viernes, 13 de noviembre de 2015

El bar de las grandes esperanzas.

Si Stoner se me apareció en un vuelo con destino San Francisco, terminé El bar de las grandes esperanzas en uno de vuelta a casa procedente de Dublín. No puede ser casualidad que ambos trayectos se me pasaran en un segundo, a mí, que siempre tuve una claustrofobia atroz en los aviones, por no hablar del mono de tabaco. 

La historia de Moehringer es la de un chaval que crece sin padre –o peor, con un padre al que sólo puede escuchar a través de la radio y al que llama La voz- y que encuentra respuesta a la mayoría de las cosas en un bar, que acaba convertido para él en un lugar mítico. Una especie de Comala a las afueras de Nueva York, y no queda muy claro si al lugar donde has sido feliz hay que tratar de volver o no, aunque lo haga.

No tiene el tono y el estilo de Stoner, pero es igual de emocionante. Como en Stoner, el momento en que el protagonista descubre los libros marca un antes y un después, portadas arrancadas mediante. Su primera visita a Yale hace que, literalmente, salten las lágrimas. Y cada vez que se hunde, que no puede, que fracasa en su empeño, se convierte en un personaje más verdadero y más fascinante; menos personaje.

En el bar se hace un hombre, una de sus grandes obsesiones. Lucha contra su nombre, contra el amor devastador por una chica caprichosa, contra sus propias frustraciones, contra la pobreza, los complejos y el miedo. Aprende que la confianza lo es todo y que el verdadero monstruo está en la decepción. Entiende que cuanto más miedo dan las cosas, más hay que afrontarlas. Y crece: va creciendo con ello.

Por el camino, convierte a los parroquianos del bar en sus grandes héroes y habla de ellos –y en especial del tío Charlie, paradigma de la adicción a la derrota- con más amor que el que hay en la mayoría de novelas románticas. Al final, en su empeño por desarrollar la masculinidad, descubre que todas las cualidades que admira están en una mujer. Ni más ni menos que su madre, con quien cierra los agradecimientos de este libro.

A lo largo de la historia Moehringer se la pega una y otra vez. En el colegio, en la universidad, en el New York Times, en la vida.


Aún así, leer y escribir le salvan. Y en serio: lo hace maravillosamente.

martes, 27 de octubre de 2015

Últimas adquisiciones.

Por enésima vez: pase lo que pase -y siempre pasa- la música está ahí. Construyendo alrededor de cada debacle una bonita banda sonora. Siempre acompañando cualquier crisis, todo estado de ánimo posible. 

A noviembre, por suerte, no le faltarán conciertos, y sólo por eso merecerá la pena vivirlo de pie -cerveza en mano, allá por la cuarta fila.

Ya se sabe: a cada conversación pendiente, una letra asesina. Un susurro, un par de acordes, una segunda voz. Aquí van tres pruebas de ello.

Belleza y miedo. Es difícil elegir dos palabras más cabronas, capaces de provocar tanta parálisis. Aparecen animales en parques nacionales, corresponsales del tiempo y cosas tan fundamentales como salvarse en el último momento. La cantan Ricardo Vicente y Zahara.

La casa vacía, de Manolo Tarancón con Xoel López. Parece que el único secreto es seguir escribiendo canciones.

Ningún nombre, ningún lugar, con la que la otra mañana le vi bailotear por ahí. Eso me hizo sonreír, por mucho que el tema hable de recoger nuestras tripas otra vez, lo cual desgraciadamente me suena. Casi tanto como los pájaros que pierden el control. De cualquier forma, va a ser un lujo oirla en directo, Xoel. 

El bonus track se lo lleva san Leonard Cohen, cuyo documental veremos en cuestión de días. Imposible elegir una sola canción; es lo que tienen los genios.

viernes, 16 de octubre de 2015

Gracias, Rabudo.

Seguí durante un año y pico la travesía del periodista Nacho Mirás en su lucha contra un tumor cerebral atroz.

Su actitud, su brillantez escribiendo, la valentía, el humor veces macabro con que trataba su drama, la sensibilidad desaforada que se gastaba el maldito... fueron un cable a tierra en muchos momentos difíciles, cuando sentía la tentación de abandonarme a mis propias mierdas, insignificantes al lado del monstruo que le acechaba a él y con el que tan bien lidió durante tanto tiempo.

No se me ocurre otra manera de explicarlo: fue un cable a tierra.
Desde ayer, un cable al cielo.

martes, 13 de octubre de 2015

Sobre Esta boca es mía.

El otro día, hablando con un amigo, lo vimos, claro y meridiano. Si no Esta boca es mía, cuál.

Corría 1994 y el bueno de Sabina acababa de reventar la banca con Física y química que, claro que sí, era un discazo. Si quedaban dudas sobre su talento como letrista y sobre su carisma como personaje, se las merendó con ese álbum sobrado de sensibilidad, personalidad y ese canallismo de pirata cojo tan suyo. No sabemos qué hubiera hecho otro en su lugar después de eso. Él no se amilanó, desde luego.

Con un título revelador y un tracklist quizás algo menos evidente (Y nos dieron las diez ya era un himno) salió a la calle Esta boca es mía. Y aunque es complicado señalar una sola canción que no esté a la altura, sí que hay 6 o 7 que con toda probabilidad lo hacen el más redondo de la primera mitad de la carrera del artista, por lo menos hasta19 días y 500 noches, mucho más popular, por otra parte.

Abrir con Esta noche contigo fue una bendita declaración de intenciones: una canción de amor al más puro estilo Sabina, cargada de metáforas en un ambiente urbano con multitud de guiños a cual más certero. Y si no, que se coman a besos las colegialas a los artistas.

El bulevar de los sueños rotos no es una canción, es uno de los mayores piropos jamás cantados. Quién no mataría por ser una mestiza ardiente de lengua libre, gata valiente con piel de tigre con voz de rayo de luna llena. Si no conocen a la mujer a la que van dedicados esos versos, ya tardan: Chavela Vargas es uno de los personaje más fascinantes del universo Sabina. Sólo por ese “quién supiera reír como llora Chavela” este álbum ya habría marcado un antes y un después en toda regla.

Pero hay más, mucho más. Incluso en estos tiempos, aún pareciendo un tema menor, es de aquellos en que el desamor se trata con imágenes soberbias. Todos los dias ﷽﷽﷽﷽﷽﷽desamor se trata con imad lo hacen el m que van dedicados esos versos, ya tardan. Chavela Vargasías tienen ese instante en que me jugaría la primavera por tenerte delante es una prueba de ello. O bien ese todos los días tienen unas horas para gritar al filo de la aurora la falta que me haces. Rima compleja, mensaje claro: marca de la casa absoluta.

La siguiente joyita es Siete crisantemos. Fantaseando con recapitular (algo que ha ido haciendo siempre), Joaquín nos cuenta que se le ha olvidado ya el lugar de donde viene y puede que no exista el sitio a donde va, entre otras perlas pseudo-confesionales. De los versos “también en el infierno/ llueve sobre mojado,/ lo sé porque he pasado/ más de una noche allí” no se recupera uno con facilidad.

Imposible no quitarse el sombrero con Ruido. Durante mucho tiempo, la introdujo en los conciertos con una pequeña anécdota que encierra la mala leche que transformó en poesía en la canción: “Mis padres vivían encima de una discoteca. Siempre se quejaban, los de la discoteca, de que hacían mucho ruido.” Hay que escuchar este tema, cuya instrumentación, además, es de las más notables de todo Sabina.

A partir de aquí llega lo que podría ser una cara B algo menos brillante, si es que se puede considerar poco brillante algo que se cierra con Más de cien mentiras y la homóloga Esta boca es mía.

Por su lado, Más de cien mentiras es una de las pocas canciones de la época que Sabina sigue tocando en directo; por algo será. Se trata de una retahíla de motivos por los que vivir que incluye casi todos los símbolos del universo del autor: los trenes, los bares, los amores que matan, saliva, cinismo, locura, deseo y probablemente uno de los versos más inspirados del álbum, un alma en oferta que nunca vendimos.

Y lo de Esta boca es mía… Lo de Esta boca es mía es otra liga. Empieza con un verso de Benedetti a modo de aviso para navegantes y sigue a la altura si no más allá. Llegados a este punto, no se me ocurre nada mejor que copiar la letra íntegra. No pueden no escucharla.

Más vale que no tengas que elegir
entre el olvido y la memoria
entre la nieve y el sudor.
Será mejor que aprendas a vivir
sobre la línea divisoria
que va del tedio a la pasión.

No dejes que te impidan galopar
ni los ladridos de los perros
ni la quijada de Caín,
que no te dé el insomnio por contar
las gaviotas del destierro,
las amapolas de París.

Te engañas si me quieres confundir
esta canción desesperada
no tiene orgullo ni moral.
Se trata solo de poder dormir
sin discutir con la almohada:
dónde esta ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽on la almohada:
mir
ndir
homenajearla que poniendo la letrParjada de Cata el sitio a donde va, entre otras perlas pseuá el bien, dónde está el mal.

La guerra que se acerca estallará
mañana lunes por la tarde
y yo en el cine sin saber
quién es el malo mientras la ciudad
se llena de árboles que arden
y el cielo aprende a envejecer.

Y sal ahí
a defender el pan y la alegría.
Y sal ahí
para que sepan
que esta boca es mía.



martes, 29 de septiembre de 2015

Ten paciencia.

Hoy una canción casi me mata. Es, como todas las canciones asesinas, insoportablemente triste y en ella aparecen unos versos de Luís García Montero que no pueden tener más sentido:

"Porque el mundo es así, y vengo herido,
ten paciencia conmigo".

Así que nada de lo que pueda escribir yo hoy va a explicar mejor algunas cosas. 

Aquí la letra.

"Ojalá pueda hacerte reír como nadie
y mucho más que ninguno.
Que me veas valiente cuando me acobarde
y que nunca descubras el truco.
Pero el mundo es así, y vengo herido,
ten paciencia conmigo.

Ojalá no te duelan las mismas canciones
y no te falten amigos.
Para cuando no rime con nada tu nombre,
para cuando algún torpe te saque de quicio.
Pero el mundo es así, y vengo herido,
ten paciencia conmigo.

Si te aburres de mí,
si no es lo mismo,
ten paciencia conmigo."

Aquí, algún rato, la vida.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Las manos fuertes.

Son las 5 de la tarde y lleva más de dos horas inmóvil, en la misma posición exacta, ligeramente inclinado hacia la derecha en la butaca. Nadie sabe en qué piensa, si es que piensa. Sí que oye lo que pasa a su alrededor. Ellas dos trastean, se gritan, suben todavía más el volumen de la tele: lo de siempre. Le miran a menudo o comentan algo sobre él, que se ha vuelto el centro de todo. Lo de siempre.

Tiene muchos cojones haber tenido 13 hermanos y haber perdido a seis de niño. Pero tiene más tela todavía haberles sobrevivido a todos y no acordarse de ninguno. Y eso que les cuidó cuando sus padres se marcharon y esa infancia le dejó un rictus que nunca le abandonó: una austeridad rígida y terca que solo se relajaba cuando le decía que había sacado sobresaliente. Entonces suavizaba un poco el gesto y me daba la mano, fuerte. Como si yo fuera un hombre y no una niña, fuerte.

Son las 5 de la tarde y hace al menos dos años que no reconoce a nadie. Ni a su mujer ni a sus hijos ni a sus nietos, a nadie. Desde hace meses, apenas fija la mirada y tiene que comer purés y beber agua con espesante, para no atragantarse e infectar sus pulmones maltrechos. Si no se mueve se le llena el cuerpo de llagas y si lo mareas mucho se queja pronunciando sonidos incomprensibles. Se hace difícil acertar, pero se intenta.

Tiene muchos cojones haber nacido en Córdoba para emigrar a Gijón y de ahí a Catalunya. Significa algo así como no haber sido realmente de ninguna parte. Tal vez por eso no se ató a nada, y ese desarraigo fue una seña de identidad que llevó siempre con él. No tuvo demasiados amigos ni fue especialmente cariñoso con nadie. Era generoso, eso sí: “no se dice quieres, se dice toma”, y el acento andaluz impresionaba. Partía los caramelos con el cuchillo porque eran demasiado grandes para unas manos tan pequeñas. Jugábamos al dominó –a la garrafina- y me trataba como a cualquier otro hombre del bar. Su Torres 10, mi Fanta, y veinte duros encima de la mesa que iban a la hucha al final de las partidas, por mucho que siempre me ganara.

Son las 5 de la tarde y hace semanas que alguien dijo que ya era cuestión de semanas. Ahí está, inclinado a la derecha en la butaca, mientras el tiempo pasa y se va difuminando sin remedio. Duerme mucho, cada vez más, es muy raro que sonría. Solo sigue apretando la mano cuando se la das. La aprieta fuerte.

Barcelona, a 21 de septiembre. Día Mundial del Alzheimer.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Los bares donde nacen las canciones (I)

El título está inspirado en un verso. Dale, Quique.

El primer recuerdo que tengo de un bar es horrible. Se llamaba (se llama, creo que aún existe) El Jerezano, y era el lugar donde yo acompañaba a mi padre a tomar algo las tardes de Nochebuena, en una burda excusa para sacarme de casa y que al volver, ya anocheciendo, me encontrara con los regalos que había dejado para mí Papá Noel -en forma de madre. Pues bien: era un antro sucio, oscuro y carajillero donde no había una mujer a mil millas y todos los parroquianos parecían igual de sucios y de oscuros, por no decir de desdentados. Yo tenía 4 o 5 años, las tragaperras sonaban que ni en Las Vegas y aún no he logrado saber por qué razón mi padre no me llevaba a la cafetería decente que había a un par de calles. Eso sí, había una máquina que sacaba pistachos –infectos, supongo- cuando metías una moneda de 25 pesetas y que intuyo que fue la única razón por la que no llegué a palmar ahí dentro.

El siguiente bar es un tópico tan absoluto como entrañable: el de una facultad, la nuestra. Eso significa que más que un bar aquello era nuestra casa, y de allí salió lo que somos ahora. Todavía ahora no entiendo por qué nos metimos a estudiar eso, en ese sitio; a la vez, no puedo estar más agradecida. El caso es que se ha convertido en un lugar tan mítico como Troya o la Atlántida, porque fue donde nos conocimos, donde esperábamos a que todos saliéramos del maldito examen para correr a tomar hectolitros de cerveza y donde jugamos a las cartas como si disputáramos la mismísima final de la Champions o la de los 100 metros lisos en unas olimpiadas. No exagero nada: si no nos apuñalamos entonces ya no lo haremos nunca y una partida oficial, de lo que sea, ya nunca será la misma.

La historia sigue en Madrid –dónde si no-, en mi bodega favorita del mundo, principalmente porque es el primer bar al que fui sola en la vida. A base de libros y cañas conocí al guardián del asunto y aquello coincidió con empezar a descubrir Madrid –y con quererla. He vuelto siempre: llevando a todo aquel que se preciara, agarrando cogorzas inhumanas, como primera o última parada de nuestros tours de force por la ciudad. Nunca agradeceré bastante que ahí siga, para entrar todas las veces y recordarlo todo. Porque ha estado en cada visita aka. momento crítico, abrevándome y abrevándonos a todos, aunque fuera (o sobre todo) fuera de horas.

Hay más, muchos más. En Clot, en Granada, en Gijón. En Cuenca, Nueva York y Lisboa. Habrá que escribir sobre ellos. El último está a la vuelta de la esquina, allá en medio del Atlántico, en la parte vieja de una ciudad sorprendente y caótica y medio despeñada llamada Funchal. Era tan bonito como el más bonito bar berlinés y fue el campamento base de la expedición (que como todo el mundo sabe no se encuentra nunca en los hoteles). Además, servían unas ponchas fantásticas y nos dejaban fumar, rodeados de miles de cáscaras de cacahuetes por el suelo. Era bonito, digo: casi tanto como el punto tonto que nos agarrábamos después cenar o como esos selfies que nos hicimos copa en mano. En fin. Hay más, claro. Y claro: habrá que escribir sobre ellos.  


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Elegir la espada.


Empezar a plantearse elegir la espada. Leer, en el mismo buzón de entrada, el mismo tono y el mismo estilo. Sentir la leve punzada. Recordar mucho. Recordar tanto. Tomarse las cosas demasiado a pecho. Que duela, a la altura de la costilla derecha, el pecho. Tener un collage que a ratos hace sonreír y a ratos entristece. Subir las escaleras sin demasiadas ganas. Trazar planes que no encajan. Inverosímiles, decepcionantes. Proponerse convivir con nada. Que haya, como hubo siempre, un enorme libro redentor. Contar con ellos. Saber que contar tiene sus trampas. Intentar dejar de hacerlo. Fallar con todo el empeño. Tragar disgustos. Salir más fuerte en teoría. Haber olvidado la práctica. Jugar al dominó de hostia en hostia. En mitad de una noche que acaba. Beber cerveza. Inhalar fuerte. Y así, septiembre.

lunes, 31 de agosto de 2015

Ante la duda.


1. Viajar a horas normales no nos pone. Poner el despertador a las 4 de la mañana sí. Así que ahí vamos, pasando el control de seguridad con un alijo de fuet de pavo (¡!) y aún más bostezos.

2. No había una furgo más grande a mil millas y Eslovenia era una fiesta. Que no nos Rovinj en los peajes invisibles y llegar al calor más tropical para arreglarlo con el primer chapuzón croata. Este bareto mola: bañito y más pivo.

3. Operación comprar un mapa y llegar al parque de atracciones de la colchoneta de playa: check. No, cambiar a las rocas más bonitas de la zona y encontrar el paraíso en modo reading área y celebrarlo cenando unas pizzas, cachorrito lindo mediante. Y esto es así: a grandes rakias, estupendos maceteros.

4. El parque natural era la monda y la puesta de sol en el agua más, casi tanto como las fotos perfectas o conseguir el VIP de las farmacias locales. ¿Que el camarero mola? Pues acoso masivo y rondas de chupitos sin control, que la pobre novia aún no lo reconoce.

5. Adiós, Rovinj y hola Krk (compren vocal, anda), y el puente no era tan largo y la urbanización apenas un antro dominguero. Eso sí: las visitas se reciben en chiringos y a lo loco y si hay que andar se anda hasta el pueblo y más allá -manque el Barça pierda. De colofón, bañito nocturno y comuna.

6. De ahí a la playa bonita con chófer y al deporte extremo (¡ya lo tienes, Mari!) a base de Carlovacko, saltos de sombrillo y pistachos. Para terminar descubriendo la capital en modo más vale tarde que nunca: buscando cena a medianoche.

7. Que diluvie en Pula no es un problema cuando puedes comerte tres vacas y cinco cerdos, pizzas para picar mediante. Visita bonita al anfiteatro y a las proyecciones fantasma y excursión al parque natural tremendo y cena de despedida en el mercado local contando kunas como posesos, que no nos quedamos fregando platos de milagro.

8. Que las copas no te impidan ver Venecia. Así que trazamos un road trip animal por 3 países para devolver la furgo en perfecto estado (yeah), encontrar una consigna nada turbia y plantarnos en un vaporetto fascinadas. Todo en 4 horas: po-de-mos.

9. Y la historia termina con un festival de la máscara y un botellón de limoncello, que es como terminan las cosas que molan. Después de no conseguir un café a derechas en una semana, vivir en Matalascañas y en Beverly Hills, jugarnos el tipo en millones de rocas, navegar a bordo de una colchoneta -no desinflable- y hacer veinte mil turnos de ducha y tres mil millas, a milla por selfie más o menos. Por no hablar de los aspersores de grappa, del usb inhumano o del misterio del medio sandwich perdido. 

10. Parece que lo hemos vuelto a hacer: éramos pocos y cayó Croacia. Y es que al final, ya se sabe: ante la duda, aventura. Y oye: todo por 15 euros.er﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽: podemos. perfecto estado (yeah),  plantarse en un vaporeto sanda hasta el pueblo y mcas m

martes, 28 de julio de 2015

Agosto tarda.

Agosto tarda. Los días se convierten en montañas rusas desbocadas mientras intentas sacar adelante proyectos que a menudo se embarrancan. En algunos crees a muerte; en otros te esfuerzas en creer, y lo haces como si te fuera la misma vida; el resto los llevas a cabo con la fe bajo mínimos, que es lo más parecido a la fe que conoces.

Dura dos años ya este invierno, y parece que cruzarás la maldita meta de rodillas. Por suerte, al otro lado, hay cosas como aquellos baños de madrugada en Ciudadela, abrazada a un tipo que entonces te quería un poquito y aún lo hace. O como el road trip siciliano –mueve la cintura, mulatón, donde quiera que estés: muévela siempre-. O como los litros de rakia que nos ventilamos noche sí, noche también, en algún lugar del sur de Croacia y que con un poco de suerte nos volveremos a ventilar en cuestión de días. O como llegar conduciendo a Las Vegas y tener que cerrar los ojos porque la muy cabrona, en modo rey sol, nos deslumbraba.

Al otro lado hay cosas como tratar de leer un alfabeto absurdo en Creta o uno directamente imposible allá en Marrakech. Hay un montón de canciones, bastantes de las cuales llegan a dar vergüenza, por no decir miedo, aunque otras lo hayan sobrevivido todo, lo hayan descalabrado todo.

Al otro lado hay algún sueño, que como todos amenaza con quebrarse al despertar. Se parece al de las noches sardas, al de las puestas de sol ticas, a bailar en un pueblo canario cuyo perfil se va desvaneciendo. Se parece a una noche en el Palmar, a que amanezca en Cadaqués y no hayamos bebido apenas y a un challenge yanqui que casi nos mata. Como si no supiéramos que, parece mentira, siempre vivimos. Por más que sigamos tropezando. Por mucho que agosto tarde.

viernes, 12 de junio de 2015

Y retorcerlo hasta que deje de doler.

Qué manera de fijarnos en las cosas que no tenemos. Mientras las que sí se nos escurren como sanguijuelas de las manos. Y luego es demasiado tarde; siempre es demasiado tarde. Tan poco control sobre la angustia que es profunda y es feroz, campando a sus anchas por el pecho día y noche, jugando al animal malherido que es. Y la imperiosa necesidad de reventarlo todo y salir corriendo cuando lo que hay fingir es justo lo contrario. Fake it until you make it. Respirar hondo, todavía más, cuando habría que escribir acompasado. Y convencerte de que serás más fuerte o no serás, que nada es jamás tan grave. Apretar los párpados, de nuevo convertidos en metralla. Cuántas veces susto, cuántas veces miedo. Que rendirse, otra vez, no se contemple como opción. Y que el rímel, otra vez, se vaya al mismo carajo. Dormir como un espejismo, la posibilidad de una isla. Todo aliñado con una infinidad de campañas absurdas. Con él que se muere. Bajo la atenta mirada. Ay, la incondicionalidad. Una canción. Las mandíbulas apretadas, como los puños. Y un suspiro más: otro.

martes, 2 de junio de 2015

Aquella tarde.

Tenía 7 años la única tarde en que mi madre se acercó a buscarme al colegio. 
Me debió de iluminar algo allá arriba, porque fui capaz de adivinar, para su sorpresa, lo que había venido a decirme: que habían decidido continuar por separado. Por aquello de las diferencias irreconciliables y demás.

No creo que fuera especialmente traumático. Tampoco, claro, fue demasiado sencillo. Lo que ahora sé es que aquel primer gran contratiempo fue sobre todo una tremenda inversión. Me enseñó a asimilar, mucho antes de lo que les ocurre a muchos, algo que suele ser complicado de aceptar: que las cosas no suelen ser como nos gustaría que fuesen, que casi nada está -ni de lejos- en nuestras manos.

Aquella tarde, decía, aprendí más que en todos los años de colegio que vendrían. Que dos personas serias, valientes, honestas o inteligentes no tenían por qué llevarse bien o que yo, adorable criatura, no iba a ser motivo suficiente para que se tragaran su infelicidad y siguieran viviendo juntos. Tuve que dejar de creerme infalible de una hostia, aunque aún conserve algún delirio de grandeza por ahí suelto.

Desde entonces sospecho que eso a lo que llamamos amor es tremendamente complejo y que, en un momento de crisis, tenemos que ponernos a nosotros mismos por delante (porque nadie más lo hará). También sé que el lugar natural de las personas está hecho de arenas movedizas y que convivir con un cierto grado de inestabilidad nos hace más valientes y más humanos.

Aquella tarde esbozó lo que con los años se iría haciendo más y más claro: que vivir conlleva el enorme riesgo de ir perdiendo cosas. Que los obstáculos sirven para saltar más alto y que siempre existe la posibilidad de hacerlo un poco mejor cuando uno falla, lo cual a pesar de ser una putada me ha servido de consuelo a veces.

También, desde entonces, entiendo que hay que aprender a caminar solo, aunque trate con todas mis fuerzas de rodearme de la gente más valiosa. Y desde entonces, cuando me asusto, pienso que lo he visto derrumbarse todo otras veces y que al final aquí sigo, razonablemente fuerte y razonablemente viva, más o menos consciente de que incluso cuando ocurre lo peor nunca pasa nada.

Sí: esa tarde fue fatal, pero valiosa.
Ahora lo sé. Todo es frágil. Nada eterno.
Y algún rato pienso que así es como debe ser. 
Para que sea grande y sea bello.

lunes, 4 de mayo de 2015

Qué bonito.

Por cada vez que intentaste reventar el moñómetro. A cambio de.

Qué bonito estar, al fin, en la playa contigo. Qué alivio no saber detectar todos y absolutamente todos los momentos en que vacilabas. Qué gracioso que, palmando del susto y con un hilo de voz, dijeras Azores. Qué locura de mar, qué amarillas las flores. 

Qué valiente al exponerte a las miradas y a los comentarios, pero sobre todo a tus propios recuerdos. Qué tranquilo atando y soltando cabos y qué cañero a las curvas a la hora que fuera. Qué guerra de muerdos. Qué goles con vistas y qué delantera.

Qué brutal que a ratos pareciera verano. Qué arrebato en la cala después de comer. Qué enorme era el árbol perdido que miraba al mar al atardecer. Qué tremendo antes de acostarnos, saltarse la siesta y hasta levantarnos. 

Qué bobo corriendo hacia el agua. Qué forma de lamer heridas. Qué molón que saliera el sol tumbados con el balanceo. Qué dulce al decir, comiendo en la plaza, que el monstruo se había marchado. Qué grande acabar el domingo riendo de nada ahí en la terraza. 

Qué gracia en el coche cantando canciones. Qué buen sofocón, qué par de cojones. Qué ganas de otras cigalitas y más chapuzones.