajustes… son a todas luces mucho más interesantes que los remansos de paz.

Por no decir devastadores.

Whatever. Digo que van mal dadas, y que éste, entonces, es un momento perfecto para despotricar. De la industria, donde rara vez mandan los buenos. De la cultura de club esta trágica, que nos hace ambiciosos; que hace que necesitemos siempre un poquito más de dinero, de visibilidad o de poder. De la persona en concreto a quien se le ocurrió levantar el maldito teléfono. De quien fue y le escuchó. De todos sus muertos.

De todos los muertos.

Pero del maravilloso arte del despotrique –como de absolutamente todo- también se cansa uno. Que por algo tiene el famoso doctorado en insatisfacción eterna, maligna e incurable. Llega, pues, el momento de pasar página. Porque si algo sabe a estas alturas es que cuando van mal dadas y uno ya se ha encabronado lo suficiente, sólo hay una forma de proceder: seguir adelante. Ni que sea por probar. Por si de estas, de casualidad, va y se hace más fuerte. Por si en algún bar al que no ha entrado todavía (que alguno debe haber) suenan nuevos valsecitos. Por si se cruza con otro de esos libros fulminantes. Por si aparece, de milagro, otra estrellita. Por si, contra toda lógica, resucita.

O porque lo de avanzar bajo el mismo sol ardiente, con los dientes apretados, también tiene su rollo.

La adicción al veneno, revisitada. Once again. Como no podía ser de otra manera.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Algunas cosas susceptibles de haber marcado el final del invierno.

1. La caída (primero) y el auge (después) –en otro orden hubiera sido directamente criminal- del equipo de nuestros sueños. Conocer el delirio y el polvo, la derrota merecida, el más absoluto desespero. Los chupitos huérfanos, los miércoles más tristes del mundo, el ejército de fanáticos cambiando la cerveza por Prozac, envejeciendo 20 años en un instante.
Para que luego, casualmente, en lo que fue otro 12 de marzo legendario, la esperanza aterrizara en esta ciudad como llegada en un vuelo chárter, sin llegar a contarnos si vino para quedarse o todo lo contrario.
En fin. La esperanza tuvo forma de partidazo. De 92 minutos de ansiedad y temblores conteniendo el aliento. De romper todos los récords (y todas las leyes antitabaco) fumando por los descosidos. De estar todos juntos y no dirigirnos la palabra. El pulso desbocado. Las pupilas fijas en la pantalla. Las doscientas cervezas. Los saltos. Las secuelas de los saltos.
También tuvo forma de grito animal de futbolista herido. Larga, larguísima vida, a ese grito. Y a la más indecente afonía.

2. Las tres o cuatro canciones imprescindibles del nuevo disco de Quique, además de la insoportable forma en que me recuerda a él: benditas melenas.
Caer rendida con Dallas – Memphis desde la primera vez que la oíste. Adorar la ternura con que el tipo habla de Samuel. Pensar que todos nos hemos ido de perros alguna vez. Ir haciendo recuento de versos memorables. Hacer que alguien más se enganche. Y salir un jueves a su encuentro con todo el desquicie que eso conlleva.

3. El viaje a los impulsos que da la bienvenida a toda primavera inhumana. Salir a horas intempestivas por la Gran Vía o la Diagonal en dirección a cualquier otra parte. Esta vez –una más- a Donostia. Con todo lo que has vivido ahí en modo recuerdo playing. Las cajas de música convertidas en cinexines, y tú, valiente, intentándolos (sin éxito) parar. Que es ni más ni menos lo que tienen las cosas imparables.
Entonces llega el momento de apostar contra ti misma: si es la mitad de bonito que Granada (con sus derrotas y sus inhumanas reconquistas) no habrá quién te traiga de vuelta a casa. Pensar que algunas veces es más aconsejable perder que todo lo contrario. Que la forma en que haces algo es la forma en que lo haces todo. Que todo lo que has hecho… Y decidir que igual es mejor dejar de pensar.

4. Las crueles corrientes migratorias, con sus personajitos que vienen y van montando descalabros a su paso. Y eso incluye las cañejas inocentes, las falsas despedidas, los discursos etílico-moñas y los chats de madrugada. También incluye perder –es un decir- al tipo que te viene aguantando como un campeón por las mañanas. Abriendo paso a otro huracán del que no sabes cómo saldrás viva. Aún sabiendo, como siempre, que saldrás.

Fuera de concurso quedan las epidemias de guiños, el licor café, las chicas que son magníficas, Shakespeare, el lado bueno de una película y los afterhours, especialmente cuando vienen después de los afterhours. Nótese, porque vale -y cómo vale-, la redundancia.

Llegados a este punto. Otro par de rondas.
Y bienvenida, primavera.

jueves, 14 de marzo de 2013

Nada.

No hay nada tan frágil como los nuevos sentidos (viejas sensaciones) del mes dos ni nada tan serio como sus patas de gallo en esa foto. No hay nada tan triste como escribir cuñas para Spotify, sabiendo de antemano que las vas a odiar para siempre.

No hay nada –pero nada- tan sórdido como un ministro del Interior.

No hay nada tan grande como la primera cerveza después de un día especialmente difícil. No hay nada tan débil como un gremlin frente a un Jack Daniels ni piel de gallina más real que la que pone una nueva canción que se cuela en el panorama como hacen las grandes canciones: con alevosía, de repente y a traición.

No hay nada más jodido que una página en blanco, ni tampoco nada más sagrado.

No hay nada peor que la absoluta falta de voluntad para con según que cosas. No hay nada tan especial como un par de palabras que vuelan ni nada más frustrante que la impotencia, especialmente en un campo de fútbol. Nada más leve que la mirada que pone el punto final a una historia insoportable. Nada más gracioso que cualquiera de sus chats delirantes. Nada que desquicie más que una noticia a destiempo, cuando menos la esperabas.

No hay nada, y esto es una certeza, un axioma, una verdad incuestionable, más incompatible con la depresión que unos berberechos en una terraza bajo el sol.

No hay tan dulce como la sensibilidad de tres o cuatro músicos que escriben. Ni tan divertido como las resacas con la rubia. Nada tan poderoso como un verso crucial. No hay nada más sobrevalorado que Cesc o Murakami. Nada tan hipócrita como la Iglesia ni tan descorazonador como la fe. No hay nada tan macarra como las escenitas que me monta bajo la ducha ni nada tan inhumano a la vez. No hay nada más adictivo que las historias que llevan la firma de Enric. No hay nada más impresionante que míster-dos-palmos-Fassbender, o quizá sí: la sonrisa del propio Fassbender.

No hay nada más tremendo que ver como poco a poco las tardes se alargan. Nada tan emocionante como plantear la siguiente huida. Nada tan irresistible como según qué textos. No hay nada más gris que la sección de economía y nada más desesperante que el maldito insomnio. No hay nada más definitivo que sus manos ni más tentador que sus ojos.

No hay nada más excitante que la otra noche con él ni tampoco nada más inesperado. Nada más ridículo que los tomas y dacas a posteriori muertos de la risa, uno en Boston y otro en California. Nada más implacable que las confesiones y nada más reconfortante que 92 minutos de fútbol del de verdad.

No hay nada más cruel que las malditas corrientes migratorias. 
Ni nada más bonito que ver llegar, con una caña en la mano y presintiendo que habrá que atarse otra vez los cinturones, la bendita primavera.

martes, 26 de febrero de 2013

A, B y Z.

A y B se conocen. Durante un tiempo conviven, bajo un estricto (aunque surrealista) horario de oficina. A es capaz de picar a B, y B siente que A no le cae mal de todo. Pasan unos meses. Durante esos meses, A y B trabajan mucho, se emborrachan (también con C, D, E, F, G… N) y se puede decir que lo pasan bien. Conjugan días de estrés y de resaca y, aunque las condiciones no son las mejores, aprenden a reírse juntos. Y con N también, por supuesto.

Al cabo del tiempo, una noche después del trabajo, A y B salen con C y D y E (N) a cenar algo. Luego se toman una copa, y dos y tres, y sin que haya ninguna intención previa acaban casi todos en casa de B. Gracias al alcohol y también a la inconsciencia, esa noche A y B descubren que pueden hacer algo más que reírse.

Al día siguiente B se levanta, vuelve a su mesa y cree que ha sido divertido y punto. Para su sorpresa, A escribe algo, nada concreto, pero el valor está en eso, en el algo. Más tarde comen con N y se despiden y B piensa que A es agradable por escribir. Y punto.

Pasa la semana con sus horarios indecentes. 7 días más, ni más ni menos, y N (A y B incluidos) salen de nuevo a tomar una copa. 1, 2, 3… B piensa que E y F son demasiado, pero de repente se encuentra otra vez en un taxi con A, el mismo alcohol y un poco menos de inconsciencia y esa noche se vuelven a encontrar de forma parecida (aunque no igual) que la primera. Al día siguiente salen todos juntos otra vez, y A y B vuelven a marcharse juntos, y lo mismo el tercer día. El cuarto (es domingo) A vuelve a escribir, esta vez más concreto y más bonito. Al leerle, B sonríe. Y punto.

Después llueve. Llueve durante muchos días seguidos. A y B ya se ven a menudo, porque además de a reír han aprendido a dormir juntos. A le cuenta, B le escucha y asiente y sonríe. Sigue habiendo alcohol pero casi no hay inconsciencia, y mientras, N, sin saberlo, les acompaña en su nueva aventura. Sigue lloviendo. Pero hay besos Fidel Castro, besos Gene Kelly, besos añejos, y A y B prácticamente no se dan cuenta de que pasa el tiempo y de cómo pasa. Si por un casual resulta que se dan cuenta, parece que les gusta.

Aquella semana B deja el trabajo y echa a A un poco de menos. ¿Dónde estará la inconsciencia? –piensa- y se pide otra copa. Le va a buscar, y ven películas, y cenan y beben y… llamémosle ETC.

Un día A y B cogen un tren, y pese a algún cambio brusco de vía, siguen riéndose y durmiendo juntos y están contentos. A hace misiones y B se ríe de él, y B se emborracha y luego deja que él también se ría. Descubren las gambas, y A le deja pedir lo que quiera y hasta le limpia el pescado. Curiosamente, hay un AC de por medio.

Vuelven y ya no pasan días, sino meses. ETC. Ríen, duermen, beben, hacen un viaje, luego otros viajes, van a conciertos. ETC, ETC.

Algún día A y B riñen por culpa del trabajo. Otros, por algo relacionado con N. Cada vez están un poco más tristes, pero como se quieren, siguen a lo suyo. Hay momentos bonitos, que luego B recordará de vez en cuando. Y pasan más meses, y hay más noches bonitas y más discusiones. Y más copas y más conciertos, ETC. 

Hasta que, pobres de ellos, sin poder hacer nada por evitarlo y con todo lo que conlleva, dan de bruces con la mismísima Z.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Por si acaso.


Pero por si acaso. Por si aún no le han dicho que estuvo ahí como nadie. Que pese a ser un idiota en muchas cosas, en esto siempre fue irreprochable. Que su lealtad para con él era infinita y que es imposible que no estuviera increíblemente orgulloso del tipo en que se había convertido.

Por si se le olvida recordar que cayera quien cayera nunca faltó a una de sus citas.

Y también por si estos días anda bebiendo demasiado. O demasiado poco, que sería igual de terrible. Por si le ha dado por pasear por los bajos fondos. Por si no le apetece escuchar música o ha dejado de leer. Por si hace demasiados días que no se deja acariciar. Por si siente esa clase de frío que es tan difícil sacarse de encima con abrigos. O por si se despierta en plena noche y al tomar consciencia de lo que pasa se le viene el mundo encima. Por si ha encajado regular el derechazo. Por si le está dando por llorar o por gritar en susurros, cabizbajo, ‘¿dónde estás?’.

Quizás soy lo que menos necesita.

Pero por si acaso. Por si él solo no se da cuenta de lo que se le echa de menos cuando desaparece. Al menda con los cuellos gastados de vacilar. Al chico dulce y cafre, tierno y algo estúpido, inteligente y macarrita. Al mejor contador de historias de este lado de Alabama. Por si esto ayuda a quitarle la lluvia de los zapatos y a suavizarle las patas de gallo. Por si pronto necesita una cerveza bien tirada. Por si le recuerda que siempre se la jugó como un valiente.

Porque, y puede que ahora no se lo crea, es un valiente.

Quizás soy lo que menos necesita.
Lo cual no era razón para no mandarle esto. Con un millón de besos de propina.

jueves, 14 de febrero de 2013

De añadas y frioleros.

Hace no mucho, estuvimos un fin de semana en un pueblo perdido – más bien perdidérrimo- del Pirineo catalán. Habíamos comido los primeros calçots de la temporada (quien no haya probado los calçots será incapaz de entender el hito sentimental que esto supone) y seguido con la consiguiente, valga la redundancia, sobremesa. O lo que es lo mismo: habíamos ingerido la cantidad de alcohol suficiente como para que, a falta de afición por algo incomprensible llamado Catán, alguien sacara una guitarra.

Los demás, con efecto inmediato, nos convertimos en un equipo de coristas borrachas de, siendo muy generosos, tercera división.

El resto es historia. Cayeron todos los temas del mundo, cada uno de su padre y de su madre: Sabinas y Calamaros, Muses e Irons&Wines… Qué sé yo. Pudimos estar horas cantando. O más bien intentándolo. Nunca llegaremos a agradecer lo bastante a los dioses la suerte de contar con él, bendito sea, que desde siempre ha sido el único capaz de afinar y por ende, de guiarnos a los demás en el misterioso mundo de la harmonía.

Porque lo que es el resto... Que Dios nos conserve la vista, porque el oído, desde luego, lo hemos perdido.

Decía que estuvimos horas cantando, así que nos dieron las tantas y se hizo de noche. Era un sábado del mes de enero. Pero nosotros, lejos de cejar en nuestro empeño, envidamos a la suerte y no sólo no dejamos de cantar sino que abandonamos el calor del salón de la casa para salir al jardín, a seguir con nuestra operación tuna particular. Dándole más rollo al asunto: montando el circo alrededor de un fuego que alguien, menos misericordioso que borracho, se había encargado de avivar. Por si en algún momento, de casualidad, nos daba por cenar, cosa altamente improbable.

Total, que allí estábamos. Ocho o nueve almas de cántaro –y nunca ha venido tan a cuento esta expresión- alrededor de un fuego a no sé cuántos grados bajo cero y encima cantando.

En estas llegó el típico momento entre canción y canción en que lo propio era discutir cuál iba a ser la siguiente.

Ya digo: el frío animal, la noche cerrada, el fuego crepitando. Muchos gorros y aún más guantes. Y claro, también un par de botellas y un par de pares de copas que se iban vaciando periódicamente desde hacía mucho –para entonces ya muchísimo- rato.

Fue cuando pasó. Empezaron a sonar los primeros acordes y las notas de la guitarra cortaron el aire.

El brinco en el corazón fue legendario. Habían pasado años desde la última vez que la oí. Había sido mi canción favorita. De las 4 o 5 que en algún momento me robaron el corazón de verdad, con todas las letras. Y ahí estaba, olvidada en lo más profundo de la memoria, vete a saber si como mecanismo de defensa o por qué extraño fenómeno psicológico. Enterrada en lo más recóndito. Hasta esa noche.

Como es natural, nadie más se la sabía. Es lo que pasa con las canciones que sólo se han publicado en EP’s prácticamente desconocidos. Pero precisamente por eso había que cantarla. Quién dijo miedo habiendo hospitales. Además, a esas alturas de la noche ya no quedaba el menor resquicio de vergüenza y a duras penas nos veíamos las caras más allá de los cigarrillos-luciérnaga que se encendían a cada calada.

El tipo de cosas que sólo pasan en Norteña. Un mano a mano prácticamente susurrado. Dos voces y todo el silencio del mundo alrededor. En un valle perdido entre montañas. Y la historia de un tipo que dejó escapar a una chica friolera y por poco muere congelado. Basada, además, en una tremenda melodía tradicional. De aquellas que han calado hasta los huesos a hombres y mujeres de todas las generaciones.


Una canción susurrada a dos voces con todos los ingredientes imprescindibles: mantas a cuadros, promesas, riñas, olas. Y también inviernos.
Inviernos infinitos, que son los más tremendos.



lunes, 11 de febrero de 2013

Febrero.

Febrero otra vez.
Y anda que no ha llovido.

Dejar la primera agencia y volar a Madrid.
Estar solo y que estar solo fuera más que bonito.
Caer rendido ante la belleza de la Filmoteca.
Ir a ARCO. Y a las fiestas de ARCO. Para volver casi siempre que has podido.

Que una madrugada, estando en Móstoles haciendo nada bueno, se pusiera a nevar. Conseguir llegar a casa a las mil quinientas y ver una peli de Woody Allen.

Conocerle a él y que el Lazarillo, a su lado, fuera un verdadero angelito.

Que despacio, con dulzura, casi con suavidad, llegara la primavera.
Descubrir que la luz de la ciudad entonces no se parecía a nada que hubieras visto antes.

Conocer un club privado digno de una película de Tarantino. Y a un dj directamente sacado de una de Todd Solondz.

Que un día cualquiera unos gitanos te cantaran en plena calle. Que no pudieran ser más guapos.

Viajar a Vigo, y a Cuenca, y a París, jugando a ser Willy Fogg por unos meses.
Volver a casa solo para oler el mar. Mentira: también para la feria.

Fracasar la cantidad justa de veces.
Recibir visitas animales.
Cerrar todos los bares que pudiste.

Y también leer a Esquilo. Y a Borges. Y a Lorca.
Conocer la sonrisa perfecta de un artista disfrazado de camarero.
Hacer el tonto con un profesor, previa matrícula de honor tremenda.
Desarrollar, en la misma línea de cosas, esa triple moral calidoscópica que aún conservas. Y hacerlo como si fuera tu misión en la vida.

Entender que difícilmente beberás cañas mejores.
Que estás jodido, porque lo que viviste ahí no se olvida.

Y matar por volver siempre. Llevar a todo hombre que te ha importado un poquito. Incluso tener que escapar, alguna vez, a lomos de un tren de esos rápidos.

Un tren como el que, y lo escribes conteniendo media sonrisa, cogerás, sin ir más lejos, el viernes por la tarde.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Por qué mañana voy a palmar del susto y el día 26 aún más.

Nací en julio del 84, y mi madre, que es el ser más forofo que conozco, jura haber sobrevivido a aquello gracias a las olimpiadas de Los Ángeles, si no de qué. Que no había noche que el maldito bebé que fui la dejara dormir en paz y que la salvaron del suicidio postparto las tropecientas pruebas de los juegos. Que no se perdió ninguna: del remo a la halterofilia, del bádminton a la esgrima. Y que decidió que si había que tener otra criatura sería coincidiendo con Seúl 88 or nothing. Ella es muy suya y al final fue nothing, y nunca se sabrá si fue por falta de olimpiadas en años impares, aunque yo no descarto la idea.

Me doy cuenta de cuán premonitorio fue este despertar mío a la vida en lo que a deportes se refiere, porque toda mi infancia estuvo marcada por personajes, carreras, partidos y demás citas deportivas que en mi casa se vivían con épica desaforada y lanzamiento de mandos a distancia contra una tele que, estoica como ninguna, resistió como una jabata. Si alguna vez me decido a creer en Dios algo tendrá que ver con la televisión irrompible de mi infancia.

De entre todos los personajes míticos de mi niñez sobresale sin duda el Pollo Pantani, que desde entonces me ha parecido el único ciclista creíble que ha tenido la historia de la humanidad ciclista. A mí no me cabía en la cabeza cómo se plantaban mis señores padres a ver el Giro, el Tour y la Vuelta durante horas interminables con el buen tiempo que hacía fuera y la playa al lado de casa. Pero no había Dios que los apartara de su sempiterno final de etapa, ni siquiera el día de mi mismísimo cumpleaños.

El Tourmalet, los puertos de categoría especial, las subidas a los lagos de Covadonga y las contrarrelojes eran viejos conocidos para mí, tanto como Oliver y Benji o cualquiera de mis peluches.

Después una cosa llevó a la otra. Los recuerdos –¿serán los años?- se difuminan, pero tengo la imagen de mis progenitores animando a Ben Johnson como si no hubiera un mañana, cuando éste ya le empezaba a ceder el trono a Carl Lewis. Sé que supe lo que era el SIDA a través de Magic Johnson a una edad más que tierna y también que Wimbledon y Roland Garros, en aquella casa, eran acontecimientos innegociables. 

Pasó el tiempo, y las cosas no se enderezaron. De aquellas, mis suspiros preadolescentes se dirigían –visto ahora, no me extraña: una, que ha tenido criterio desde tiempos inmemoriales- a Sasha Djordjevic. Nunca la combinación de coderas y rodilleras ha estado más al alza ni nunca nadie ha animado tanto a un cachorrito como él hizo con la Bomba. Los gestos de admiración del yugoslavo hacia Navarro hacían que el Palau entero se pusiese en pie, y a juzgar por la trayectoria del chaval nadie discutirá el buen ojo que tuvo el que fuera su maestro. Todavía hoy, los domingos a la 1 del mediodía que nadie coge el teléfono en casa toca suponer que juega el Barça de baloncesto, aunque últimamente nos esté dando menos alegrías.

Luego ah, el fútbol. Que merece un capítulo aparte. Con la obsesa de mi madre como fanática barcelonista y con mi señor padre diciendo que él ‘era del equipo que mejor jugara’, aunque con los años fueran saliendo a la luz sus inclinaciones madridistas y él perdiera toda credibilidad posible. Por suerte para ambos (y para la paz mundial) se separaron relativamente pronto. Yo, por mi parte, seguí la senda de mi madre, creyendo a pies juntillas que el equipo de uno es el materno, como la lengua, y visto así no hay más que hablar.

Al principio, no obstante, me limitaba a alucinar con la adrenalina familiar en los partidos, temiendo continuamente infartos que me dejarían huérfana y desvalida a mis años. Recuerdo la noche de Wembley y la botella de cava que se abrió en casa y también las de los clásicos, donde ya les podías decir a tus padres que te ibas con un narco al DF que ahí no te escuchaba ni Dios.

Pero hubo un antes y un después. Una noche en que sucumbí. Vaya si sucumbí.

Hablo ni más ni menos que del 5-4 del Barça-Atleti en Copa del Rey. Corría la temporada 96-97. Quien lo vio no lo habrá olvidado. Con una primera parte desastrosa, perdiendo 0-3 al descanso y el único atisbo de valor que mostró Bobby Robson en toda su vida, que fue aquel día al hacer los cambios. Es de aquellas cosas que no pueden describirse con palabras. Por si hay algún despistado en la sala: Hristo a tope, hat trick de Ronaldo y último tanto de Pizzi, elevando el ‘sos macanudo’ a categoría de oración divina. Bien; después de aquel partido, para volver en mí, tuve que meterme en la ducha. No me reconocía ni yo. El monstruo del fútbol me había poseído para siempre.

Lo demás es historia: querer mucho a Luis Enrique (como a cualquier hombre astur que se precie), vivir al borde del suicidio el descalabro de Figo, ver jugar a Ronaldinho, creer que Rijkaard tenía su qué… Y ya, casi anteayer, babear con Guardiola, claro. Asistir a la milagrosa invención del chupito-gol, mandando mi hígado (y el de toda la parroquia) al mismo carajo. No perderse ni medio partido. Rodar con Xavi y quedar afónica de un grito la noche de Stamford Bridge, vendiéndole el alma a san Andresito Iniesta con todo el convencimiento del mundo. Claro que volvería a hacerlo. Sobre Messi es mejor ni hablar, porque hay cosas indiscutiblemente insuperables. Subir las escaleras del Camp Nou cada vez como si fuera la primera. No palmar al acabar el verano sólo porque volvía el fútbol. Y en fin, mandar mensajes a mi madre después de los partidos, porque al final todo lo que he disfrutado de esto se lo debo a ella.

Dile disfrutar, dile sufrir. Como por ejemplo mañana. O en la vuelta de la Copa. Qué manera de bullir la sangre en las venas.
Es lo que tiene el famoso monstruito. 
Que no se muera nunca.

lunes, 4 de febrero de 2013

Stoner.


No han transcurrido ni 3 horas desde el despegue y en las pantallas el diminuto avioncito avanza despacio sobre el Atlántico. Píxel a píxel, lento pero seguro –pienso- aunque la verdad es que me parece una velocidad más propia de un paseo matinal de jubilados que de una máquina de ultraavanzada tecnología que, además, nos tiene que mantener a todos con vida. La paciencia, esa enorme virtud de la que siempre he carecido.

Es entonces cuando decido apartar estos pensamientos cogiendo mi libro.

Y lo saco del bolso, que he preparado como si en lugar de la soleada California, el destino de este vuelo de US Airways fuera el mismo Vietnam. Los ‘por si acaso’ son peligrosísimos y el miedo a carecer de cosas, por accesorias que éstas sean, también. Los chupa-chups de Cruyff, la libreta de Van Gaal, el teléfono rojo, la máscara de Hannibal Lecter… ¿Cuán importantes son los objetos banales comparados con el transcurso de la historia? No sé si me explico.

Saco el libro, decía, y me doy cuenta del riesgo que corro. Es el único que llevo conmigo en esta travesía que va a durar más de 20 días y prácticamente no sé nada de él. Se me antoja que la sensación debe ser parecida a la de casarse por conveniencia con un completo desconocido porque mi padre, cuyo criterio, por cierto, siempre ha dado entre miedo y risa, lo ha decidido así.

La analogía, por absurda que sea, hace que mire la portada con un horror inexplicable.

Mentira, algo sé. Si está aquí metido, entre decenas de trastos inútiles que cruzan el mundo conmigo, es por alguna razón. Fruto de alguna recomendación más bien vaga que ahora mismo soy incapaz de recordar. Tampoco conozco la editorial en cuestión. Puede que a los diez minutos de lectura lo quiera tirar por la borda (es un decir: la despresurización y demás consecuencias infernales me dan un miedo atroz, aunque no sé si tanto como la boda imaginaria) y me quede sin nada que leer. Con las manos vacías. Y eso, que yo recuerde, no me ha sucedido nunca.

El vértigo –y la claustrofobia- se multiplican.

Desestimo todo eso porque la elucubración como modo de vida siempre me ha dado bastante pereza y abro el libro, preparada para lo peor. Leo las primeras 3 o 4 páginas. Y maldición, porque debido a mi estupidez de serie o quizás al estupendo cóctel de Trankimazín y cerveza que me he metido entre pecho y espalda hace un rato, no me doy cuenta de lo que cualquier lector con criterio advertirá al momento de empezar a leer Stoner: es la novena maravilla.

Tienen que pasar un par de días de jet lag espantoso para que, sentada en un escalón de la casa donde vivimos en San Francisco, con un cigarrillo en la mano, pasando un frío de cojones, reemprenda la lectura y lo vea. La historia de este tipo hace que no solo le quieras con toda tu alma en cuestión de sintagmas, sino que, por poco dado a la reflexión que seas, te plantees el sentido de la vida página a página.

Haya calma. No me estoy refiriendo a un bucle filosófico-existencial (leí la novela durante un viaje etilico-festivo por la costa americana, no jodamos) sino a lo que es capaz de despertar el recorrido vital de un personaje contado con toda la honestidad y la sensibilidad del mundo. 

Porque William Stoner, ese campesino de origen más que humilde cuya vida cambia debido a los libros, es uno de los seres humanos literarios más fascinantes que jamás he conocido.

Con el permiso de Macbeth y el Quijote, claro.

Porque nada en su vida es extraordinario. Porque él no es ni de lejos un tipo brillante. Porque no solo no alcanza la fama sino que es el paradigma del hombre mediocre, por no decir del fracasado. Y aún así conoce la rabia, y el amor, y la pasión por lo que uno hace, y ese tipo de cosas por las que los mortales salimos de la cama todas las mañanas.

En esta novela no pasa nada. Nada en absoluto. Es la historia de una persona humana, de su relación con el mundo. Desde su infancia a su muerte. Podría espoilear uno detrás de otro los 5 o 6 pequeños hitos vitales que suceden en este lapso de tiempo y seguiría sin ocurrir nada. Hay que leerlo para entender lo que estoy contando. 

Hay que leer esta joya que firmó el tejano John Williams en 1965 y que, constatando que el género humano no se caracteriza por su inteligencia desaforada, ha pasado medio desapercibida hasta ahora.

La historia de un tipo corriente, como tú o como yo.

No se me ocurre una compañía mejor para un road trip, sea en Dodge de camino a Las Vegas o sea en metro, en el trayecto de casa al trabajo, que por cierto es el mismo que el del trabajo a casa recorrido al revés, lo cual siempre anima.

Da igual.
El corazón en un puño.
La carne del alma de gallina.
Stoner, de John Williams: la literatura era esto.

miércoles, 16 de enero de 2013

Mi ejercicio de estilo (moñas).


Las noches para mí son una especie de martirio. Alcohólico o no. Pero eso creo que ya lo sabes. Lo que no sabes es que la de hoy lo ha sido especialmente porque tú, sin avisar, después de tanto tiempo, has aparecido en mis sueños. Y sucede que yo abro los ojos y ahí estás y además estás exactamente igual que la última vez que nos vimos, o en realidad no: llevas melenas, con ese estilo desaliñado pero mono que has hecho tan tuyo.

Entonces te sonrío y tú también a mí, y luego, como un espejismo, desapareces. Y yo, ya despierta del todo, con los ojos como platos, me quedo mirando el punto fijo donde has aparecido y al momento, con la vista clavada en ese lugar, empieza, en modo lavadora desbocada, el interrogatorio.

Porque me pregunto si sabes que ahora me gustan los japoneses, aunque para tu desgracia estuvieras casi dos años sin pisar uno, en un dechado de tolerancia que te hizo merecedor del cielo, porque lo normal hubiera sido que me mandaras al mismísimo carajo y te fueras directo a darte un atracón de sushi por vena. Me pregunto si has vuelto a ver algún bodrio de Bourne, tú que sostenías que aquella cosa que vimos en un cine de Diagonal no estaba tan mal. Me pregunto si has cambiado el White Label por algo distinto o sigues haciendo que las acciones de la empresa suban día tras día en la bolsa. Me pregunto si aún encoges los pies sin darte cuenta y si alguien más te duerme a la espalda como yo hacía. Aplastándote, seguro, por mucho que me dijeras que estabas bien, porque eras, y me pregunto si aún lo eres, un caballero. Y también me pregunto si cada vez que alguien menciona a Hegel o a Holderlin o a Heidegger tú piensas en uno de nuestros trillizos imaginarios que iban a ser escandalosamente superdotados.

Me pregunto si habrás encontrado a alguien que te siga el ritmo canalla y acabe por los suelos contigo, o quizás a grito pelado en plena calle. Me pregunto si en ese caso le dirás que esa es la historia de tu vida, algo que siempre repetías y a mí no me podía repatear más. Me pregunto si habrás vuelto a pisar el Chicote y si tienes más fotos ridículamente moñas de besos en trenes, aunque el tren aquél ya no exista y los de ahora sean tan veloces y tan caros. Me pregunto si sigues comprando bambas molonas y si te has vuelto a partir la cara yendo en bici como aquella vez que me diste un susto de muerte y llegaste pareciéndote tantísimo a Scar.

Y como ya veo que no habrá quién me vuelva a dormir, me pregunto si sabes que mucho tiempo después acabé leyendo tu famosa Biblia de coña y que me hizo reír un rato. Si aún desayunas cortados y zumos y jamón del bueno cuando te levantas con resacas espantosas. Si has vuelto a pensar en comprarte un ático en la calle de la Reina o una casita en un pueblo con mar al norte del norte. Me pregunto si sabes que fui a ver a Leonard Cohen, que esta vez sí reuní las fuerzas, y que casi muero de emoción en el intento, y que la noche fue más bonita de lo que esperaba aunque tú no estuvieras conmigo.

Y también me pregunto si todavía das másterclases a alguien durante las comidas y las cenas y cuentas el conflicto de Israel y Palestina, o la guerra del Golfo, o anécdotas sacadas de artículos de Enric González. Me pregunto si te imaginas que, cómo no, yo ahora también adoro a Enric González. Me pregunto si alguna vez superaste el miedo y te pusiste al volante de un coche, aunque no sé si de saberlo me entrarían ganas de matarte, previa tortura china sin piedad y sin escrúpulos. Me pregunto qué pensarás de esta movida de la independencia, si habrás disfrutado a Guardiola la mitad que yo y si aún haces ensaladas con todo para cenar, y si te siguen quedando tan buenas.

Me pregunto si cuando subes a la casa de la montaña los viernes aún llegas tan de noche que es un cristo encontrar un lugar para cenar. Me pregunto si alguna vez te acuerdas de la sarde desastrosa y te da la risa y si las demás chicas leen contigo en silencio el Babelia tomando la primera caña. Me pregunto si has tenido muchas más siestas cafres como aquella, si te gustó Nueva York y si sigues fumándote un piti recién levantado con las noticias de fondo. Me pregunto si hace tanto frío en la estación de tu pueblo a las 7 de la mañana los lunes de enero.

Y a veces, cuando veo a alguien bailar como un loco, me pregunto si lo seguirás haciendo, si te seguirás dando al alcohol desde el mediodía, si te reirás de las damas entre la grosería y el halago, con lo tímido que tú eras y tal vez sigas siendo. Si continúas defendiendo que la mejor forma de ligar es beber cerca y si has abandonado al pesimista que llevas dentro y ahora sí crees que alguna vez será para siempre con alguien. Me pregunto si sabes que siempre he tendido a idealizarte un poco y que me tengo que esforzar para recordar las cosas que odiaba, que también eran unas cuantas.

Me pregunto si ha habido más mails llenos de ufs habiendo dormido una hora y si has vuelto a crear un cómic con dos personajitos molones y te has tirado horas dibujando en silencio en los bares ante la mirada atónita de los camareros. Me pregunto qué pensaste sobre el final de House, con lo borde pero adorable que nos parecía. Me pregunto si te has vuelto a ir de fin de semana sin maleta y si alguien ha tenido que comprarte ropa de supervivencia en h&m a las dos semanas de estar juntos. Me pregunto si habrás tenido que aguantar tu cartera para que otra hiciera cafradas en algún festival y también si en alguno te has acordado del beso aquél del medio de la pista cuya foto, maldita sea, creo que ya no veremos nunca.

Me pregunto si sabes que dejé el ajedrez la última vez que jugué contigo, me parece que en un bar –qué cosa tan rara- una tarde en el gótico. Me pregunto si llevas alguna pulsera hippie como las que compramos en el borne o el Palmar. Y me pregunto si sabes que hubo alguien hace poco que alucinó conmigo como tú hiciste entonces, y que hizo que lo reviviera un poco todo, justo cuando ya se me estaba olvidando. Me pregunto si alguna vez te acuerdas del mensaje aquél de Gene Kelly cuando llueve, si sigues disfrutando tanto contando a la gente que me ganaste al Trivial en mi propia casa y si todavía empiezas el periódico por la sección de deportes.

Me pregunto si alguna vez leerás esto y te asustarás, aunque creo que no deberías. Porque (y no me lo pregunto, porque sé que lo sabes de sobras) otra cosa no, pero esta sí y con un sí muy grande: eres mi ejercicio de estilo favorito. Lo cual es bonito y es bastante.