miércoles, 28 de agosto de 2013

Madriz para Manu.

1. Chueca y Malasaña
Si yo llegara a Madrid y fuera a alojarme en el Catalán, nada más pisar el cielo tiraría el equipaje por la borda y me iría corriendo a tomar una caña al Stop (en la misma calle Hortaleza, un poco más abajo). O dos, o incluso tres, porque ahí tiran la cerveza de la única forma en que debería ser tirada.

Luego volvería a subir y callejearía por Malasaña. Entraría en la librería Pantha Rhei, en calle Hernán Cortés, y seguiría tomando cañas en La Ida, en calle La Palma y también en la bodega La Ardosa, que está justo al lado, y donde las raciones no son muy baratas pero sí muy buenas. Placearía, llegaría hasta el Dos de Mayo y si fuera hora de cenar picaría algo por ahí o quizás me acercaría a Casa Julio (en calle Madera), por sus míticas croquetas. Eso o bajaría a los garitos de la calle Pez, donde habría parada obligada en el famosísimo Palentino para la caña de rigor en la barra de aluminio. Las copas ahí valen 2 duros: es auténtishen a morir. Para caña, ¿eh? Comer ahí igual no cal, pero hay muchos en la misma calle para ello.

Pues eso. Solucionado el tema de la cena, llegaría el de las copas. Y probablemente recorrería los garitos míticos de la movida, como el Penta, hasta que fuera la hora de ir al Nasti (¿o lo han cerrado?) o al Siroco. Y perdería la noción del tiempo pero no demasiado, porque llegados a un punto me teletransportaría al Tony 2 (en Chueca, calle Almirante, walking distance desde Malasaña sin problemas), por aquello de que al lugar donde has sido feliz sí debieras tratar de volver. Es un piano bar con sofás de terciopelo que cierra cuando amanece: el antro de los sueños de cualquiera.

(Inciso: cuenta la leyenda que por Malasaña, cerca de Bilbao, hay otro antro que abre toda la noche y donde hay que ir a comer a las 4 de la mañana. Concretamente unos spaghetti que resulta que son inhumanos. Se ve que también se montan jams y que Quique González y los mendas de Pereza son asiduos. Se llama Lady Pepa. Yo no he estado pero tarde o temprano estaré.)

2. Centro: Huertas, barrio de las Letras, Antón Martín.
Despertarse en el Catalán y desayunar en el Mama Inés es todo uno. Cumplido el trámite hay que bajar Hortaleza, cruzar Gran Vía y tirar para Sol. De ahí a la plaza Santa Ana. Y como ya será la hora de la caña, dirigirse al Bar Quevedo (en calle Quevedo, yo vivía en el número 3, qué lugar tan hermosísimo) para alucinar con sus enormes tapas gratis o a La Piola, en calle León, porque es agradable y bonito.

De ahí hay dos opciones. Una: coger Huertas y seguir cañeando en La Dolores y en Los Gatos y acabar comiendo en el Maceiras, un gallego bueno y barato. Dos: llegar a Antón Martín y coger la calle Santa Isabel a la izquierda para cañear también y picar algo en cualquiera de sus garitos molones y acabar tomando un café en la plaza donde está el Reina Sofía. Entrar al Reina Sofía, incluso, aunque el Thyssen suele tener muy buenas expos también. Ambas alternativas, en cualquier caso, son correctas.

3. Lavapiés, Tirso, La Latina.
En Lavapiés, además de personajes de todo tipo y calaña y ciclos de cine al aire libre y expos y tal, hay 3 o 4 sitios míticos:
El Café Barbieri (casi en la Plaza Lavapiés), que no puede ser más bonito.
Las Bodegas Alfaro, en calle Ave María, bastante arriba, donde el camarero se llama Manuel y es amigo y tira unas cañas de escándalo y tiene una little terracita. Para mí, imprescindible.
El Melos, que está en Ave María pero más abajo y hacen lo que llaman ‘zapatillas’: tostas de lacón con queso de tetilla capaces de alimentar a elefantes obesos.
La calle Argumosa, con garitos como el Económico y el Automático y la mayor concentración de terrazas de la zona. Hay que cañear/comer/cenar por ahí también.

Ay, Tirso. En Relatores número 2 vive Sabina. Y en la calle paralela está la Casa de Granada, que es un bareto que está en el octavo piso de un edificio y tiene mesas en la terraza. Hay que subir en ascensor y tomarse algo contemplando los vistoplones.

Y la Latina. Mamma mía. Place to be el domingo al mediodía. Todos los garitos de la Cava Baja son buenos para cañas. En el Juana la Loca hay que comer uno de los mejores pinchos de tortilla de la city. En El Almendro, huevos rotos. En el Delic (en una plaza muy chula) mojitos. Para cenar sentado y tranquilo (y pelín más pijo) a mí me encanta el Matritum, en Cava Alta. Y etcétera, porque en La Latina es difícil equivocarse.

4. Varietés: Conde Duque, Ópera, Tribeca y más.
Conde Duque es el CCCB madrileño, y siempre hay algo que ver. En el barrio hay muchos garitos molones y tiendas modernas y sitios auténticos y alguna terracita escondida. Vaya, que bien merece un paseo.

Yo siempre digo que la luz de Madrid es inhumana. Bien, pues las puestas de sol en la Plaza de Oriente (y el templo de Debod) son tremendas. Esto está en el barrio de Ópera (o Madrid de los Austrias), que es realmente bonito. Siempre pienso que lo he pateado demasiado poco. Cerca está el Mercado de San Miguel, que está medio de moda, para comer en cualquiera de sus puestecillos. Como todo lo que está de moda no es especialmente barato, supongo.

Next. Por encima de Gran vía, casi en Callao, está una zona a la que llaman el Tribeca Madrileño. Se ve que hay ambientazo, muchos sitios que están bien, tiendecillas… #PostureoMadrid, imagino, porque esto es posterior a mi época. Sí que sé que hay un buen lugar para gintonics: se llama Jose Alfredo.

Otra cosa. Cerca del Catalán, en Chueca, en la calle de la Reina, paralela a Gran Vía por encima, hay dos lugares muy grandes (que no baratos, pero eh, he dicho grandes). Por un lado el Del Diego, una coctelería más que pro. Y por el otro mi prefe, el Cock, que es la trastienda del Chicote, donde se reunían los toreros con sus amiguitas y aún se puede ver a Javier Marías y demás intelectuales de la city. Ya verás: parece de otra época. Será porque es de otra época.

La librería Tipos Infames abrió hace un par de años y además de vender libros, sirven vinos. Yo tengo muchas muchas ganas de ir.

Y terminando. Si en algún momento la resaca os vence y hay que buscar un lugar donde caerse muerto, yo iría al Retiro. Eso o a la Filmoteca (aka Cine Doré), que es el cine más preciosísimo que has visto en tu vida, nada que ver con la de Barna. Tiene hasta bareto barato y está al ladito del mercado de Antón Martín.

Ah, se me olvidó contarte. Que además de lo que tienes por ahí escrito yo salía por el Elástico y el Ocho y medio y que hubo noches antológicas. Me temo que ahora están cerrados. Tendrás que informarte o dejarte llevar, que al fin y al cabo es lo único que puedes hacer en los Madriles. Eso y contener el aliento.

Anyway, enjoy. Te va a costar muchísimo, estoy segura ;)

lunes, 29 de julio de 2013

29 momentos para un cumpleaños gitano.

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1. El drama gitano empieza con la comida de verano del curro. Y con una caña, que es como empiezan todas las cosas que molan. Y esto es así, peñita.

2. ¿Que qué hay de comer? Paella, obvious. Porque las comparaciones son odiosas y esto apunta maneras.

3. La primera tarde se esfuma en lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks y desemboca en el famoso chiringo de las 8.000 cervezas, a birra por publicista más o menos. Por alguna extraña razón no solo no salimos de ahí por patas sino que montamos un campamento base que ni en el mismo Everest.

4. Los tickets se multiplican y las ideas absurdas también, hasta que llega la debacle: es casi medianoche y aquí hay que liarla pero bien. Así que dan las 12 y –oh, Dios- estamos metidos en el mar para rubor propio (y extra de rubor ajeno).

5. Si lo hacemos tontos míos hagámoslo como es debido, y después del baño cae por su propio peso un estupendo copazo. Luego, por obra del mismo espíritu santo, llegamos a casa. 

6. Así que amanece el viernes, que no es poco, y es 19 de julio. Son las 8 y eh, qué cosas, tenemos resaca. Así que a dos por hora nos duchamos, nos vestimos y llegamos al curro donde, más que currar, la compartimos, la resaca.

7. Con tres neuronas disponibles –ni una más-, se va trazando el nuevo y ambicioso plan: bocata de colesterol y champán para todos.

8. Champán para todos en mano, juramos que hoy no la liamos ni de broma, que mañana hay que estar bien como sea, que tal, que cual. Con una seriedad que asusta al miedo.

9. Corte a las 11 de la noche y seguimos en la calle y solo han caído 7 u 8 cervezas y 3 o 4 gintonics, trago arriba trago abajo. Coherencia ante todo.

10. Pero vieiras y navajas mediante, salimos de ahí. De la única manera de la que se puede salir de estas cosas, que es corriendo. Por mucho que parezcamos medio cojos.

11. La vida, no obstante, puede ser maravillosa y llega el sábado, y, haciendo gala de un savoir faire animal, la mitad del comando abre un ojo a las 7 de la mañana. Con la que nos espera: más almas de cántaro imposible.

12. Y claro, pronto empieza el desfile. Bienvenidos todos y bienvenidas las tropecientas botellas de vino, y los boquerones, y las birras a cholón, y el pastel y la ginebra, y el basset hound y los melones.

13. Del primer baño al aperitivo median 20 latas de cerveza y de ahí a echar el agua al arroz 30 o 40 más. Esto según la policía. Los organizadores cuentan más de 200.

14. Es el momento de la histeria, del coñazo, del baile ritual, del chupinazo; y se demuestra (tras años de arduas investigaciones) que el punto del arroz es algo inalcanzable.

15. Pero hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual. Toca soplar velas y comer carrot cake y abrir regalitos tremendérrimos y... Muy duro todo. Durísimo.

16. En estas llega al mundo un bicho llamado MeLOL. Más feo no se puede, la criatura. Más buenísimo de la muerte, tampoco. De frankfurts en modo botox e ingredientes secretos ni hablamos.

17. En cuanto a Mickey Melon, solo espero que no os lo encontréis por un callejón en plena noche.

18. Y lo digo muy en serio.

19. A la final de la champions melonera solo puede seguirle algo igual de grande, y por partida doble. Con el número 1: bailar Rihanna. Con el 2, y en empate técnico: el famoso hundir la flota a chupitazos. Menudo in-ven-to.

20. Atención, comités de la UEFA, la FIFA y compañía: ¿trampas, nosotros? ¿dopaje? Já.

21. Aquí es cuando se para la historia y se abre un paréntesis para comentar la expedición a por tabaco que rozó el filo de lo imposible. Del polo norte al polo sur no había un cigarrillo sobre la faz de la tierra y la cosa se prolongó horas. El documental, próximamente en sus pantallas.

22. Mientras tanto, la operación kikis or nothing (ergo ‘salgamos de aquí un rato como sea’) se pone en marcha. Kikis guays, especiales, vegetales con bacon… ¡Eh, qué pasa, es mi kiki y lo pido como quiero! O sea, vegetal con bacon. Y otra ronda de carajillos.

23. A todo esto volvemos a casa con 3 toneladas de hielo, que hemos conseguido de una forma nada turbia. E inmediatamente suena el teléfono. ¿Está Jamiroquai? Que se ponga.

24. La fiesta continúa por todo lo alto. O sea: por todo lo bajo. Con Curt y los cigalas en el escenario principal desafinando es poco. Benditos sean.

25. No, seriously: si no entramos en una espiral de violaciones al cantante, fue de puro milagro.

26. A todo esto, la fiesta torna en after. Con su reglamentaria sesión mítica y las reservas de ginebra y ron y cerveza desplomándose en la bolsa. El caos en los mercados no pudo ser más evidente; en el salón de casa, tampoco.

27. Pero siempre –siempre- hay una última reserva de fuerzas, y en este caso se destinó a algo trascendentalísimo: dormir con nanas a Jean Pierre, que ahora mismo está en un diván contándole a su terapeuta lo fuertes que somos.
Nanas, decía. De Nacho Vegas en do subterráneo, que no es poco.

28. Así, como quien no quiere la cosa, se hace el domingo, que trae croissants y tortícolis y fuets y más piscina bajo el brazo. De aquí no se larga ni Dios y si Mahoma no va al Espinaler, el Espinaler va a la montaña… o pedimos pollos. Y la siesta es recontrabonita y recogemos los restos del naufragio mientras todo apunta a que año tras año el tour de force se corrige y se aumenta que es un milagro.

29. Ahí quedan los planchazos, los resacones, los tocados y los hundidos, los boquerones. El baño furtivo, el licor café, el siestón y las expediciones. Por no hablar del puf precioso, el musicón y el vídeo como prueba atroz de lo mal que vivimos –y más en verano.
Al final. Poco queda por decir. Un lío bastante bonito. 20 o 30 animalicos. 4 días inhumanos. Y cumplir, sobreviviendo, 29 años.

lunes, 22 de julio de 2013

Lo dice Bukowski, no yo.

¿Así que quieres ser escritor?
Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.


A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
ó clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.

Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.

Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.

Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
ó a tu novia ó a tu novio
ó a tus padres ó a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
ó hasta que muera en ti.

No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

(Y por una vez, y sin que sirva de precedente, un anuncio merece la pena.) 

martes, 16 de julio de 2013

Rock&roll

Por si a todo esto le faltaba rock&roll, llegó una gastroenteritis. 

De ahí al Betty Ford, como no podía ser de otra forma, mediaron un par de días de curro infernal y algunos litros de suero fisiológico.

Los últimos meses se aparecían como fotogramas en una moviola enloquecida: el desayuno after primavera, la barbacoa en modo Rihanna, los recién llegados, las despedidas, el domingo por bulerías, las horas extras tras el Cruïlla, el jueves de baretos de arrabal por la Verneda, las petacas, las paellas que tornan sardinadas, la canción sonando en bucle, la que hubo que parar, las campañas rebeldes, las insumisas, los mejillones, las terrazas, Rodríguez, el Sónar, el japonés. 

El modo random más activado que nunca y sin cables rojos por cortar. En el horizonte, un remolino. Una espiral. Algo suicida, salvaje, animal.

Así que hubo que temer por la vida de la artista, buscando un freno de mano regio, amplísimo, a estrenar. Las pistas de aterrizaje colapsadas. La niebla invadiéndolo todo. Las reservas de batería en reserva, sindiós ni batería. 

El único tratamiento posible era de choque. Sin autos, claro. Pero sí con libros, toneladas de zanahorias, películas, memoria, una piscina.

El resultado, a falta de biopsia en forma de cumpleaños gitano, parece satisfactorio. Por lo demás, seguiremos informando. Doblegados, quizás, pero informando.

lunes, 17 de junio de 2013

Domingo.

Es domingo por la mañana, y he tenido resacas más legendarias que ésta, seguro. Por un tema de probabilidades o porque me las he trabajado más y mejor. Porque hubo algún animalico en mi vida que se empeñaba en que le siguiera al ritmo, como si no me sacara palmo y medio y casi 30 kilos. Que sí: he tenido resacas más bestias que ésta, seguro.

Sólo que ahora mismo soy incapaz de recordarlas.

Ayer anduvimos en el Sónar y si no he perdido a 30 amigos camareros haciendo expolios en sus barras no he perdido ninguno, pienso mientras hago un recuento parcial de neuronas muertas y enterradas. No sé si en Roma se perdió más, por cierto. Tengo muy, pero que muy serias dudas en estos momentos.

Pero están ellas en casa así que no tengo más remedio que fingir tenerme en pie y encender la cafetera. Les preparo hasta unas tostadas, para que no se diga.

O para que, de morir justo ahora, se diga que al menos me curré un desayuno tremendo para mis colegas, lo que me parece una manera bastante heroica de palmarla.

Y como ya tengo el modo héroe puesto, decido que no sólo sobrevivo a esta sino que me voy a ver a mi señora madre, porque el fin de semana que viene estoy fuera y me será físicamente imposible. Con lo contenta que se pondrá ella (¿de verme así? ¿really?). Y porque ¿qué son 30 kilómetros para un viejo tigre, eh? ¿Qué son 30 kilómetros de nada?

Pues toda mi moral y yo salimos de casa y descubrimos que 30 kilómetros son muchas cosas. Son un sol infernal que ha tardado meses en comparecer y ha tenido que salir justo ahora, hoy, para dejarme al borde de la lipotimia y más allá. Son un tren atestado de domingueros que parecen compinchados para que no lea el periódico de ninguna de las maneras. Son alguien que toca un acordeón en un momento en que a mí me parece que ayer oí toda la música que me tocaba para el resto de mi vida. Son todo esto y unas ciento cincuenta incomodidades más que se multiplican en el trayecto de vuelta, porque en éste los domingueros huelen peor, si cabe.

Lo de la comida es mejor obviarlo. También he gastado toda la dignidad que me quedaba hasta la jubilación, por lo menos. El saldo, de hecho, empieza a ser negativo.

Para entonces, como cada semana, he jurado no acercarme nunca más a nada que lleve ni un miligramo de alcohol.

Y me lo repito como un mantra mientras me dirijo al bareto donde he quedado para ver (en un estupendo proyector y casi al aire libre) el partido de baloncesto.

Porque –maldición- hay baloncesto.

Y el partido, como no puede ser de otra forma, es decisivo. Así que cojo y una cosa lleva a la otra y del mantra me tiro de la moto y hago un pacto con el diablo. Si llegan al quinto partido, se acabó. Ni cerveza sin alcohol. Ni una copita de vino los viernes por la noche. Ni en Navidad. Si pasan, nada. Abstemia. Y al convento. Para siempre. De cabeza.

Al cuarto punto de Tomic me estoy acabando la primera cerveza.

Suplicando al diablo que no me tenga en cuenta los desvaríos, que son cosas de la resaca. Que el lunes empiezo. Que no he sido yo. Que ha sido sin querer. Y casi lo veo descojonarse, al tío. En el mismo infierno y doblado de la risa.

Pero como le debo haber caído bien (o por un tema de lástima directamente), resulta que pasan. Aunque Navarro se rompe, lo cual tiene categoría de tragedia griega. A todo esto va llegando el resto del personal, y nadie pide Trinas. Ni Aquarius. Ni Fantas. Por increíble que parezca.

Para el final del partido, ni rastro de resaca. Qué cosas, oye. Mano de santo.

Así que, como estamos tan felices de repente, empalmamos con el Italia-México y si no nos tragamos entero el España-Uruguay es porque Dios no quiere.

Y porque el bareto cierra.
Si no de qué.

Lo de todos los domingos, vaya.


lunes, 3 de junio de 2013

Últimamente.

1. La vuelta al templo donde lo ganamos todo, que no es como volver a casa en Navidad pero se le parece mucho. Que esa noche por casualidad estuviera puesta en la tele la final de Wembley, aquella que no recordamos porque se nos ocurrió la brillantérrima idea de quedar antes para comer una paella, por aquello de hacer la previa y como si hubiéramos nacido ayer y no supiéramos ya de lo que van las previas. La vuelta al templo, iba diciendo, y estar a punto de repetir la ristra de chupito-goles en modo retroactivo. Con toda la seriedad del mundo y como si fuera, porque en parte lo era, la mismísima primera vez que la veíamos.

2. El paseo infinito por Varsovia que duró cuatro días, bajo un sol que ni en Copacabana. Pasar del underground al hipster en cuestión de segundos. Tomar tropecientos tranvías con la mística que tienen los tranvías y más en una ciudad del este. Ponernos al día de todo, arreglar el mundo y hacerlo con la distinguida chapucería que nos ha caracterizado desde siempre. Coger algo tan típicamente español como es la sobremesa y llevarlo a las puertas de un bar polaco sentados sobre cajas de Coca-cola frente a un inmenso arco iris. Y a cervezas de las que se miden por litros, decalitros y hectolitros. Descubrir que las ciudades llenas de bosques son posibles, por mucho que este país se empeñe en demostrar lo contrario. Y todo sobreviviendo a dos trayectos en Ryanair, lo cual es sobrevivir muchísimo.

3. Una noche (de primavera y del Primavera) a las 10 de la mañana, en uno de los guiños sabineros que más gracia me ha hecho ever. Llegamos a Gracia después de un periplo que ni el mismísimo Ulises escenario arriba escenario abajo. Habíamos oído todo lo oíble, habíamos hasta bailado. Había sido legendario, y eso hubo que celebrarlo. Celebrarlo más, me refiero. Así que terminamos desayunando cerveza (¿qué si no?) y dando de bruces con el día de encierro postfestival más grande nunca visto, que hasta cayó algún chupito de licor café y nos tragamos Corina descojonados. Que hay que tener estómago y tragaderas. Respectivamente.

4. El domingo que vivimos peligrosamente, porque elegir un sábado o víspera de festivo ni se nos pasó por la cabeza. Fue cosa de un simple giro del destino, el que convirtió un cortado en un gintonic que a su vez, y a falta de panes y peces, cogió y se multiplicó, el muy canalla. La ceremonia religiosa se ofició con toda la parroquia prácticamente de rodillas, que es la única forma de oficiar estas cosas, dando gracias por no tener unos juegos de mantillas a mano. Lo de levantarse el lunes. Hoy. Hace un rato. Unas horas nada más. Ha sido. Directamente. Obra. Del mismo. Diablo.

martes, 21 de mayo de 2013

De festivales.

Me acuerdo de haber estado con ellas en el que fue su primer festival. Hará un par o tres de años. Me decían que las estaba desvirgando, las muy animales. También es verdad que para mí era algo así como el vigésimo cuarto.

Y por una vez no exagero.

El día anterior había descubierto los paparajotes y los caballitos y demás lindezas locales, que pasé a enseñarles con toda la didáctica de que fui capaz entre copa y copa en la (bendita) zona vip. Al año siguiente no se me ocurrió otra cosa que llevarme al partenaire más cafre de la historia. Eso sí: el tipo me aguantó las siete horas de tren de ida y las siete de vuelta, y sólo por eso merece un lugar en el cielo.

Antes de eso hubo otros momentos legendarios; después otros más. De todos los colores. Recuerdo ser prácticamente una adolescente y largarme al desierto en mi cumpleaños y también cuando conquistamos el Cabo de Gata y en algún momento del abordaje estuvimos bailando hasta que salió el sol. También que pisé Burgos una sola vez en mi vida, y que fue porque tocaba Nacho y porque por ahí andaba Enric con la banda. Qué jartá de poperos y qué precios de escándalo: ideales para volver de madrugada a Madrid conduciendo. Fue una visita relámpago y fue genial.

Muchas –muchísimas- veces jugué en casa. Y elegí campo y balón.

Con los años, me doy cuenta, he ido perdiendo fuelle. Al principio fue el Sónar, especialmente de noche. Mordor da menos miedo: quien haya estado asentirá con la cabeza, como si lo viera. Nunca tuve tanto éxito comprando tabaco como aquella vez en que delante, en la cola, se tambaleaban tres mendas con el ciego más ciego jamás registrado por la ciencia: imposible acertar con la moneda en la ranura, antes muertos. Que si no les ayudo ahí siguen, los muy piltrafas.

En una de aquellas volvimos a casa andando. Sí, un paseo de siete kilómetros a las ocho de la mañana no llegó a matarnos. Aunque ahora que lo pienso, no sé si lo deberían probar en sus casas. De cualquier forma, dormimos unas 17 horas del tirón, y el resacón alcanzó, como cada vez, cotas estratosféricas. Hay que decir en nuestro favor que pasar resacas en la casa de Tetuán era incluso bonito.

Luego apareció él, y el primer choque de trenes enamorados llegó en el Summercase, que en paz descanse. Unan música y besos y atardeceres del mes de junio: tienen el cóctel que van a estar echando de menos para siempre. Qui n’ha begut en tindrà set. No avui; tota la vida. Recuerdo el momento mágico en que él iba a la barra y yo volvía de los baños y nos cruzamos en mitad de un escenario momentáneamente vacío; sin mediar palabra y mirándonos en todo momento nos tiramos uno encima del otro y alguien hizo la famosa foto que ya no veremos nunca. Recuerdo estar con un par de amigos con los que cafreamos como era habitual y con los que no he vuelto a cafrear desde entonces. Recuerdo encontrar un taxi de milagro para volver a casa, a retozar como si no lleváramos 14 horas saltando, lo cual tiene un mérito importante.

Al año siguiente estuvimos en el Primavera Sound, casi todo el tiempo en modo mano a mano idílico. Para entonces ya éramos unos másters en acompasar noches etílicas con más noches etílicas. El sábado de madrugada montamos una tangana que ni en una final de Copa. Andaba Tarzán de por medio, y la cosa se saldó con un viaje de 30 kilómetros en taxi en unas condiciones lamentables. Aún así, no puedo decir que estuviera mal del todo.

El triplete histórico se ventiló en Benicássim, con la única tienda de campaña donde he dormido en la vida como invitada especial. Fuimos a levantar un cadáver, y lo hicimos de la forma más bonita que se me ocurre incluso ahora: con Cohen y Morente a la banda sonora. No sé si volvería a hacerlo. Ya he dicho muchas veces que ser adicta al veneno tiene más de una contraindicación. Si lo que quieren es vivir cien años no vivan como vivo yo, y lo que es más serio todavía: no se les ocurra salir a bailar valses vieneses.

Luego no digan que no les avisé.

Aquí se cierra uno de los capítulos y sin más dilación se abre el siguiente. Este otro incluye un Sónar de día donde reapareció el mítico Tarzán y que acabó (¿es que quedaba alguna duda?) a las mil quinientas. Y el siguiente Primavera, que nos dejó en un ko técnico ideal para ver al Barça ganar una Champions en lo que fue una memorable sobremesa, previa paella con un remoto efecto paliativo. Sólo lo pudieron arreglar los chupitos-gol que cayeron durante la tarde maratoniana. La pobre meta aún no ha sido capaz de contarlo.

Luego volamos para pasar aquellas 48 horas míticas en Gijón. Era verano, llegaba septiembre. En la playa de San Lorenzo nunca vieron un uniforme tan mediterráneo para un clima tan norteño. Pero la sidra, que todo lo puede, amortiguó la hipotermia y la historia terminó como terminan estas cosas: en un bareto de Cimadevilla que no cerraba ni para Dios rodeadas de la santísima trinidad a la que seguimos rezando hoy. You know what I mean.

Y ay. De nuevo el Primavera. El año pasado. Teléfono en mano en los trayectos entre el escenario X y el escenario Y (unos mil kilómetros: dos trenes no se cruzarían en la vida) estableciendo conferencias con Granada en el clásico momento vital en que el alma se nos iba por una más de esas llamadas. Palmando el viernes en el trabajo porque el jueves –as usual- se nos había ido de las manos. Y palmando de nuevo el domingo para bajar a un Arc de Triomf donde Nacho cantaba y nosotros nos mojábamos. Tan alegremente. La visita previa al festival fue la bomba y la siguiente también, y esas semanas estuvieron marcadas por el ‘Tú, misionero de Dios’ que justo anda sonando de fondo mientras escribo esto y que en directo fue un rayo de luz que deslumbró a la mismísima primavera.

En fin. Hasta aquí llega este recuento parcial e incompleto, cuyo crono se volverá a activar en cosa de un par de días. Ojalá la progresión siga este ritmo. Y ojalá nos crucemos en alguna de las barras. Ya andamos calentando, porque un to be continued nunca tuvo más sentido.

lunes, 6 de mayo de 2013

y eso.


La vida es lo que transcurre mientras parpadeas esperas el siguiente artículo de Jabois o de Enric González. O a que salga Messi de una puta vez a deshacer el entuerto en que se han convertido todos los malditos partidos de un tiempo a esta parte. Si no, debe ser un santiguarse sin parar recordando el último despropósito en modo Gremlin o el próximo comentario de cliente, cosas que compiten por el puesto de honor en el podio de grandes pesadillas de la historia con una ferocidad que asusta al miedo. La vida es que caiga un chaparrón a la hora y media de estar tomando el sol en pantalón corto y que de ahí sobrevenga tal dolor de garganta que pases a fumar no ya light, sino ultralight, en un dechado de sensatez que incluso tu abuela anda boquiabierta. El estanquero, por su parte, aún no se ha recuperado, y ha dado la voz de alerta a las autoridades sanitarias, que ya deben estar con el coche patrulla esperándote. La vida, que a ratos te monta un regate que te deja de baja seis meses por rotura de los ligamentos cruzados y ahí te pudras, que no tejes bufandas porque no es temporada pero si no ahí estarías como un potrillo desbocado agujas en mano. Y todo sin saber qué carajo son los ligamentos cruzados porque tú siempre fuiste de letras aunque no está claro si a mucha honra. La vida es que el domingo que te proponías pasar leyendo angelicalmente torne en un tour de force donde caen trescientas cervezas tirando bajo, dejándote anonadado de tu poca capacidad de previsión de descalabros, con lo que uno ha sido. La vida es que el disco al que andas pillado no sea un disco, y te tragues diálogos surrealistas de 5 minutos entre tema y tema sin inmutarte. Cosas de la vida, en fin, que es lo que tiene y también lo que no tiene. Y eso.

lunes, 29 de abril de 2013

Desde siempre.

Yo creo que escribo desde siempre, aunque no tenga una historia detrás tan tremenda como la de cualquiera Cohen. Mi padre, by the way, sigue vivo y coleando. Podría inventármela, la historia, también es verdad, pero a fuerza de inventar cosas uno también acaba por cansarse. Por si alguien no lo ha pillado: trabajo en publicidad y no, no es tan divertido como parece. Es cierto que fumo y bebo como todo personaje de Mad Men que se precie. Mi tragedia particular es que lo hago cuando no estoy de servicio, así que coincide con los fines de semana y/o las noches, excepto algún desvío ocasional. El glamour está sobrevalorado. Aunque probablemente sea esta la clave de mi supervivencia; de otro modo ya me hubiera matado una cirrosis galopante. Decía. Que bebo -Jack Daniel’s o gin&tonic con una rodaja de naranja- y fumo -Winston light, siendo el light lo más moñas que he hecho en mi vida. Tuve 3 o 4 novios y fracasé unas 10.000 veces (echen cuentas ustedes mismos), aunque me reí mucho por el camino. Y sí, les quise. En esta línea de cosas, tengo una triple moral ejemplar y me quiero matar por inconsciente una vez cada siete minutos. Para no sucumbir a tan serio instinto suicida leo, que quieras que no distrae. Como distraen los partidos del Barça, aunque algo me dice que a partir de ahora la distracción tornará en ansiedad y temblores si es que no lo ha hecho ya, a lo que creo que voto sí. Otra de mis grandes virtudes es la adicción al veneno, que como todo el mundo sabe adopta formas muy diversas. Es cierto que como bio esto no sirve demasiado pero a día de hoy ¿quién le hace caso a los briefings? La clave está en sentirse culpable luego, lo cual -mal está que yo lo diga- me honra algo. Pero ojo, sin pasarse.

lunes, 8 de abril de 2013

La vida no era tan dulce.

"Llegar a la estación y verte saltar desde el mismo andén,
noches más largas que la muralla china y más duras también.
Entrar y salir de Nazaret a toda hostia en un Seat León.
(…)
Y un policía que se cree Sonny Crockett, el muy subnormal.
Una nube en torno a ti pero esa carina tan llena de paz.
(…)
Y ahora tener que comprender que el tiempo tiende a corroer todo lo que toca
y que hay que elegir entre el final y el después."
(…)
De 'Los sabios idiotas'.

No había visto nada parecido desde la noche de Cohen, que más que dar un concierto llevó a cabo un ritual sagrado. Nada comparable, ni siquiera remotamente. Porque lo de ese hombre siempre ha sido la Champions y todo lo demás es carne de quinta regional sin opciones de ascenso.

El homenaje de Nacho Vegas al cine de Mike Leigh no pudo estar más a la altura. La selección de escenas, los diálogos, las composiciones inéditas, la instrumentación de las mismas, la primerísima vez que aparecía un chelo en escena tratándose de Nacho... Emocionante es poco. 

El conjunto estaba maravillosamente bien armado, con una sensibilidad fuera de lo común, muy propia de la criatura. Dando voz (una vez más) de forma tierna y cínica y bárbara y poética a esos personajes que tan raramente aparecen en nuestras pantallas. Colocando, además, las canciones propias justas para no empañar el verdadero objetivo de la velada. Aprovechando para matar algún vampiro de pasada. Eso fue Enough, por invitar a la fiesta a la gata de Enric González. Y todo el resto, cosas que no hay que contar.

Un sábado por la noche insuperable. Ni siquiera con un par de bises. Porque la vida, más que dulce, es agridulce. ¿O qué esperábamos? 

El tándem Leigh/Vegas no puede decirlo más alto: quedó claro.

jueves, 4 de abril de 2013

Mientras parpadeas.

La vida es lo que transcurre mientras sales dos minutos a fumarte un cigarrillo. Porque de repente, tu plan, el que habías trazado en un quiebro a pierna cambiada, resulta que sucede; y esa idea que era tuya de pronto te sorprende, te es ajena, como si fuera la invención de otro. Como si a un director de cine le asombrara la peli que él mismo ha escrito, rodado y montado durante meses. Como si el hecho, mientras tú parpadeabas, hubiera cobrado una especie de entidad propia y se hubiera independizado antes de cumplir los 40. 

Que hay que tener valor, con lo bien que se está en casa.

Como cuando en un concierto te pierdes tu canción favorita porque (después de 3 horas de náuseas y sudores fríos) has salido con un piti. Todo por no inyectarte unos picos de nicotina directamente, -qué digo, discretamente-, algo que harías sin dudar si no fuera por el pánico absoluto que les tienes a las agujas, sólo comparable al que te dan los relámpagos. 

¿O eran rayos?

(Qué pasa, sí, los relámpagos. Un miedo atroz, además. Infinito. 
Nótese que has salido valiente. Y de ciencias.)

Como cuando en un partido te pierdes el gol decisivo porque te has dejado las jeringuillas en casa, con la diferencia de que hay partidos en los que eres incapaz de moverte de la silla y soltar la cerveza, ni siquiera por fumar. Así que ves los goles bajo un mono infinito, que no es lo mismo que no verlos pero se le parece bastante. 

La ansiedad enfermizo-forofa es así, no la he inventado yo.

La vida, vas descubriendo, es lo que se desliza por las rendijas cuando -al fin- cambian la hora. Una historia que se escribe en los portales. Los trayectos de casa al trabajo, o lo que es lo mismo, las 20 o 30 páginas que te da tiempo a leer en el recorrido y que hacen que te sometas al despertador todos los días, si no de qué. Sumisión la justa.

La vida es que tus decisiones, las muy putas, dejen de ser tuyas. Es que todo lo que se pueda rebelar coja y motu propio se rebele. Es que tú respondas de la única manera que se puede responder a eso: con una cañita en la mano.

Que en cada paréntesis haya un enigma. En cada mesa un Vietnam. En cada bar, un partido que no vamos a perder ni locos. En cada ola que acecha, la posibilidad de un sunami. Y precisamente porque todo es posible, en cada sorpresa una historia. 

La vida, que debe ser algo así como la conjunción (¿copulativa?) de sorpresas y de historias. 
Que se plantan delante de ti en lo que dura un parpadeo.

martes, 26 de marzo de 2013

Cuando van mal dadas.

Cuando van mal dadas hay muy poquitas soluciones. Lo cual no significa que no haya ninguna. Gracias a Dios. Porque, cuando las cosas no ocurren como uno quisiera, uno siempre puede maldecir, patalear, coger rabietas imposibles, blasfemar y erigirse como el santo marqués del numerito. Ejerciendo un derecho irrenunciable, dicho sea de paso.

O lo que es lo mismo: puede abrir un documento nuevo y poner su drama por escrito.

Es algo que calma bastante.

No sé si era Sabina quien decía que de la felicidad (¿la estabilidad?) difícilmente salen grandes canciones. Lo que realmente es fértil es estar jodido, y de ahí que haya que coger y aprovecharlo, no vaya a ser que una vez capeado el temporal vuelva la alegría y se instale en su vida para siempre y ya no haya quien lo siente a escribir dos frases seguidas nunca más. Con la consiguiente e irrecuperable pérdida para la literatura universal. Los claroscuros, las montañas rusas, el ni contigo ni sin ti, los desbarajustes… son a todas luces mucho más interesantes que los remansos de paz.

Por no decir devastadores.

Whatever. Digo que van mal dadas, y que éste, entonces, es un momento perfecto para despotricar. De la industria, donde rara vez mandan los buenos. De la cultura de club esta trágica, que nos hace ambiciosos; que hace que necesitemos siempre un poquito más de dinero, de visibilidad o de poder. De la persona en concreto a quien se le ocurrió levantar el maldito teléfono. De quien fue y le escuchó. De todos sus muertos.

De todos los muertos.

Pero del maravilloso arte del despotrique –como de absolutamente todo- también se cansa uno. Que por algo tiene el famoso doctorado en insatisfacción eterna, maligna e incurable. Llega, pues, el momento de pasar página. Porque si algo sabe a estas alturas es que cuando van mal dadas y uno ya se ha encabronado lo suficiente, sólo hay una forma de proceder: seguir adelante. Ni que sea por probar. Por si de estas, de casualidad, va y se hace más fuerte. Por si en algún bar al que no ha entrado todavía (que alguno debe haber) suenan nuevos valsecitos. Por si se cruza con otro de esos libros fulminantes. Por si aparece, de milagro, otra estrellita. Por si, contra toda lógica, resucita.

O porque lo de avanzar bajo el mismo sol ardiente, con los dientes apretados, también tiene su rollo.

La adicción al veneno, revisitada. Once again. Como no podía ser de otra manera.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Algunas cosas susceptibles de haber marcado el final del invierno.

1. La caída (primero) y el auge (después) –en otro orden hubiera sido directamente criminal- del equipo de nuestros sueños. Conocer el delirio y el polvo, la derrota merecida, el más absoluto desespero. Los chupitos huérfanos, los miércoles más tristes del mundo, el ejército de fanáticos cambiando la cerveza por Prozac, envejeciendo 20 años en un instante.
Para que luego, casualmente, en lo que fue otro 12 de marzo legendario, la esperanza aterrizara en esta ciudad como llegada en un vuelo chárter, sin llegar a contarnos si vino para quedarse o todo lo contrario.
En fin. La esperanza tuvo forma de partidazo. De 92 minutos de ansiedad y temblores conteniendo el aliento. De romper todos los récords (y todas las leyes antitabaco) fumando por los descosidos. De estar todos juntos y no dirigirnos la palabra. El pulso desbocado. Las pupilas fijas en la pantalla. Las doscientas cervezas. Los saltos. Las secuelas de los saltos.
También tuvo forma de grito animal de futbolista herido. Larga, larguísima vida, a ese grito. Y a la más indecente afonía.

2. Las tres o cuatro canciones imprescindibles del nuevo disco de Quique, además de la insoportable forma en que me recuerda a él: benditas melenas.
Caer rendida con Dallas – Memphis desde la primera vez que la oíste. Adorar la ternura con que el tipo habla de Samuel. Pensar que todos nos hemos ido de perros alguna vez. Ir haciendo recuento de versos memorables. Hacer que alguien más se enganche. Y salir un jueves a su encuentro con todo el desquicie que eso conlleva.

3. El viaje a los impulsos que da la bienvenida a toda primavera inhumana. Salir a horas intempestivas por la Gran Vía o la Diagonal en dirección a cualquier otra parte. Esta vez –una más- a Donostia. Con todo lo que has vivido ahí en modo recuerdo playing. Las cajas de música convertidas en cinexines, y tú, valiente, intentándolos (sin éxito) parar. Que es ni más ni menos lo que tienen las cosas imparables.
Entonces llega el momento de apostar contra ti misma: si es la mitad de bonito que Granada (con sus derrotas y sus inhumanas reconquistas) no habrá quién te traiga de vuelta a casa. Pensar que algunas veces es más aconsejable perder que todo lo contrario. Que la forma en que haces algo es la forma en que lo haces todo. Que todo lo que has hecho… Y decidir que igual es mejor dejar de pensar.

4. Las crueles corrientes migratorias, con sus personajitos que vienen y van montando descalabros a su paso. Y eso incluye las cañejas inocentes, las falsas despedidas, los discursos etílico-moñas y los chats de madrugada. También incluye perder –es un decir- al tipo que te viene aguantando como un campeón por las mañanas. Abriendo paso a otro huracán del que no sabes cómo saldrás viva. Aún sabiendo, como siempre, que saldrás.

Fuera de concurso quedan las epidemias de guiños, el licor café, las chicas que son magníficas, Shakespeare, el lado bueno de una película y los afterhours, especialmente cuando vienen después de los afterhours. Nótese, porque vale -y cómo vale-, la redundancia.

Llegados a este punto. Otro par de rondas.
Y bienvenida, primavera.

jueves, 14 de marzo de 2013

Nada.

No hay nada tan frágil como los nuevos sentidos (viejas sensaciones) del mes dos ni nada tan serio como sus patas de gallo en esa foto. No hay nada tan triste como escribir cuñas para Spotify, sabiendo de antemano que las vas a odiar para siempre.

No hay nada –pero nada- tan sórdido como un ministro del Interior.

No hay nada tan grande como la primera cerveza después de un día especialmente difícil. No hay nada tan débil como un gremlin frente a un Jack Daniels ni piel de gallina más real que la que pone una nueva canción que se cuela en el panorama como hacen las grandes canciones: con alevosía, de repente y a traición.

No hay nada más jodido que una página en blanco, ni tampoco nada más sagrado.

No hay nada peor que la absoluta falta de voluntad para con según que cosas. No hay nada tan especial como un par de palabras que vuelan ni nada más frustrante que la impotencia, especialmente en un campo de fútbol. Nada más leve que la mirada que pone el punto final a una historia insoportable. Nada más gracioso que cualquiera de sus chats delirantes. Nada que desquicie más que una noticia a destiempo, cuando menos la esperabas.

No hay nada, y esto es una certeza, un axioma, una verdad incuestionable, más incompatible con la depresión que unos berberechos en una terraza bajo el sol.

No hay tan dulce como la sensibilidad de tres o cuatro músicos que escriben. Ni tan divertido como las resacas con la rubia. Nada tan poderoso como un verso crucial. No hay nada más sobrevalorado que Cesc o Murakami. Nada tan hipócrita como la Iglesia ni tan descorazonador como la fe. No hay nada tan macarra como las escenitas que me monta bajo la ducha ni nada tan inhumano a la vez. No hay nada más adictivo que las historias que llevan la firma de Enric. No hay nada más impresionante que míster-dos-palmos-Fassbender, o quizá sí: la sonrisa del propio Fassbender.

No hay nada más tremendo que ver como poco a poco las tardes se alargan. Nada tan emocionante como plantear la siguiente huida. Nada tan irresistible como según qué textos. No hay nada más gris que la sección de economía y nada más desesperante que el maldito insomnio. No hay nada más definitivo que sus manos ni más tentador que sus ojos.

No hay nada más excitante que la otra noche con él ni tampoco nada más inesperado. Nada más ridículo que los tomas y dacas a posteriori muertos de la risa, uno en Boston y otro en California. Nada más implacable que las confesiones y nada más reconfortante que 92 minutos de fútbol del de verdad.

No hay nada más cruel que las malditas corrientes migratorias. 
Ni nada más bonito que ver llegar, con una caña en la mano y presintiendo que habrá que atarse otra vez los cinturones, la bendita primavera.