jueves, 5 de noviembre de 2009
Esta mañana
Esta mañana una mujer lloraba. Andaba con la cabeza ligeramente baja, era mayor, el pelo corto, la chaqueta por encima de los hombros y asomando por la manga derecha, agarrada a una bolsa, una mano deforme, extrañamente grande, de dedos curvos como garras y uñas horribles por enormes. Se ha cruzado con 3 o 4 personas, que ni siquiera se han fijado. Y ha seguido andando, medio de lado, con las lágrimas resbalándole por la cara, sin hacer nada por limpiárselas y mucho menos por contenerlas. No sé si lo soñé o esta mañana una mujer sufría.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Epílogo
La Historia existe; se impone, reina, su dominio es inevitable. Pero más allá del ámbito histórico estricto, la ambición última de esta obra es saludar a esa especie infortunada y valerosa que nos creó. Esa especie dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono, que sin embargo tenía tantas aspiraciones nobles. Esa especie torturada, contradictoria, individualista y belicosa, de un egoísmo ilimitado, capaz a veces de explosiones de violencia inauditas, pero que sin embargo, no dejó nunca de creer en la bondad y en el amor. Esa especie que, por primera vez en la historia del mundo, supo enfrentarse a la posibilidad de su propia superación; y que unos años más tarde supo llevarla a la práctica. Ahora que sus últimos representantes están a punto de desaparecer, nos parece legítimo rendirle este último homenaje a la humanidad; un homenaje que también terminará por borrarse y perderse en las arenas del tiempo; sin embargo, es necesario que este homenaje tenga lugar, al menos una vez. Este libro está dedicado al hombre.
Las partículas elementales, M Houellebecq.
Las partículas elementales, M Houellebecq.
alunizando IV
a los maestros.
cuando los maestros envejecen
a la vejez ciruelas
al vozarrón pitillos
guitarra al hombro
viuditas
capitales
y carmelitas
a los escombros
y un verso más que llevarse a la boca
y resucitar todos los días
para cantar mentiras
redescubrir marañas
acompasar susurros
de faldas cortas
de manos largas
de oídos ciegos
que hoy es para siempre
si es que hay maestros todavía.
cuando los maestros envejecen
a la vejez ciruelas
al vozarrón pitillos
guitarra al hombro
viuditas
capitales
y carmelitas
a los escombros
y un verso más que llevarse a la boca
y resucitar todos los días
para cantar mentiras
redescubrir marañas
acompasar susurros
de faldas cortas
de manos largas
de oídos ciegos
que hoy es para siempre
si es que hay maestros todavía.
miércoles, 21 de octubre de 2009
¿qué nos queda?
¿qué nos queda
cuando ya no queda nada?
ni el calor, ni la emoción
ni los guiños
ni el sabor de esa mirada
de cartón,
(*qué tendrán esos ojitos...)
al corazón,
ni el dolor más animal
ni el verano fatal
entre el alma
y la yugular
ni los versos de juglar
(*menudo par)
tan tetrapléjicos,
tan acabados,
tan medio amnésicos
tan al final resucitados.
cuando estrenan libertad
los presos
cuando ya no se comen a besos
más que a otros
¿qué nos queda,
sin nosotros?
hoy es nada,
me parece oírte susurrar
y a lo lejos alguien canta
y no recuerdas que te encanta
ni sabes contarme a qué juegas
si ni siquiera juegas
y cuando llegas te vas
y cuando te vas
la ciudad es un poquito más triste
y me pregunto
¿qué nos queda
cuando ya no queda nada?
cuando ya no queda nada?
ni el calor, ni la emoción
ni los guiños
ni el sabor de esa mirada
de cartón,
(*qué tendrán esos ojitos...)
al corazón,
ni el dolor más animal
ni el verano fatal
entre el alma
y la yugular
ni los versos de juglar
(*menudo par)
tan tetrapléjicos,
tan acabados,
tan medio amnésicos
tan al final resucitados.
cuando estrenan libertad
los presos
cuando ya no se comen a besos
más que a otros
¿qué nos queda,
sin nosotros?
hoy es nada,
me parece oírte susurrar
y a lo lejos alguien canta
y no recuerdas que te encanta
ni sabes contarme a qué juegas
si ni siquiera juegas
y cuando llegas te vas
y cuando te vas
la ciudad es un poquito más triste
y me pregunto
¿qué nos queda
cuando ya no queda nada?
lunes, 5 de octubre de 2009
Cernuda y los erizos.
"Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos."
viernes, 2 de octubre de 2009
masterpieces I
uno escribe para llegar a decir cosas como:
"puedes quedarte; hay un poco de sopa, algo de vino,
afuera está lloviendo en otro idioma. " jorge boccanera
"como el recodo al camino" serrat
"cuando lleguen a dos mis dos maletas" césar vallejo
"ganado tengo el pan; hágase el verso" josé martí.
"dos seres ya son una ciudad" josé maría memet.
"como los erizos" luís cernuda.
y con la mitad de la mitad sería más que demasiado.
"puedes quedarte; hay un poco de sopa, algo de vino,
afuera está lloviendo en otro idioma. " jorge boccanera
"como el recodo al camino" serrat
"cuando lleguen a dos mis dos maletas" césar vallejo
"ganado tengo el pan; hágase el verso" josé martí.
"dos seres ya son una ciudad" josé maría memet.
"como los erizos" luís cernuda.
y con la mitad de la mitad sería más que demasiado.
martes, 22 de septiembre de 2009
alunizando III
Es infinitamente más fácil escribir los días tristes.
Es como tender un puente a uno mismo es como lidiar con el abandono como batirse en un duelo a dos manos. La apatía la nostalgia la melancolía leve que no inocua. La sensibilidad volcada en palabras permite desdoblarse crear distancia decir tonterías decir muchas tonterías e incluso maldecir; y a un tiempo creer, qué hipócritas somos, que hay algo bonito a pesar de todo.
Autoconvencerse funciona las más de las veces. Por lo menos a mí. ¿Se autoconvencen los perros? ¿Te autoconvences tú?
Me hago preguntas como calles tantas veces transitadas.
Me imagino a esa mujer que se me cruza cuando se sienta en el sofá sola y en silencio y en mitad de la noche y contengo el aliento de puro desaliento y de terror.
Es como tender un puente a uno mismo es como lidiar con el abandono como batirse en un duelo a dos manos. La apatía la nostalgia la melancolía leve que no inocua. La sensibilidad volcada en palabras permite desdoblarse crear distancia decir tonterías decir muchas tonterías e incluso maldecir; y a un tiempo creer, qué hipócritas somos, que hay algo bonito a pesar de todo.
Autoconvencerse funciona las más de las veces. Por lo menos a mí. ¿Se autoconvencen los perros? ¿Te autoconvences tú?
Me hago preguntas como calles tantas veces transitadas.
Me imagino a esa mujer que se me cruza cuando se sienta en el sofá sola y en silencio y en mitad de la noche y contengo el aliento de puro desaliento y de terror.
lunes, 21 de septiembre de 2009
viernes, 18 de septiembre de 2009
Dinamita
"He perdido la fe en Dios, en el hombre y hasta en la mujer. Sé que no soy un hombre; soy dinamita." De la canción Dinamita, de Xabel Vegas.
Empenzando a plantearme si esto tiene algo genético.
Entonces, y yo en primer lugar e irremediablemente, estamos perdidos.
Empenzando a plantearme si esto tiene algo genético.
Entonces, y yo en primer lugar e irremediablemente, estamos perdidos.
martes, 15 de septiembre de 2009
La inmensa minoría
(A... ellos saben.)
La inmensa minoría care. No juega con puñales, es que ni siquiera juega, es que no le sale. La inmensa minoría discute pero se ríe, tiene uñas y rabia y memoria y viene casi siempre a despertarme y a tender toallas que me arropan y canta canciones y pone cervezas y no me tiene en cuenta nada. Es una minoría con cuerpo de niño y corazón de abuelita ojerosa. La inmensa minoría no es una suerte es más bien un regalo un milagro la octava maravilla es una sonrisa enorme.
La inmensa minoría es tan tan grande que hace que la mayoría me parezca insignificante.
La inmensa minoría care. No juega con puñales, es que ni siquiera juega, es que no le sale. La inmensa minoría discute pero se ríe, tiene uñas y rabia y memoria y viene casi siempre a despertarme y a tender toallas que me arropan y canta canciones y pone cervezas y no me tiene en cuenta nada. Es una minoría con cuerpo de niño y corazón de abuelita ojerosa. La inmensa minoría no es una suerte es más bien un regalo un milagro la octava maravilla es una sonrisa enorme.
La inmensa minoría es tan tan grande que hace que la mayoría me parezca insignificante.
lunes, 14 de septiembre de 2009
horas.
hay maneras y maneras de desahogarse. de la misma forma que las hay de ahogarse. escribir es una.
no son horas, aunque casi nunca lo son. hay horas increíbles y horas insoportables. 60 minutos que son 2 o toda una vida. no son horas de tomar decisiones de bailar claqué o de agarrarse una buena mano a mano. contigo por ejemplo. para brindar por los sin ti.
pero tampoco son horas de estar aquí. es curioso comprobar como siempre hay algo de lo que puedes estar seguro.
no son horas, aunque casi nunca lo son. hay horas increíbles y horas insoportables. 60 minutos que son 2 o toda una vida. no son horas de tomar decisiones de bailar claqué o de agarrarse una buena mano a mano. contigo por ejemplo. para brindar por los sin ti.
pero tampoco son horas de estar aquí. es curioso comprobar como siempre hay algo de lo que puedes estar seguro.
lunes, 7 de septiembre de 2009
alunizando
Maldigo los rincones y los jugos de palabras y las abalanzas. Un no-lugar donde acostarse una bahía la clavícula perfecta y los dedos escondidos vergonzosos o desvergonzados por qué no volver a terminar abrir las ventanas dilapidar canciones. No es de día todavía.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Ejercicio I
24 años, 7 meses y 3 días desde que empezara.
Y desde aquel momento había fumado un cigarro justo después de levantarse, otro con el primer café, otro de camino al trabajo, cinco o seis a lo largo la mañana, durante su horario laboral, tres o cuatro más a la hora de comer, otros seis o siete por la tarde y lo que parecía una infinidad más por la noche, hasta que se acostaba, con el añadido de que a medida que se había hecho mayor, y más aún desde su dolorosa separación, le había ido resultando cada vez un poco más difícil dormir. Su vida estaba perfectamente estructurada alrededor de esta rutina, y la idea de dejarlo (al día siguiente ya, en unas pocas horas, sin más dilación ni retraso ni postergación posibles, inevitablemente) le horrorizaba. Era eso o perder el trabajo. Porque era en el trabajo donde sin duda prefería fumar, por encima de en cualquier otra circunstancia, ni siquiera después de las comidas. Es cierto que podía seguir fumando fuera de él, pero al fin y al cabo pasaba alrededor de diez horas ahí metido, que habrían sido inaguantables si no conseguía dejarlo del todo, de una vez por todas, olvidándose de fumar para siempre jamás.
Llevaba un par de meses sin pegar ojo, durmiendo lo justo para sobrevivir al día siguiente. El consumo de tabaco había aumentado hasta lo incontable, con la consiguiente repercusión en su cartera. Nunca le había importado que el tabaco fuera caro, pero esta vez los problemas le empezaban a asustar. El mes anterior se había quedado a cero a día 22, algo que no le pasaba prácticamente desde la adolescencia. No pudo pagar la factura de la luz a tiempo. Ni llevarle golosinas a sus sobrinos el domingo que los visitó. Cuando llegó el casero, el día 28, le tuvo que pedir una semana de margen. Sólo por esta vez.
Tenía que parar de fumar o le echarían de su casa de alquiler. Tenía que dejar de fumar o le echarían del trabajo y acto seguido, y además con muy poco tiempo de reacción, de su casa. Esta encrucijada no hacía, sin embargo, sino hacerle encender un pitillo tras otro, uno tras otro, reescribiendo una espiral que lo dejaba cada vez con menos dinero y con todavía menos fuerzas para enfrentarse al gran día. Primero había pensado en una reducción progresiva: a la segunda semana se dio cuenta que había conseguido reducir el consumo en dos cigarrillos; había hablado con su cuñada, psicóloga, que le recomendó unas pastillas que sólo lo hicieron vomitar. Hacía años que no hacía viajes largos para no pasar demasiado tiempo sin fumar, era de los que en el cine deseaban que se acabara la película para saborear el siguiente pitillo, conoció a la madre de su hija porque la invitó a tabaco un día que no tenía ni tampoco podía comprar, cuando eran tan jóvenes que ni se acordaba. Su vida era el tabaco. Su vida estaba tan ligada al tabaco que sin él no había vida.
Y ahora quedaban apenas horas. La decisión no sólo estaba tomada sino que era un hecho, y para él atentaba a su libertad individual y casi a su derecho a la vida. Aquella noche no pegó ojo. Salió de la cama temblando y no encendió su cigarrillo, se hizo un café y no fumó el segundo tampoco. De camino al trabajo se sintió vacío, no levantó la cabeza del suelo, contuvo las lágrimas como pudo. Pero perdió los nervios, y ahí sí se le escaparon, cuando metió la llave en la persiana para abrir el estanco donde llevaba 24 años, 7 meses y 4 días trabajando.
Y desde aquel momento había fumado un cigarro justo después de levantarse, otro con el primer café, otro de camino al trabajo, cinco o seis a lo largo la mañana, durante su horario laboral, tres o cuatro más a la hora de comer, otros seis o siete por la tarde y lo que parecía una infinidad más por la noche, hasta que se acostaba, con el añadido de que a medida que se había hecho mayor, y más aún desde su dolorosa separación, le había ido resultando cada vez un poco más difícil dormir. Su vida estaba perfectamente estructurada alrededor de esta rutina, y la idea de dejarlo (al día siguiente ya, en unas pocas horas, sin más dilación ni retraso ni postergación posibles, inevitablemente) le horrorizaba. Era eso o perder el trabajo. Porque era en el trabajo donde sin duda prefería fumar, por encima de en cualquier otra circunstancia, ni siquiera después de las comidas. Es cierto que podía seguir fumando fuera de él, pero al fin y al cabo pasaba alrededor de diez horas ahí metido, que habrían sido inaguantables si no conseguía dejarlo del todo, de una vez por todas, olvidándose de fumar para siempre jamás.
Llevaba un par de meses sin pegar ojo, durmiendo lo justo para sobrevivir al día siguiente. El consumo de tabaco había aumentado hasta lo incontable, con la consiguiente repercusión en su cartera. Nunca le había importado que el tabaco fuera caro, pero esta vez los problemas le empezaban a asustar. El mes anterior se había quedado a cero a día 22, algo que no le pasaba prácticamente desde la adolescencia. No pudo pagar la factura de la luz a tiempo. Ni llevarle golosinas a sus sobrinos el domingo que los visitó. Cuando llegó el casero, el día 28, le tuvo que pedir una semana de margen. Sólo por esta vez.
Tenía que parar de fumar o le echarían de su casa de alquiler. Tenía que dejar de fumar o le echarían del trabajo y acto seguido, y además con muy poco tiempo de reacción, de su casa. Esta encrucijada no hacía, sin embargo, sino hacerle encender un pitillo tras otro, uno tras otro, reescribiendo una espiral que lo dejaba cada vez con menos dinero y con todavía menos fuerzas para enfrentarse al gran día. Primero había pensado en una reducción progresiva: a la segunda semana se dio cuenta que había conseguido reducir el consumo en dos cigarrillos; había hablado con su cuñada, psicóloga, que le recomendó unas pastillas que sólo lo hicieron vomitar. Hacía años que no hacía viajes largos para no pasar demasiado tiempo sin fumar, era de los que en el cine deseaban que se acabara la película para saborear el siguiente pitillo, conoció a la madre de su hija porque la invitó a tabaco un día que no tenía ni tampoco podía comprar, cuando eran tan jóvenes que ni se acordaba. Su vida era el tabaco. Su vida estaba tan ligada al tabaco que sin él no había vida.
Y ahora quedaban apenas horas. La decisión no sólo estaba tomada sino que era un hecho, y para él atentaba a su libertad individual y casi a su derecho a la vida. Aquella noche no pegó ojo. Salió de la cama temblando y no encendió su cigarrillo, se hizo un café y no fumó el segundo tampoco. De camino al trabajo se sintió vacío, no levantó la cabeza del suelo, contuvo las lágrimas como pudo. Pero perdió los nervios, y ahí sí se le escaparon, cuando metió la llave en la persiana para abrir el estanco donde llevaba 24 años, 7 meses y 4 días trabajando.
lunes, 24 de agosto de 2009
Volviendo
Volviendo, que es gerundio
pero mucho más que un gerundio,
si es que hay un sitio adonde volver
o una gramática para todo esto.
Días ensordecedores
y tanto tanto ruido
que se nos olvida el silencio cruzado
el que se las arregla para matar chillando
cuando la afonía ya se ha vuelto dulce
y no da para más.
La tarde se escapa.
Volver para comprobar que las cosas siguen.
Volver para escapar de nuevo
a una playa
a un garito
a cualquier lugar
o a todos los lugares
una noche tan soleada como ésta.
pero mucho más que un gerundio,
si es que hay un sitio adonde volver
o una gramática para todo esto.
Días ensordecedores
y tanto tanto ruido
que se nos olvida el silencio cruzado
el que se las arregla para matar chillando
cuando la afonía ya se ha vuelto dulce
y no da para más.
La tarde se escapa.
Volver para comprobar que las cosas siguen.
Volver para escapar de nuevo
a una playa
a un garito
a cualquier lugar
o a todos los lugares
una noche tan soleada como ésta.
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