martes, 26 de febrero de 2013

A, B y Z.

A y B se conocen. Durante un tiempo conviven, bajo un estricto (aunque surrealista) horario de oficina. A es capaz de picar a B, y B siente que A no le cae mal de todo. Pasan unos meses. Durante esos meses, A y B trabajan mucho, se emborrachan (también con C, D, E, F, G… N) y se puede decir que lo pasan bien. Conjugan días de estrés y de resaca y, aunque las condiciones no son las mejores, aprenden a reírse juntos. Y con N también, por supuesto.

Al cabo del tiempo, una noche después del trabajo, A y B salen con C y D y E (N) a cenar algo. Luego se toman una copa, y dos y tres, y sin que haya ninguna intención previa acaban casi todos en casa de B. Gracias al alcohol y también a la inconsciencia, esa noche A y B descubren que pueden hacer algo más que reírse.

Al día siguiente B se levanta, vuelve a su mesa y cree que ha sido divertido y punto. Para su sorpresa, A escribe algo, nada concreto, pero el valor está en eso, en el algo. Más tarde comen con N y se despiden y B piensa que A es agradable por escribir. Y punto.

Pasa la semana con sus horarios indecentes. 7 días más, ni más ni menos, y N (A y B incluidos) salen de nuevo a tomar una copa. 1, 2, 3… B piensa que E y F son demasiado, pero de repente se encuentra otra vez en un taxi con A, el mismo alcohol y un poco menos de inconsciencia y esa noche se vuelven a encontrar de forma parecida (aunque no igual) que la primera. Al día siguiente salen todos juntos otra vez, y A y B vuelven a marcharse juntos, y lo mismo el tercer día. El cuarto (es domingo) A vuelve a escribir, esta vez más concreto y más bonito. Al leerle, B sonríe. Y punto.

Después llueve. Llueve durante muchos días seguidos. A y B ya se ven a menudo, porque además de a reír han aprendido a dormir juntos. A le cuenta, B le escucha y asiente y sonríe. Sigue habiendo alcohol pero casi no hay inconsciencia, y mientras, N, sin saberlo, les acompaña en su nueva aventura. Sigue lloviendo. Pero hay besos Fidel Castro, besos Gene Kelly, besos añejos, y A y B prácticamente no se dan cuenta de que pasa el tiempo y de cómo pasa. Si por un casual resulta que se dan cuenta, parece que les gusta.

Aquella semana B deja el trabajo y echa a A un poco de menos. ¿Dónde estará la inconsciencia? –piensa- y se pide otra copa. Le va a buscar, y ven películas, y cenan y beben y… llamémosle ETC.

Un día A y B cogen un tren, y pese a algún cambio brusco de vía, siguen riéndose y durmiendo juntos y están contentos. A hace misiones y B se ríe de él, y B se emborracha y luego deja que él también se ría. Descubren las gambas, y A le deja pedir lo que quiera y hasta le limpia el pescado. Curiosamente, hay un AC de por medio.

Vuelven y ya no pasan días, sino meses. ETC. Ríen, duermen, beben, hacen un viaje, luego otros viajes, van a conciertos. ETC, ETC.

Algún día A y B riñen por culpa del trabajo. Otros, por algo relacionado con N. Cada vez están un poco más tristes, pero como se quieren, siguen a lo suyo. Hay momentos bonitos, que luego B recordará de vez en cuando. Y pasan más meses, y hay más noches bonitas y más discusiones. Y más copas y más conciertos, ETC. 

Hasta que, pobres de ellos, sin poder hacer nada por evitarlo y con todo lo que conlleva, dan de bruces con la mismísima Z.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Por si acaso.


Pero por si acaso. Por si aún no le han dicho que estuvo ahí como nadie. Que pese a ser un idiota en muchas cosas, en esto siempre fue irreprochable. Que su lealtad para con él era infinita y que es imposible que no estuviera increíblemente orgulloso del tipo en que se había convertido.

Por si se le olvida recordar que cayera quien cayera nunca faltó a una de sus citas.

Y también por si estos días anda bebiendo demasiado. O demasiado poco, que sería igual de terrible. Por si le ha dado por pasear por los bajos fondos. Por si no le apetece escuchar música o ha dejado de leer. Por si hace demasiados días que no se deja acariciar. Por si siente esa clase de frío que es tan difícil sacarse de encima con abrigos. O por si se despierta en plena noche y al tomar consciencia de lo que pasa se le viene el mundo encima. Por si ha encajado regular el derechazo. Por si le está dando por llorar o por gritar en susurros, cabizbajo, ‘¿dónde estás?’.

Quizás soy lo que menos necesita.

Pero por si acaso. Por si él solo no se da cuenta de lo que se le echa de menos cuando desaparece. Al menda con los cuellos gastados de vacilar. Al chico dulce y cafre, tierno y algo estúpido, inteligente y macarrita. Al mejor contador de historias de este lado de Alabama. Por si esto ayuda a quitarle la lluvia de los zapatos y a suavizarle las patas de gallo. Por si pronto necesita una cerveza bien tirada. Por si le recuerda que siempre se la jugó como un valiente.

Porque, y puede que ahora no se lo crea, es un valiente.

Quizás soy lo que menos necesita.
Lo cual no era razón para no mandarle esto. Con un millón de besos de propina.

jueves, 14 de febrero de 2013

De añadas y frioleros.

Hace no mucho, estuvimos un fin de semana en un pueblo perdido – más bien perdidérrimo- del Pirineo catalán. Habíamos comido los primeros calçots de la temporada (quien no haya probado los calçots será incapaz de entender el hito sentimental que esto supone) y seguido con la consiguiente, valga la redundancia, sobremesa. O lo que es lo mismo: habíamos ingerido la cantidad de alcohol suficiente como para que, a falta de afición por algo incomprensible llamado Catán, alguien sacara una guitarra.

Los demás, con efecto inmediato, nos convertimos en un equipo de coristas borrachas de, siendo muy generosos, tercera división.

El resto es historia. Cayeron todos los temas del mundo, cada uno de su padre y de su madre: Sabinas y Calamaros, Muses e Irons&Wines… Qué sé yo. Pudimos estar horas cantando. O más bien intentándolo. Nunca llegaremos a agradecer lo bastante a los dioses la suerte de contar con él, bendito sea, que desde siempre ha sido el único capaz de afinar y por ende, de guiarnos a los demás en el misterioso mundo de la harmonía.

Porque lo que es el resto... Que Dios nos conserve la vista, porque el oído, desde luego, lo hemos perdido.

Decía que estuvimos horas cantando, así que nos dieron las tantas y se hizo de noche. Era un sábado del mes de enero. Pero nosotros, lejos de cejar en nuestro empeño, envidamos a la suerte y no sólo no dejamos de cantar sino que abandonamos el calor del salón de la casa para salir al jardín, a seguir con nuestra operación tuna particular. Dándole más rollo al asunto: montando el circo alrededor de un fuego que alguien, menos misericordioso que borracho, se había encargado de avivar. Por si en algún momento, de casualidad, nos daba por cenar, cosa altamente improbable.

Total, que allí estábamos. Ocho o nueve almas de cántaro –y nunca ha venido tan a cuento esta expresión- alrededor de un fuego a no sé cuántos grados bajo cero y encima cantando.

En estas llegó el típico momento entre canción y canción en que lo propio era discutir cuál iba a ser la siguiente.

Ya digo: el frío animal, la noche cerrada, el fuego crepitando. Muchos gorros y aún más guantes. Y claro, también un par de botellas y un par de pares de copas que se iban vaciando periódicamente desde hacía mucho –para entonces ya muchísimo- rato.

Fue cuando pasó. Empezaron a sonar los primeros acordes y las notas de la guitarra cortaron el aire.

El brinco en el corazón fue legendario. Habían pasado años desde la última vez que la oí. Había sido mi canción favorita. De las 4 o 5 que en algún momento me robaron el corazón de verdad, con todas las letras. Y ahí estaba, olvidada en lo más profundo de la memoria, vete a saber si como mecanismo de defensa o por qué extraño fenómeno psicológico. Enterrada en lo más recóndito. Hasta esa noche.

Como es natural, nadie más se la sabía. Es lo que pasa con las canciones que sólo se han publicado en EP’s prácticamente desconocidos. Pero precisamente por eso había que cantarla. Quién dijo miedo habiendo hospitales. Además, a esas alturas de la noche ya no quedaba el menor resquicio de vergüenza y a duras penas nos veíamos las caras más allá de los cigarrillos-luciérnaga que se encendían a cada calada.

El tipo de cosas que sólo pasan en Norteña. Un mano a mano prácticamente susurrado. Dos voces y todo el silencio del mundo alrededor. En un valle perdido entre montañas. Y la historia de un tipo que dejó escapar a una chica friolera y por poco muere congelado. Basada, además, en una tremenda melodía tradicional. De aquellas que han calado hasta los huesos a hombres y mujeres de todas las generaciones.


Una canción susurrada a dos voces con todos los ingredientes imprescindibles: mantas a cuadros, promesas, riñas, olas. Y también inviernos.
Inviernos infinitos, que son los más tremendos.



lunes, 11 de febrero de 2013

Febrero.

Febrero otra vez.
Y anda que no ha llovido.

Dejar la primera agencia y volar a Madrid.
Estar solo y que estar solo fuera más que bonito.
Caer rendido ante la belleza de la Filmoteca.
Ir a ARCO. Y a las fiestas de ARCO. Para volver casi siempre que has podido.

Que una madrugada, estando en Móstoles haciendo nada bueno, se pusiera a nevar. Conseguir llegar a casa a las mil quinientas y ver una peli de Woody Allen.

Conocerle a él y que el Lazarillo, a su lado, fuera un verdadero angelito.

Que despacio, con dulzura, casi con suavidad, llegara la primavera.
Descubrir que la luz de la ciudad entonces no se parecía a nada que hubieras visto antes.

Conocer un club privado digno de una película de Tarantino. Y a un dj directamente sacado de una de Todd Solondz.

Que un día cualquiera unos gitanos te cantaran en plena calle. Que no pudieran ser más guapos.

Viajar a Vigo, y a Cuenca, y a París, jugando a ser Willy Fogg por unos meses.
Volver a casa solo para oler el mar. Mentira: también para la feria.

Fracasar la cantidad justa de veces.
Recibir visitas animales.
Cerrar todos los bares que pudiste.

Y también leer a Esquilo. Y a Borges. Y a Lorca.
Conocer la sonrisa perfecta de un artista disfrazado de camarero.
Hacer el tonto con un profesor, previa matrícula de honor tremenda.
Desarrollar, en la misma línea de cosas, esa triple moral calidoscópica que aún conservas. Y hacerlo como si fuera tu misión en la vida.

Entender que difícilmente beberás cañas mejores.
Que estás jodido, porque lo que viviste ahí no se olvida.

Y matar por volver siempre. Llevar a todo hombre que te ha importado un poquito. Incluso tener que escapar, alguna vez, a lomos de un tren de esos rápidos.

Un tren como el que, y lo escribes conteniendo media sonrisa, cogerás, sin ir más lejos, el viernes por la tarde.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Por qué mañana voy a palmar del susto y el día 26 aún más.

Nací en julio del 84, y mi madre, que es el ser más forofo que conozco, jura haber sobrevivido a aquello gracias a las olimpiadas de Los Ángeles, si no de qué. Que no había noche que el maldito bebé que fui la dejara dormir en paz y que la salvaron del suicidio postparto las tropecientas pruebas de los juegos. Que no se perdió ninguna: del remo a la halterofilia, del bádminton a la esgrima. Y que decidió que si había que tener otra criatura sería coincidiendo con Seúl 88 or nothing. Ella es muy suya y al final fue nothing, y nunca se sabrá si fue por falta de olimpiadas en años impares, aunque yo no descarto la idea.

Me doy cuenta de cuán premonitorio fue este despertar mío a la vida en lo que a deportes se refiere, porque toda mi infancia estuvo marcada por personajes, carreras, partidos y demás citas deportivas que en mi casa se vivían con épica desaforada y lanzamiento de mandos a distancia contra una tele que, estoica como ninguna, resistió como una jabata. Si alguna vez me decido a creer en Dios algo tendrá que ver con la televisión irrompible de mi infancia.

De entre todos los personajes míticos de mi niñez sobresale sin duda el Pollo Pantani, que desde entonces me ha parecido el único ciclista creíble que ha tenido la historia de la humanidad ciclista. A mí no me cabía en la cabeza cómo se plantaban mis señores padres a ver el Giro, el Tour y la Vuelta durante horas interminables con el buen tiempo que hacía fuera y la playa al lado de casa. Pero no había Dios que los apartara de su sempiterno final de etapa, ni siquiera el día de mi mismísimo cumpleaños.

El Tourmalet, los puertos de categoría especial, las subidas a los lagos de Covadonga y las contrarrelojes eran viejos conocidos para mí, tanto como Oliver y Benji o cualquiera de mis peluches.

Después una cosa llevó a la otra. Los recuerdos –¿serán los años?- se difuminan, pero tengo la imagen de mis progenitores animando a Ben Johnson como si no hubiera un mañana, cuando éste ya le empezaba a ceder el trono a Carl Lewis. Sé que supe lo que era el SIDA a través de Magic Johnson a una edad más que tierna y también que Wimbledon y Roland Garros, en aquella casa, eran acontecimientos innegociables. 

Pasó el tiempo, y las cosas no se enderezaron. De aquellas, mis suspiros preadolescentes se dirigían –visto ahora, no me extraña: una, que ha tenido criterio desde tiempos inmemoriales- a Sasha Djordjevic. Nunca la combinación de coderas y rodilleras ha estado más al alza ni nunca nadie ha animado tanto a un cachorrito como él hizo con la Bomba. Los gestos de admiración del yugoslavo hacia Navarro hacían que el Palau entero se pusiese en pie, y a juzgar por la trayectoria del chaval nadie discutirá el buen ojo que tuvo el que fuera su maestro. Todavía hoy, los domingos a la 1 del mediodía que nadie coge el teléfono en casa toca suponer que juega el Barça de baloncesto, aunque últimamente nos esté dando menos alegrías.

Luego ah, el fútbol. Que merece un capítulo aparte. Con la obsesa de mi madre como fanática barcelonista y con mi señor padre diciendo que él ‘era del equipo que mejor jugara’, aunque con los años fueran saliendo a la luz sus inclinaciones madridistas y él perdiera toda credibilidad posible. Por suerte para ambos (y para la paz mundial) se separaron relativamente pronto. Yo, por mi parte, seguí la senda de mi madre, creyendo a pies juntillas que el equipo de uno es el materno, como la lengua, y visto así no hay más que hablar.

Al principio, no obstante, me limitaba a alucinar con la adrenalina familiar en los partidos, temiendo continuamente infartos que me dejarían huérfana y desvalida a mis años. Recuerdo la noche de Wembley y la botella de cava que se abrió en casa y también las de los clásicos, donde ya les podías decir a tus padres que te ibas con un narco al DF que ahí no te escuchaba ni Dios.

Pero hubo un antes y un después. Una noche en que sucumbí. Vaya si sucumbí.

Hablo ni más ni menos que del 5-4 del Barça-Atleti en Copa del Rey. Corría la temporada 96-97. Quien lo vio no lo habrá olvidado. Con una primera parte desastrosa, perdiendo 0-3 al descanso y el único atisbo de valor que mostró Bobby Robson en toda su vida, que fue aquel día al hacer los cambios. Es de aquellas cosas que no pueden describirse con palabras. Por si hay algún despistado en la sala: Hristo a tope, hat trick de Ronaldo y último tanto de Pizzi, elevando el ‘sos macanudo’ a categoría de oración divina. Bien; después de aquel partido, para volver en mí, tuve que meterme en la ducha. No me reconocía ni yo. El monstruo del fútbol me había poseído para siempre.

Lo demás es historia: querer mucho a Luis Enrique (como a cualquier hombre astur que se precie), vivir al borde del suicidio el descalabro de Figo, ver jugar a Ronaldinho, creer que Rijkaard tenía su qué… Y ya, casi anteayer, babear con Guardiola, claro. Asistir a la milagrosa invención del chupito-gol, mandando mi hígado (y el de toda la parroquia) al mismo carajo. No perderse ni medio partido. Rodar con Xavi y quedar afónica de un grito la noche de Stamford Bridge, vendiéndole el alma a san Andresito Iniesta con todo el convencimiento del mundo. Claro que volvería a hacerlo. Sobre Messi es mejor ni hablar, porque hay cosas indiscutiblemente insuperables. Subir las escaleras del Camp Nou cada vez como si fuera la primera. No palmar al acabar el verano sólo porque volvía el fútbol. Y en fin, mandar mensajes a mi madre después de los partidos, porque al final todo lo que he disfrutado de esto se lo debo a ella.

Dile disfrutar, dile sufrir. Como por ejemplo mañana. O en la vuelta de la Copa. Qué manera de bullir la sangre en las venas.
Es lo que tiene el famoso monstruito. 
Que no se muera nunca.

lunes, 4 de febrero de 2013

Stoner.


No han transcurrido ni 3 horas desde el despegue y en las pantallas el diminuto avioncito avanza despacio sobre el Atlántico. Píxel a píxel, lento pero seguro –pienso- aunque la verdad es que me parece una velocidad más propia de un paseo matinal de jubilados que de una máquina de ultraavanzada tecnología que, además, nos tiene que mantener a todos con vida. La paciencia, esa enorme virtud de la que siempre he carecido.

Es entonces cuando decido apartar estos pensamientos cogiendo mi libro.

Y lo saco del bolso, que he preparado como si en lugar de la soleada California, el destino de este vuelo de US Airways fuera el mismo Vietnam. Los ‘por si acaso’ son peligrosísimos y el miedo a carecer de cosas, por accesorias que éstas sean, también. Los chupa-chups de Cruyff, la libreta de Van Gaal, el teléfono rojo, la máscara de Hannibal Lecter… ¿Cuán importantes son los objetos banales comparados con el transcurso de la historia? No sé si me explico.

Saco el libro, decía, y me doy cuenta del riesgo que corro. Es el único que llevo conmigo en esta travesía que va a durar más de 20 días y prácticamente no sé nada de él. Se me antoja que la sensación debe ser parecida a la de casarse por conveniencia con un completo desconocido porque mi padre, cuyo criterio, por cierto, siempre ha dado entre miedo y risa, lo ha decidido así.

La analogía, por absurda que sea, hace que mire la portada con un horror inexplicable.

Mentira, algo sé. Si está aquí metido, entre decenas de trastos inútiles que cruzan el mundo conmigo, es por alguna razón. Fruto de alguna recomendación más bien vaga que ahora mismo soy incapaz de recordar. Tampoco conozco la editorial en cuestión. Puede que a los diez minutos de lectura lo quiera tirar por la borda (es un decir: la despresurización y demás consecuencias infernales me dan un miedo atroz, aunque no sé si tanto como la boda imaginaria) y me quede sin nada que leer. Con las manos vacías. Y eso, que yo recuerde, no me ha sucedido nunca.

El vértigo –y la claustrofobia- se multiplican.

Desestimo todo eso porque la elucubración como modo de vida siempre me ha dado bastante pereza y abro el libro, preparada para lo peor. Leo las primeras 3 o 4 páginas. Y maldición, porque debido a mi estupidez de serie o quizás al estupendo cóctel de Trankimazín y cerveza que me he metido entre pecho y espalda hace un rato, no me doy cuenta de lo que cualquier lector con criterio advertirá al momento de empezar a leer Stoner: es la novena maravilla.

Tienen que pasar un par de días de jet lag espantoso para que, sentada en un escalón de la casa donde vivimos en San Francisco, con un cigarrillo en la mano, pasando un frío de cojones, reemprenda la lectura y lo vea. La historia de este tipo hace que no solo le quieras con toda tu alma en cuestión de sintagmas, sino que, por poco dado a la reflexión que seas, te plantees el sentido de la vida página a página.

Haya calma. No me estoy refiriendo a un bucle filosófico-existencial (leí la novela durante un viaje etilico-festivo por la costa americana, no jodamos) sino a lo que es capaz de despertar el recorrido vital de un personaje contado con toda la honestidad y la sensibilidad del mundo. 

Porque William Stoner, ese campesino de origen más que humilde cuya vida cambia debido a los libros, es uno de los seres humanos literarios más fascinantes que jamás he conocido.

Con el permiso de Macbeth y el Quijote, claro.

Porque nada en su vida es extraordinario. Porque él no es ni de lejos un tipo brillante. Porque no solo no alcanza la fama sino que es el paradigma del hombre mediocre, por no decir del fracasado. Y aún así conoce la rabia, y el amor, y la pasión por lo que uno hace, y ese tipo de cosas por las que los mortales salimos de la cama todas las mañanas.

En esta novela no pasa nada. Nada en absoluto. Es la historia de una persona humana, de su relación con el mundo. Desde su infancia a su muerte. Podría espoilear uno detrás de otro los 5 o 6 pequeños hitos vitales que suceden en este lapso de tiempo y seguiría sin ocurrir nada. Hay que leerlo para entender lo que estoy contando. 

Hay que leer esta joya que firmó el tejano John Williams en 1965 y que, constatando que el género humano no se caracteriza por su inteligencia desaforada, ha pasado medio desapercibida hasta ahora.

La historia de un tipo corriente, como tú o como yo.

No se me ocurre una compañía mejor para un road trip, sea en Dodge de camino a Las Vegas o sea en metro, en el trayecto de casa al trabajo, que por cierto es el mismo que el del trabajo a casa recorrido al revés, lo cual siempre anima.

Da igual.
El corazón en un puño.
La carne del alma de gallina.
Stoner, de John Williams: la literatura era esto.

miércoles, 16 de enero de 2013

Mi ejercicio de estilo (moñas).


Las noches para mí son una especie de martirio. Alcohólico o no. Pero eso creo que ya lo sabes. Lo que no sabes es que la de hoy lo ha sido especialmente porque tú, sin avisar, después de tanto tiempo, has aparecido en mis sueños. Y sucede que yo abro los ojos y ahí estás y además estás exactamente igual que la última vez que nos vimos, o en realidad no: llevas melenas, con ese estilo desaliñado pero mono que has hecho tan tuyo.

Entonces te sonrío y tú también a mí, y luego, como un espejismo, desapareces. Y yo, ya despierta del todo, con los ojos como platos, me quedo mirando el punto fijo donde has aparecido y al momento, con la vista clavada en ese lugar, empieza, en modo lavadora desbocada, el interrogatorio.

Porque me pregunto si sabes que ahora me gustan los japoneses, aunque para tu desgracia estuvieras casi dos años sin pisar uno, en un dechado de tolerancia que te hizo merecedor del cielo, porque lo normal hubiera sido que me mandaras al mismísimo carajo y te fueras directo a darte un atracón de sushi por vena. Me pregunto si has vuelto a ver algún bodrio de Bourne, tú que sostenías que aquella cosa que vimos en un cine de Diagonal no estaba tan mal. Me pregunto si has cambiado el White Label por algo distinto o sigues haciendo que las acciones de la empresa suban día tras día en la bolsa. Me pregunto si aún encoges los pies sin darte cuenta y si alguien más te duerme a la espalda como yo hacía. Aplastándote, seguro, por mucho que me dijeras que estabas bien, porque eras, y me pregunto si aún lo eres, un caballero. Y también me pregunto si cada vez que alguien menciona a Hegel o a Holderlin o a Heidegger tú piensas en uno de nuestros trillizos imaginarios que iban a ser escandalosamente superdotados.

Me pregunto si habrás encontrado a alguien que te siga el ritmo canalla y acabe por los suelos contigo, o quizás a grito pelado en plena calle. Me pregunto si en ese caso le dirás que esa es la historia de tu vida, algo que siempre repetías y a mí no me podía repatear más. Me pregunto si habrás vuelto a pisar el Chicote y si tienes más fotos ridículamente moñas de besos en trenes, aunque el tren aquél ya no exista y los de ahora sean tan veloces y tan caros. Me pregunto si sigues comprando bambas molonas y si te has vuelto a partir la cara yendo en bici como aquella vez que me diste un susto de muerte y llegaste pareciéndote tantísimo a Scar.

Y como ya veo que no habrá quién me vuelva a dormir, me pregunto si sabes que mucho tiempo después acabé leyendo tu famosa Biblia de coña y que me hizo reír un rato. Si aún desayunas cortados y zumos y jamón del bueno cuando te levantas con resacas espantosas. Si has vuelto a pensar en comprarte un ático en la calle de la Reina o una casita en un pueblo con mar al norte del norte. Me pregunto si sabes que fui a ver a Leonard Cohen, que esta vez sí reuní las fuerzas, y que casi muero de emoción en el intento, y que la noche fue más bonita de lo que esperaba aunque tú no estuvieras conmigo.

Y también me pregunto si todavía das másterclases a alguien durante las comidas y las cenas y cuentas el conflicto de Israel y Palestina, o la guerra del Golfo, o anécdotas sacadas de artículos de Enric González. Me pregunto si te imaginas que, cómo no, yo ahora también adoro a Enric González. Me pregunto si alguna vez superaste el miedo y te pusiste al volante de un coche, aunque no sé si de saberlo me entrarían ganas de matarte, previa tortura china sin piedad y sin escrúpulos. Me pregunto qué pensarás de esta movida de la independencia, si habrás disfrutado a Guardiola la mitad que yo y si aún haces ensaladas con todo para cenar, y si te siguen quedando tan buenas.

Me pregunto si cuando subes a la casa de la montaña los viernes aún llegas tan de noche que es un cristo encontrar un lugar para cenar. Me pregunto si alguna vez te acuerdas de la sarde desastrosa y te da la risa y si las demás chicas leen contigo en silencio el Babelia tomando la primera caña. Me pregunto si has tenido muchas más siestas cafres como aquella, si te gustó Nueva York y si sigues fumándote un piti recién levantado con las noticias de fondo. Me pregunto si hace tanto frío en la estación de tu pueblo a las 7 de la mañana los lunes de enero.

Y a veces, cuando veo a alguien bailar como un loco, me pregunto si lo seguirás haciendo, si te seguirás dando al alcohol desde el mediodía, si te reirás de las damas entre la grosería y el halago, con lo tímido que tú eras y tal vez sigas siendo. Si continúas defendiendo que la mejor forma de ligar es beber cerca y si has abandonado al pesimista que llevas dentro y ahora sí crees que alguna vez será para siempre con alguien. Me pregunto si sabes que siempre he tendido a idealizarte un poco y que me tengo que esforzar para recordar las cosas que odiaba, que también eran unas cuantas.

Me pregunto si ha habido más mails llenos de ufs habiendo dormido una hora y si has vuelto a crear un cómic con dos personajitos molones y te has tirado horas dibujando en silencio en los bares ante la mirada atónita de los camareros. Me pregunto qué pensaste sobre el final de House, con lo borde pero adorable que nos parecía. Me pregunto si te has vuelto a ir de fin de semana sin maleta y si alguien ha tenido que comprarte ropa de supervivencia en h&m a las dos semanas de estar juntos. Me pregunto si habrás tenido que aguantar tu cartera para que otra hiciera cafradas en algún festival y también si en alguno te has acordado del beso aquél del medio de la pista cuya foto, maldita sea, creo que ya no veremos nunca.

Me pregunto si sabes que dejé el ajedrez la última vez que jugué contigo, me parece que en un bar –qué cosa tan rara- una tarde en el gótico. Me pregunto si llevas alguna pulsera hippie como las que compramos en el borne o el Palmar. Y me pregunto si sabes que hubo alguien hace poco que alucinó conmigo como tú hiciste entonces, y que hizo que lo reviviera un poco todo, justo cuando ya se me estaba olvidando. Me pregunto si alguna vez te acuerdas del mensaje aquél de Gene Kelly cuando llueve, si sigues disfrutando tanto contando a la gente que me ganaste al Trivial en mi propia casa y si todavía empiezas el periódico por la sección de deportes.

Me pregunto si alguna vez leerás esto y te asustarás, aunque creo que no deberías. Porque (y no me lo pregunto, porque sé que lo sabes de sobras) otra cosa no, pero esta sí y con un sí muy grande: eres mi ejercicio de estilo favorito. Lo cual es bonito y es bastante.

jueves, 3 de enero de 2013

No se puede.

Más abajo no se puede. Luego la maquiavélica secuencia tantas veces repetida: la sordidez, el monstruo insomne, inhalar y exhalar sin orden ni concierto, el peso pesado entre pecho y espalda. También los conciertos. Y los minutos de lucidez absoluta. Y la nostalgia. Y una tarde enorme. E irrepetible. Y el mensaje que al fin sí llega. Y un beso por mejilla que estalla en silencio. Y los 33 puntos. Y las 5.000 revoluciones por minuto. Y subiendo, siempre subiendo. Listas de libros inabarcables. Un recuerdo preciso y nítido y también todas las lagunas del mundo. Y el respetable anonadado. Y un par de pares de brazos. Una historia de amor en tres tiempos. Tejiendo y destejiendo. Con todo lo literal que puede llegar a ser eso. Las alas siempre al oeste. Las visitas fugaces. El desespero. Los planes que pese a todo salen y resulta que salen bien. Una tortilla de patatas rozando el larguero. Algo que se va soltando. Porque aunque nunca creímos en las amarras, vaya si las hubo. Suficientemente a menudo como para que el desgarro duela. Y la penúltima cafrada, con el decoro que se mide en grados bajo cero. Los soldaditos acribillados. En la arena, malheridos. Al otro lado del mundo palabras. Y al otro lado de la puta calle, un vals que resuena en las sienes. Lo cantan, suave y profundo, los mismos esclavos malditos. Los mismos artistas de siempre.

martes, 27 de noviembre de 2012

Es hora de.

Y entonces se hizo el invierno. Tardando lo que dura el otoño y un poquito más, porque hasta anteayer estábamos bebiendo en las terrazas de los bares, muertos de risa y de cigarrillos. En un año en que se descubrió que todo es posible, incluso tropezar con la misma piedra o llorar oyendo a san Leonardo, en una noche que merece tantísimo un texto propio que yo, de miedo atroz, soy incapaz de escribirlo. Y en que también se descubrió a un hombre que escribe como los ángeles y escucha a Nacho y ama los bares y detesta las tonterías, por muy madridista que sea el idiota. Por muchas historias de amor jodidas que haya vivido. Superviviente nivel: negro sobre blanco, que es la mejor clase de supervivientes que yo conozco, o al menos la más elegante. Malditas como siempre, asaltaron las preguntas, incluso a traición y en mitad de los sueños. Las respuestas, como suele pasar  -como debe de ser-, nunca llegaron. Hubo un cuatro en raya de domingos lluviosos teléfono en mano y hubo despedidas y hubo recuerdos. Recuerdo estar en un Tony 2 a puntito de cerrar y, rezando para que no lo hiciese, contarle a alguien que la felicidad debía de parecerse un poco a eso. Recuerdo una tarde donde se mezcló todo. El vino y el licor café. La dulzura y lo más salvaje. And though she be but little, she is fierce. Recuerdo una barra en el Sacromonte, una noche de goles animales y una después de un concierto. Recuerdo una furgoneta con el maletero abierto, en un valle de cuyo nombre no quiero acordarme. Recuerdo una siesta impostora y redentora y monolítica y lapidaria. Recuerdo, porque no las quiero mirar, un par de fotos y una mandíbula. Recuerdo el carrito de homeless que vigilamos anoche. Justo cuando se hizo el invierno.


lunes, 19 de noviembre de 2012

Ahí, el frío.

Desde hace 5 años, todos los inviernos, de lunes a viernes, en horario laboral, muero de frío. Son unas 7 u 8 veces al día, las que salgo a fumar un pitillo en la escalera de incendios de un metro cuadrado que hay a 5 pasos de mi mesa. Tiene la altura de un cuarto piso y no está para nada resguardada del viento, así que yo calculo que la temperatura debe ser unos 2 o 3 grados menor que la de la calle. Y eso, en diciembre y en febrero, significa estar a pocos grados. Pero como si nevara. A mí me da igual, yo salgo religiosamente cada vez que me apetece fumar, que es bastante a menudo. Vaya, que habré salido cientos de veces.

'La pobre está tarada', pensará más de uno. 'Helarse mientras se gana un cáncer de pulmón, todo junto.' 'Además de cornuda, apaleada.' Pero no saben cuánto me gusta fumar. Que me gusta bastante. Ni tampoco lo que me gusta ese metro cuadrado que se parece a los Alpes, por urbanas y mundanas y catalanas que sean las vistas. Ni lo que me llega a gustar el aislamiento momentáneo que consigo ahí, en mitad de e-mails y reuniones y conversaciones y demás historias que pueblan un día en el trabajo. Se ha convertido, de hecho, en uno de mis sitios favoritos en el mundo. Tal cual lo oyen.

Porque ese es el lugar donde, tras horas y horas buscando una idea medio buena o la frase cuasi perfecta, ésta -como un milagro- se me aparece. No me ha pasado una o dos tardes, sino muchísimas veces. De tal forma que tengo que dejar el cigarrillo apoyado en cualquier lado (muchos días el maldito va y se vuela) y entrar como una posesa para escribirla en algún lado, no vaya a ser que tan rápido como ha llegado se marche volando, como el pitillo. Es el lugar donde he discutido con todos mis novios y desde donde he mandado mensajes locos a mis amantes. Llorando como una condenada o con una sonrisa burlona en la cara. Ahí se han gestado las mil y una convocatorias para ver jugar al hombre-perro, todos juntos, donde siempre. Ahí es donde mi madre, siempre al teléfono, me ha tranquilizado sobre unas dos mil cosas que ahora mismo soy incapaz de recordar pero en su momento me agobiaron como el demonio. Ahí, cigarro en mano, he celebrado de forma privada pero exultante cada billete de avión comprado en este tiempo. Qué sé yo: Budapest, Croacia, San Francisco, Granada. Y ahí, cómo no, también me han asaltado todos los recuerdos de Budapest, Croacia, San Francisco y Granada. 

Ahí, sin ir más lejos, se me acaba de ocurrir este post, después de un tiempito sin escribir nada. Y me he dado cuenta que el frío atroz en ese metro cuadrado es mucho menos atroz y que hace tiempo que merecía constar por escrito.

jueves, 11 de octubre de 2012

Lo dice Hemingway, no yo.

“Para escribir sobre la vida, ¡primero hay que vivirla! Y es que si uno va a ser escritor, tarde o temprano escribirá sobre todo: los lugares que ha visitado, la gente que lo ha traicionado, las damas que se ha tirado, las ganancias y las pérdidas, y aquellos momentos en que uno piensa que el mundo le pertenece”.

Respect.

lunes, 1 de octubre de 2012

señardá


Aquella noche, de festival fuera de casa, dejamos atrás los remilgos. Si se enteraban, qué más daba. Incluso si nos veían uno encima del otro. Qué le íbamos a hacer. Montamos un puzzle tremendo para poder dormir juntos, pidiendo favores a los pobres compañeros que compartían habitación con nosotros. Imposible decir cuál de los dos le tenía más ganas al otro. Llevábamos un par de meses sin vernos, hablando por teléfono. Cogimos una bicicleta, sólo una. Decir que habíamos bebido un poco es un eufemismo. La caída fue legendaria. 90 kilos de menda encima. La anestesia etílica ayudó bastante, y la hostia se convirtió en una especie de mito griego en modo vikingo. Por primera vez entramos y salimos del hotel sin parecer polizones. A la mañana siguiente, pronto, destrozados los dos, bajamos a desayunar. Luego él se fue a la playa. Ignoro con qué fuerza interior. Y cuando aparecí yo casi al mediodía, con el resto de colegas, se vino a sentar a mi lado, invadiendo la toalla y el espacio. Fue su forma de decir ‘qué pasa, vale ya de hacer el tonto’ y el personal, sin más, lo captó. Los moratones duraron semanas, y lo que es peor: hubo muchos, muchísimos más.

Yo estaba en París cuando me encontré las 9 llamadas perdidas. La decisión estaba tomada. Y algo dentro de mí dice que así es como debía ser. Sobre todo en cuanto a reencuentros animales se refiere.

……………..

Todo empezó una mañana de marzo. Había dormido menos de 2 horas y por eso tardé en recuperar la conciencia. Pero el tiempo que pasó hasta que me desperté del todo no importa. Lo que importa es que en aquel momento él estaba encima mío, y hacíamos el amor por segunda vez en la historia, en nuestra historia. Solo con ese dato, con ese detalle insignificante, ya debería haberlo visto. Había un imán entre nosotros. Nunca me había pasado antes, me refiero a hacer el amor absolutamente inconsciente, y no por culpa de una borrachera, sino en un estado de abandono total. Mi cuerpo volando solo. Ni una conexión con el planeta tierra. Nunca me había pasado antes y tampoco me ha vuelto a pasar después.

Digamos que las condiciones no eran las más adecuadas para empezar algo. Había alguien más en el panorama, y también algo más que no nos permitía tirar millas libremente. Nos dio igual todo. El sentimiento, desde el principio, fue más fuerte, y nos enfrentamos a todo lo que se iba oponiendo. No fue especialmente fácil ni tampoco especialmente difícil. Simplemente sabíamos, con una claridad meridiana, que no había otra opción.

De todas formas, tuvimos que escondernos. Durante el primer mes, más o menos. O quizás fueron seis semanas. Excepto un par de veces que salimos de la ciudad, estábamos permanentemente alerta. Una noche, cenando en un restaurante, un grupo de compañeros pasó por delante de la gran cristalera: debí de contener el aliento un minuto entero. Él, de espaldas a la ventana, no los vio. Hubo otros sustos. El riesgo lo hacía todo, si cabe, más intenso. Al final solo éramos libres en una de las dos casas, y también cuando nos íbamos a otra ciudad. Entonces nos cogíamos de la mano por la calle, o nos dábamos besos, o me cogía en brazos, borrachos como cubas los dos invariablemente, por fin libres. Pero en nuestra ciudad no. A veces nos rozábamos en el ascensor, para adoptar una falsa distancia cuando se abrían las puertas. En aquel momento parecía que nada ni nadie podría separarnos. Cualquiera de los dos hubiera puesto la mano en el fuego. No teníamos la menor idea de lo equivocados que estábamos.

……………..

Otra vez primavera. Entonces yo vivía en otro mundo y tardé poco en descubrir que él efectivamente parecía de otro mundo. Las noches eternas, las maratones más propias de un extraterrestre que de un ser humano. Al menos como los que yo había conocido hasta entonces. El acento, la media sonrisa pícara, los litros de mojito compartidos. La noche que me presentó a sus compañeros y acabamos todos en un club privado de cuyo nombre no quiero acordarme. Haciendo el cafre como muy pocas veces en la vida. Sin concesiones, sin puertas, sin ventanas. All night long.

El mismo guión tantas veces repetido. Es jueves y anochece. Primero las mil quinientas cañas. Luego ver si cenamos algo, aunque ambos sabemos que lo que interesa es el vino. De repente corte y uno de los dos se levanta y pide la cuarta copa. Y luego a casa, claro. A tomar el último chupito y sacar al alien que lleva dentro. Hasta que se hace de día –por fin viernes- y llama al curro desde la cama diciendo que está haciendo unas fotos en, pongamos, la t4. Entonces vuelta a empezar, y en algún momento toca suplicar piedad y levantarse cojeando y llegar a la ducha, y pedir que vayamos a por el periódico y la primera caña y… Si la buena vida existe, se parece mucho a ese tándem de jueves y viernes agotadores y tremendos.

Luego la noche en que, pasado un tiempo, estuvimos bebiendo en su casa. Después de cuatro horas hablando y tomando una copa tras otra en el sofá, le dije que me iba para casa. Él respondió que me acompañaba a la puerta. Y entonces me cogió en brazos y me llevó a la cama. No hubo protestas, ni remilgos, ni tonterías. El otro día de repente me acordé. Y me di cuenta de que es probable que no lo olvide nunca.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Without pickles.

1. La historia arranca a las 7 de la mañana, de meeting point en el airport, últimos 6 pitis del tirón a pulmón y una de cal y otra de arena. Casi 9 horas de vuelo plácido con sus birritas y sus pelis y 6 más de corrientes infernales y ahí te pudras, escala tremenda mediante. Festival del pasaporte y performance a cargo de unos peaches disfrazados de apples prohibidas. Han pasado 20 horas y llegamos: not bad, peñita.

2. Empieza la Dodge story. Conducir por San Francisco de noche no es un problema si llevas un GPS humano. Cenar a las 22h sí es un problema, pero al final cae la primera de sushi con beers. Dormir 5 horas es directamente misión imposible, y obviously no lo conseguimos.

3. De ahí al Fisherman’s Wharf a dar los buenos días a los leones marinos y a desayunar como los cerditos yankees que somos. Y paseamos por el downtown y por Chinatown hasta que damos de bruces con la siesta más jarta del mundo. Pero a grandes jet lags, wings radioactivas y el gogó más gayer nunca visto.

4. Kerouac mola. Nunca hay suficiente vino. Ni suficientes picnics. Qué maravilla de Whole Foods y qué bonito el día en Sonoma. Sesión de fotos bucólica y doble cata mortal para terminar en el famoso pollo del hueso de pollo. Si hay que beber sangría se bebe. Si resulta que los negros no son simpáticos, pues será que no lo son. By the way, primera ronda de chupitos con los amigos anfitriones.

5. Dormies mig agafada al meu braç… hasta que te dio el jamacuco. Trankimazín por vena (mano de santo) y carretera y top manta a Yosemite. Defiéndete de los osos como puedas y primero de los mil ‘visto, molt bonic’ del viaje. Odisea en Bishop para conseguir motel con cenita molona y pasillo del resplandor incluído. Y, a falta de bowling, seguimos para bingo.

6. El Death Valley es para palmarla, pero lo es más el pueblo fantasma camino a Las Vegas. Mentira: para palmarla es Las Vegas. Cenando en el Bellaggio y jugando a la ruleta aún más.

7. Día molón de laundry y piscina y barbacoa, y teniendo berberechos y carnaca quién quiere ensalada chunga. Aquí hemos venido a barrer… y a intentar casarnos. La despedida de soltera express no tuvo precio y el drive thru de vuelta a casa no tuvo nombre. Ojo, comer bikinis dormido es el nuevo deporte olímpico y tenemos medalla de oro.

8. All you can drink? Challenge accepted. Con la inestimable colaboración de Elizabeth y de Rod Steward y de Jägermeister. Spanish girls know how to party, claro. Hasta que caen en picado… en una estupenda limusina. Cámaras de seguridad, moquetas manchadas, tumbos varios... En fin, lo que pasa en Las Vegas... por poco nos mata.

9. Pero amanece que no es poco y seguimos vivos y es un milagro. Vomitando por dentro con toda la dignidad del mundo, eso sí. Así llegamos al díner más molón del globo y al cañón más espectacular del globo, puesta de sol incluída. Lo del alemán y las nubes y el atracón de patatas chungas no pudo estar más a la altura.

10. De aquí a jugarnos la vida en un teleférico en Palm Springs y a comer en el Far West medió el desierto de Arizona: interminable es poco. Menuda área de descanso, menuda comida de luxe en la gasolinera Love. Y una bonita tarde llegamos a San Diego dispuestos a dejarnos los zapatos y también el hígado. Tremendo día mundial del copazo y la langosta, por no hablar del sector fumeta y el batallón de colegas invita-a-chupitos. Que conste en acta: Líbido, ten points. Y los demás felices: uno menos en el zulo.

11. Trabajandoooo, en equiiiiipoooo, llegamos a Mordor, digoooo Venice. Por un lado la barbacoa, la rambla de las estrellitas y la mierda de casa de Paris. Por el otro la hip hop party, el antísonar y el Chateau Marmont. Así, all together: la esquizofrenia está servida y el peregrinaje por toda la city para llegar a casa de noche también. L.A. era una fiesta. #graciasnacho.

12. Foooto, foooto, foooto! Del subidón Transformers a las vistacas Griffith, y de ahí más millas marinas al norte. A descubrir que Dinamarca está en California y que hay restaurantes chinos con mil estrellas michelín y también panchitos que se la pegan de la emoción cuando beben con molonas españolas. Lo más de lo más.

13. Y los días pasan y el frío es polar en la costa de California y hay más puestas de sol y más vino en Morro Bay. Cantar la bamba y –no sé qué es peor- bailarla. Pegarse el hostiazo del siglo. Sentirse crazy y elegir la carretera que no toca. Y recorrer las mil curvas de Big Sur para llegar a Pijo-by the sea y luego a Santa Cruz, donde ya se sabe: a falta de sexo, rollercoasters. Por no hablar del chapuzón en modo revolcón animal en el Pacífico. Mediterráneamente? Nos partimos.

14. Por increíble que parezca, el círculo se cierra y volvemos a San Francisco, donde más que souvenirs pillamos beers. Y Chianti y más mini-copitas y un estupendo hotelaco y el día más largo del mundo, que termina en un fabuloso párking y de ahí embarcamos a Philadelphia y a casita. Y al the end no le siguen los dos puntos suspensivos.

15. Ahí quedan los 20 días, las 3.000 millas, los 200 tetris y las 1.000 performances, las burgers y los temazos, los cincuenta outfitters y el trillón de fotos, los tropecientos turnos de ducha y los mil sofás-cama, por no hablar de los cafés en modo mascota o del coche directo a la basura.
Ahora sabemos que los pasillos de los moteles son el mejor after, que las birras se miden en pitchers, que la depilación láser se sale, que hay un mamachicho entre nosotros, que la gravy es espesita y que un road trip en modo six-pack puede ser una locura pero también la monda. Y todo without pickles, con el viento al pelo y sin despeinarnos: that’s the way I like it.

lunes, 30 de julio de 2012

sin nubes negras detrás.

y me vi llorar,
un río a cada lado
de mi rostro sin desmaquillar
como la propia caty jurado
pero sin nubes negras detrás.

y me vi beber,
en una maratón de 15 horas
que acabó como acaban las grandes maratones,
en noches de blanco satén,
mañanas de resaca y moratones.

y me vi reír,
nadie nunca fue mejor acompañada
porque zipi y zape nunca fallan
bendito par en misión rescate
cofrades de la santa animalada.

epílogo entre maletas, armónicas y panderetas:
entre el dolor y la nada hay que elegir el dolor.
todo lo demás es de cobardes.
en realidad no hay opción: quien lo vivió lo sabe.

y entre la resaca y la nada, qué queréis,
todavía hay menos dudas;
en todo caso otra cerveza y carcajadas.


lunes, 9 de julio de 2012

ella.

Esto es porque nunca nadie cocinó y nunca nadie cocinará mejor que ella. Porque si alguien sabe algo más de sacrificio, o de amor incondicional -que viene a ser lo mismo- es un puto extraterrestre. Porque perdió a todos los que la rodeaban y aún así siguió viva -probablemente más que nunca. Porque aún hoy sigue aprendiendo con un hambre animal, de neurología a política, de biología a matemáticas, y suma y sigue. Porque no pudo estudiar y aún así la muy bestia sabe más que nadie. Porque es tolerante y valiente y dulce. Porque es sensible hasta límites insospechados. Y porque es más fuerte de lo que todos los demás seremos capaces de soñar por mucho que vivamos. Porque no es una madre pero como si lo fuera. Porque vive sin dar lecciones pero su vida es una lección maestra. Porque casi no oye, y es incapaz de percibir los sabores y aún así sonríe cuando le llevas un pastel un domingo por la mañana. Porque guarda secretos como nadie. Porque a su lado está prohibido estar medio triste. Porque si la ves leer como un crío se te caen las lágrimas. Porque si alguien merece seguir aquí, a nuestro lado, es ella y nadie más que ella. Porque es imposible querer más a una personita molona, enorme, maravillosa, única, que en unos días va a cumplir ochenta y tres veranos. Y porque el día que no esté nos va a matar a todos un poquito; y el vacío, el muy maldito, no va a poder explicarse con palabras.